Capítulo 24 El camino entre casas
El camino entre Los Robles y Las Higueras empezó a mejorar antes de que nadie quisiera admitir lo que esa mejora significaba.
Primero fueron dos zanjas limpiadas a la altura del bajo, donde el agua se juntaba cada invierno como si el barro tuviera memoria propia y mala voluntad.
Después aparecieron piedras nuevas en el tramo más hondo, maderos firmes sobre una pasada chica y ramas cortadas a los lados para que las carretas no tuvieran que rozar los cercos ajenos.
No era obra grande ni de esas que un intendente podría inaugurar con discurso.
Era trabajo de hombres con pala, yunta, hombros mojados y paciencia corta.
Pero en una zona donde los caminos dicen más que los papeles, bastó que la huella dejara de tragarse las ruedas para que el pueblo empezara a mirar.
—Camino arreglado no se hace para visitas de mala gana —comentó doña Elvira Urrutia a la salida de misa, con esa voz que no parecía buscar audiencia y por lo mismo siempre la encontraba.
Mercedes la oyó como se oye el zumbido de una avispa cerca del mantel.
Estaba acomodándose el chal junto al pilar de la iglesia, con Constanza a un lado y Amparo al otro, cuando la frase pasó de una boca a otra con rapidez de brasero encendido.
No se dijo “compromiso”. Nadie fue tan directo.
Se habló de camino, de piedras, de caballos, de lo bueno que era que Las Higueras y Los Robles “se entendieran”.
Las palabras decentes tienen mucho trabajo en las comunidades pequeñas: cargan lo que las indecentes no se atreven a llevar de frente.
—Doña Elvira —dijo Mercedes, volviéndose con una sonrisa que habría hecho retroceder a una mujer menos entrenada—, si los caminos se arreglaran solo por amor, estaríamos todos hundidos hasta la rodilla.
—No digo que sea solo por amor, Mercedes. También puede ser por conveniencia, vecindad y buen criterio.
—Entonces no falta nada. Los tres son más útiles que media docena de suspiros.
Doña Elvira rió con gusto, porque apreciaba una respuesta con filo incluso cuando iba dirigida a ella.
Constanza mantuvo la mirada en la plaza, donde varios hombres conversaban junto a los caballos y el padre Anacleto intentaba evitar que un niño subiera al murete de la iglesia.
Habría querido que el comentario la irritara menos.
En otro tiempo habría respondido con ironía y se habría sentido dueña de su propia defensa.
Ahora entendía que doña Elvira no inventaba del todo.
El camino estaba allí, visible, con piedras nuevas y hombres trabajando.
Rodrigo seguía viniendo. Ella había visitado Las Higueras.
Mercedes había vuelto de esa visita diciendo que no era mala casa.
Las cosas, cuando se juntan, empiezan a parecer decisión aunque todavía no la haya.
Amparo, que escuchaba más de lo que convenía a su edad y entendía lo suficiente para ser peligrosa, tiró de la manga de Constanza.
—Si arreglan el camino, ¿podré ir más seguido a ver al perro Capitán?
—El país no se organiza alrededor de tus perros imaginados.
—Capitán no es imaginado. Es viejo, gruñón y más educado que varias personas de misa.
Mercedes le lanzó una mirada de advertencia.
—Amparo, en esta familia los comentarios sobre educación ajena se hacen en casa.
—Entonces anotaré para después.
Constanza casi sonrió. La ligereza de su hermana menor abrió una rendija en la incomodidad.
Sin embargo, al subir al carruaje de vuelta a Los Robles, sintió que la conversación de la plaza se pegaba a las ruedas como barro fresco.
No era solo que el pueblo hablara de ella.
El pueblo había hablado siempre de todos, con la aplicación de quien teme quedarse sin pan si se queda sin rumores.
Lo nuevo era que el rumor encontraba pruebas en la tierra: zanjas limpias, piedras, jornales compartidos, Rodrigo en el corredor de Los Robles, Mercedes en Las Higueras, la pieza abierta de Clara, Teresa aceptando a Rosa con desconfianza profesional.
Un camino no es promesa, se dijo. Pero tampoco es nada.
Fernando recibió las noticias de misa con menos sorpresa que cansancio.
Estaba en el escritorio con don Eulogio y una lista de gastos del camino.
Sobre la mesa había dos columnas: una de Los Robles, otra de Las Higueras.
Cada jornal, cada piedra, cada tabla y cada yunta estaba anotada con una prolijidad que habría parecido exagerada si no fuera necesaria.
Rodrigo había insistido en pagar exactamente la mitad del tramo compartido y en separar los arreglos que beneficiaban solo a su propiedad.
Fernando, que meses antes habría aceptado cualquier ayuda envuelta en cortesía para no mirar la deuda de frente, ahora defendía esa división con una terquedad casi saludable.
—Que doña Elvira diga lo que quiera —dijo, pasando un dedo por la libreta—. Mientras las cuentas estén claras, el barro puede hablar menos.
Mercedes dejó los guantes sobre una silla.
—El barro habla aunque una le ponga bozal.
—Pero no cobra interés.
—No le dé ideas a Molina.
Don Eulogio bajó la cabeza para ocultar la risa.
Fernando también sonrió, aunque el nombre de Molina nunca terminaba de resultar liviano.
El prestamista seguía rondando las cuentas de Los Robles como perro flaco cerca de cocina ajena.
Había aceptado un arreglo menos apretado gracias a ventas menores y a la regularización de algunos envíos de trigo, pero no desaparecía.
Los hombres como Molina no se van cuando uno les paga una parte.
Se acomodan en la esperanza de que el invierno siguiente vuelva a abrir la puerta.
—Don Rodrigo vendrá mañana por lo del tramo del estero —dijo don Eulogio—. Hay que decidir si se levanta otro palmo de piedra o si se deja así hasta verano.
—Vendrá como vecino, no como pretendiente —respondió Fernando.
Mercedes levantó una ceja.
—Ojalá venga enterado de esa separación. Los hombres suelen traer una sola cabeza para demasiados sombreros.
—Rodrigo sabe llevar más de uno.
—Eso estamos viendo.
Constanza, que había permanecido junto a la puerta sin intervenir, notó que sus padres hablaban de Rodrigo con una mezcla nueva de respeto y cautela.
Ya no era solo el viudo conveniente, el dueño correcto, el hombre que podía proteger techos.
Tampoco era todavía yerno esperado. Era alguien con quien se hacían cuentas claras.
Eso, en una familia donde las deudas viejas habían torcido destinos, importaba tanto como cualquier declaración.
—No quiero que el camino parezca parte del cortejo —dijo ella.
Los tres adultos la miraron. Don Eulogio tuvo la prudencia de cerrar la libreta como si la conversación acabara de pasar a un terreno donde su presencia podía sobrar.
—No tiene que parecer —dijo Mercedes—. Ya parece.
—Entonces peor.
Fernando se apoyó en el respaldo de la silla. Su rostro no mostraba reproche, sino un cansancio atento.
—Hija, el camino sirve a dos casas, no a dos corazones. Por eso lo estamos pagando de manera limpia. Pero tampoco vamos a taparnos los ojos. La gente sabe que Rodrigo viene, que tú fuiste a Las Higueras y que el camino mejora. Lo va a sumar aunque uno le quite tinta a la cuenta.
—No he aceptado nada.
—Lo sé.
—¿Lo sabe el resto?
Mercedes tomó el chal y lo dobló con más fuerza de la necesaria.
—El resto no necesita saberlo todo para opinar. Ahí está el problema de vivir cerca de gente con lengua y sin suficiente trabajo.
—El problema —dijo Fernando— es no dejar que la lengua ajena decida por nosotros.
Constanza guardó silencio. La frase de su padre era buena, pero no bastaba. Ninguna frase bastaba últimamente. Había que llevarla al camino, al barro, a los domingos, a las cartas que cruzaban el mar, a la mesa bajo el nogal y a la pieza abierta de Clara. Había que probarla con trabajo.
Rodrigo llegó al día siguiente temprano, no a la hora de las visitas, sino con dos hombres, una carreta y Segundo a la cabeza.
No traía flores ni libro ni gesto de pretendiente.
Traía piedras. Grandes, irregulares, pesadas, sacadas de un tramo alto de Las Higueras donde estorbaban menos.
La escena habría divertido a Amparo si Mercedes no la hubiera enviado a practicar lectura en la sala para evitar comentarios.
Aun así, la niña asomó tres veces por la ventana antes de que Rosa la espantara con un paño.
Fernando salió al camino con don Eulogio.
Constanza vio desde el corredor cómo los hombres se reunían junto al tramo bajo, donde el agua de invierno dejaba huella negra incluso en primavera.
Rodrigo saludó primero a Fernando, luego a Mercedes, luego a ella.
No hubo inclinación especial. Esa discreción le molestó y la tranquilizó por partes iguales.
—Don Rodrigo —dijo Fernando—, antes de descargar quiero dejar esto claro. Si esas piedras son de su cerro, se descuentan de su mitad o se pagan.
Rodrigo se quitó el sombrero.
—Son de un faldeo donde solo hacían tropezar animales. No pretendo cobrarlas.
—Entonces tampoco pretenda regalarlas.
Segundo miró hacia otro lado, entretenido. Rodrigo sostuvo la mirada de Fernando y luego asintió.
—Hagamos una cosa. Se cargan como aporte de Las Higueras para el tramo que más usan mis carretas. En la parte que beneficia a ambos, se descuentan jornales. Don Eulogio puede ponerlo en la libreta.
Don Eulogio ya tenía la pluma lista.
—Eso queda más derecho —dijo.
Fernando asintió.
—Más derecho.
Mercedes, desde el corredor, comentó en voz baja:
—Mire usted, hombres descubriendo que las cuentas claras sirven antes de la desgracia.