El peso de la tierra Capítulo 24 El camino entre casas #3
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Capítulo 24 El camino entre casas #3

Rodrigo aceptó la frase con un gesto. Se veía cansado, pero no impaciente. Después, como quien decide hablar antes de que el cansancio lo vuelva más cobarde, dijo:

—Cuando pasé por el tramo arreglado esta tarde, pensé una cosa que no sé si debería decir.

—Dígala antes de mejorarla demasiado.

—Pensé que me gustaría que un día ese camino fuera de ida y vuelta para usted sin que nadie tuviera que inventar excusas.

Constanza sintió el golpe sereno de la frase. No era petición formal. No era aún ofrecimiento de matrimonio. Era una imagen práctica: un camino usado sin excusas. Quizá por eso dolió y atrajo más que una declaración adornada.

—Eso se parece mucho a una forma de pedir —dijo.

—Sí.

—Dijo que no iba a empujar.

—Estoy avisando dónde tengo puesta la mano.

La honestidad la desarmó. Rodrigo no se escondía detrás de la nobleza ni de la obra común. Estaba allí, con barro en la ropa y una intención clara, admitiendo que incluso la paciencia tiene dirección.

—No puedo darle respuesta a eso hoy.

—Lo sé.

—Y no quiero que cada piedra del camino quede esperando conmigo.

—Las piedras esperarán igual. Son buenas para eso.

Ella lo miró con reproche leve.

—No ayude al enemigo.

—Perdón. Se me salió Las Higueras.

La broma alivió sin borrar. Rodrigo tomó el sombrero que había dejado sobre una banca.

—Hablé con Teresa —dijo—. La pieza de Clara seguirá abierta. No por usted. Por la casa.

—Bien.

—Y el retrato queda en la sala.

—También bien.

—Pero saqué una mesa chica que estaba junto a la ventana y la puse en el corredor. No servía encerrada. Ahora Teresa deja ahí la canasta de costura cuando hay sol.

Constanza imaginó la mesa, la luz, Teresa usando algo que había pertenecido a Clara sin convertirlo en reliquia ni botarlo como estorbo. Ese era el tipo de cambio que una casa podía sostener.

—Eso suena correcto —dijo.

—No sé si correcto. Menos quieto.

—A veces alcanza.

Rodrigo se despidió poco después. Al montar, miró una vez el tramo reparado. Luego a ella.

—Vendré el jueves, si el camino no se agranda demasiado en boca ajena.

—Venga aunque se agrande. El camino no tiene la culpa de la boca.

—Tampoco usted.

No esperó respuesta. Tomó la rienda y partió hacia Las Higueras.

El caballo cruzó la parte nueva con cuidado al principio y luego con más firmeza.

Las piedras aguantaron. Constanza lo vio alejarse por un camino que ya no parecía exactamente el mismo.

No porque estuviera liso; seguía teniendo barro, desniveles y ramas a los lados.

Pero ahora permitía imaginar tránsito. Y la imaginación, en ciertas etapas de una vida, pesa casi tanto como un hecho.

Al día siguiente, el pueblo habló. Habló en la tienda, en la puerta de la parroquia, junto al pozo, en las cocinas, en el bajo y en la sala de doña Elvira, donde cualquier noticia perdía barro y ganaba encaje.

Se dijo que Rodrigo Ovalle estaba dejando camino listo.

Se dijo que Fernando Zúñiga había sido muy cuidadoso con las cuentas, lo que unos interpretaron como dignidad y otros como terquedad de hombre venido a menos.

Se dijo que Mercedes había dejado entrar a Rosa a Las Higueras, que Teresa la había recibido sin guerra abierta, que Clara seguía en la sala pero ya no encerrada en todo.

Se dijo que Constanza no parecía novia, pero tampoco indiferente.

Esa última frase, repetida por alguien que quizá ni siquiera la había visto de cerca, llegó a Los Robles por medio de Josefina, quien volvió de la parroquia con cara de haber cargado agua sucia.

—Dicen que no pareces novia, pero tampoco indiferente —soltó en la pieza, antes de quitarse los guantes.

Constanza, que estaba remendando una manga con más concentración que talento, pinchó mal la tela.

—Qué consuelo saber que el pueblo ha encontrado una medida tan fina para mi alma.

—Doña Elvira dijo que eso era natural en muchachas de carácter.

—Doña Elvira debería poner su carácter a lavar platos.

Josefina se sentó en la cama de Presentación, que seguía llamándose así aunque su dueña ya viviera en otra casa.

—A mí me dio rabia.

—¿Por mí?

—Por todas. Una no puede caminar, escribir, visitar ni mirar un perro sin que alguien decida si ya está comprometida, perdida o por salvarse.

Constanza dejó la aguja. Su hermana no solía hablar así. La adolescencia le estaba abriendo una puerta que nadie había vigilado bien.

—Tienes razón.

Josefina pareció sorprendida de recibir acuerdo tan rápido.

—¿La tengo?

—Sí.

—Entonces no sé qué decir.

—Aprovecha. No pasa seguido.

Ambas rieron. Luego Josefina se puso seria otra vez.

—¿Te importa lo que digan?

Constanza miró la manga mal remendada.

—Me importa menos de lo que quieren y más de lo que me gustaría.

—Eso suena incómodo.

—Lo es.

Josefina asintió, satisfecha con una respuesta no mentirosa.

Después habló de Presentación, de Tomás, de una señora que había confundido a Amparo con una niña obediente durante casi cinco minutos.

La vida regresó. Pero la frase quedó: no parece novia, pero tampoco indiferente.

Tal vez, pensó Constanza más tarde, esa era una descripción torpe y bastante exacta.

El problema era que el pueblo la decía como si ese estado tuviera que resolverse para entretenimiento de los demás.

La respuesta de Hamburgo no llegó en octubre.

Tampoco a comienzos de noviembre. Constanza no la esperaba todos los días, o eso se dijo al principio.

Luego notó que cuando Karl venía de la casa Brandt, su cuerpo se tensaba antes de que él bajara del caballo.

Cuando Frida mandaba cestas, miraba primero si había sobre.

Cuando Rosa dejaba pan sobre la mesa, revisaba sin querer si había papel debajo.

Esa espera pequeña no borraba lo vivido con Rodrigo, pero existía.

Negarla habría sido volver al escondite.

Aceptarla tampoco obligaba a obedecerla.

Rodrigo, por su parte, siguió viniendo los jueves.

A veces cruzaba el camino reparado con comentarios prácticos: que la zanja había funcionado, que una piedra se había movido, que habría que reforzar el borde antes de las lluvias del año siguiente.

A veces llegaba sin hablar del camino y se sentaba con Fernando a revisar cuentas del tramo, o con Mercedes a comentar alguna necesidad del bajo, o con Rosa a recibir pan y advertencias sobre su mano.

Una tarde trajo a Teresa, no como muestra de casa ni como maniobra, sino porque Teresa tenía que hablar con Rosa sobre la harina floja y porque, según Rodrigo, si ambas seguían mandándose mensajes por terceros, terminarían declarando guerra sin haberse mirado bien.

Teresa entró a la cocina de Los Robles con una canasta y una expresión de mujer que no venía a pedir permiso para existir. Rosa la recibió con los brazos cruzados.

—Traje la harina —dijo Teresa.

—Déjela ahí. Veremos si se salva.

—No vine a que la salve. Vine a saber si la culpa es del molino o de mi horno.

—Eso es hablar como gente.

Mercedes, desde la puerta, murmuró a Constanza:

—Si esas dos se hacen amigas, ningún hombre del departamento volverá a dormir tranquilo.

—Quizá eso mejore la administración general.

—No empieces a hablar como Rosa.

—Demasiado tarde.

La presencia de Teresa en Los Robles hizo más por el camino entre casas que varias cargas de piedra.

No porque se hablara de matrimonio, sino porque las cocinas empezaron a reconocerse.

Teresa observó la despensa de Rosa con respeto mal disimulado; Rosa probó el pan de Las Higueras y dijo que “con harina decente no habría pecado grave”; Amparo preguntó si Capitán podía visitar Los Robles y recibió de ambas mujeres la misma mirada, lo que la hizo retirarse con una prudencia rara.

La tarde terminó con dos recetas cruzadas, una crítica compartida al molino y una certeza nueva: las casas también se acercan por la cocina antes de que las salas se atrevan a poner nombre a nada.

Constanza caminó con Rodrigo hasta el borde del camino cuando Teresa y Rosa seguían discutiendo masas.

Era una tarde clara, con viento suave y olor a tierra removida.

El tramo reparado ya mostraba uso: marcas de ruedas, huellas de caballo, una piedra desplazada, barro seco en los bordes.

La mejora empezaba a perder novedad y ganar costumbre.

Eso la impresionó más que el primer día.

Las cosas que se vuelven costumbre entran más hondo que las grandes escenas.

—Teresa aprueba a Rosa —dijo Rodrigo.

—Rosa quizá aprueba a Teresa, pero preferiría perder un diente antes de decirlo.

—Entonces están empatadas.

Caminaron unos pasos. Él llevaba un paquete de papeles bajo el brazo, cuentas del camino ya cerradas. Se detuvo junto a la zanja nueva.

—Don Fernando pagó su parte completa —dijo.

—Lo sé.

—Me alegra.

—¿Porque no le debe?

—Porque no quiero empezar nada con su casa desde una cuenta torcida.

Constanza sintió que la palabra “empezar” quedó entre ellos con más intención que descuido. Rodrigo también lo notó, pero no la retiró.

—Mi casa ya tiene bastantes cuentas torcidas hacia atrás —dijo ella.

—La mía también. De otro tipo, pero tiene.

—Todos llegamos con casa llena.

—Eso dijo usted una vez.

—Creo que lo dijo usted primero.

—Entonces al menos una frase buena me salió antes de cansarme.

La conversación pudo seguir en ese tono ligero. Pero el camino, quizá por estar ahí bajo sus pies, pedía algo más.

—Doña Elvira dice que no parezco novia, pero tampoco indiferente —dijo Constanza.

Rodrigo la miró con cuidado.

—Doña Elvira tiene lengua de carreta sin freno.

—Pero a veces la carreta va por camino verdadero.

—¿Y usted qué piensa?

—Que no soy novia.

—Lo sé.

—Y que no soy indiferente.

Rodrigo no se movió. Solo bajó un poco la vista, como si necesitara mirar la tierra para no tomar demasiado rápido la frase.

—Gracias por decirlo así —respondió.

—No lo convierta en más de lo que es.

—No. Pero tampoco voy a hacerlo menos.