Capítulo 23 La pieza abierta #2
Rodrigo, detrás de ellas, respondió después de una pausa.
—Sí. Y menos paciente de lo que la pintaron.
—Eso suele pasar con las mujeres muertas. Los vivos les arreglan el carácter para que no molesten.
La frase de Mercedes no fue dura. Fue una observación de mujer que no quería terminar algún día convertida en estampita doméstica. Rodrigo la recibió con gratitud seria.
—Estoy intentando no hacer eso.
—Se intenta todos los días, no una vez.
—Lo sé.
Constanza escuchó el intercambio sin intervenir.
Había esperado sentirse incómoda ante el retrato de Clara, y lo estaba, pero no del modo que imaginó.
No sentía que aquella mujer le cerrara la puerta.
Sentía más bien que le exigía no entrar con los ojos bajos.
Clara había vivido allí. Había ordenado cosas, discutido, amado, enfermado, escrito cartas, dejado listas, corregido cercos desde la sala quizá sin pisar barro.
Borrar esa presencia sería una descortesía.
Someterse a ella, una tontería. Habitar después de alguien, empezó a entender, no era lo mismo que reemplazarla.
Amparo, cumpliendo un esfuerzo heroico por no preguntar por fantasmas, señaló una caja de música sobre una mesa.
—¿Funciona?
—A veces —dijo Rodrigo—. Como algunos hombres.
—¿Puedo verla?
Mercedes miró a Rodrigo con advertencia, pero él asintió.
Amparo abrió la caja con cuidado sorprendente.
Sonó una melodía breve, gastada, con notas que entraban y salían como si no estuvieran seguras de pertenecer al día.
La sala quedó quieta un momento. Rodrigo miró la caja, no a Clara.
Constanza lo notó. Había en ese gesto un avance pequeño: la memoria estaba allí, pero él no se dejó arrastrar entero por ella.
Después de la sala, Rodrigo mostró el comedor, el corredor trasero, el patio interior, la despensa y parte del jardín.
No lo hizo como propietario orgulloso enseñando bienes, sino como hombre que intenta revelar su casa sin adornarla demasiado.
Señaló las goteras antiguas, una pared que necesitaba pintura, la pieza donde se guardaban mantas para el bajo, la ventana que no cerraba bien en invierno.
Teresa, cada tanto, agregaba una corrección práctica.
—Esa ventana cierra si uno la levanta primero —dijo.
—No cierra bien —insistió Rodrigo.
—Cierra para quien sabe tratarla.
—Entonces no cierra para mí.
Rosa, que volvía de la cocina con una expresión de guerra contenida, aprobó a Teresa con un movimiento mínimo.
—La harina es floja —dictaminó—, pero no por culpa de la casa. Viene mal molida.
—Eso dije yo —respondió Teresa.
—Entonces estamos de acuerdo.
—Por ahora.
Mercedes miró a Constanza como si quisiera decirle que una guerra entre cocineras podía durar generaciones y que era mejor no casarse cerca de ella sin pensarlo.
Constanza casi sonrió. Esa naturalidad de desacuerdos pequeños hacía más real a Las Higueras.
No era una casa esperando novia con flores en todos los rincones.
Era un lugar donde una ventana no cerraba, una harina venía floja, una cocinera defendía su juicio y un viudo intentaba mostrar grietas sin convertirlas en mérito.
La pieza de Clara estaba al final de un corredor lateral, cerca del jardín interior.
Rodrigo no la mostró de inmediato. Primero almorzaron.
La comida fue abundante sin exceso: cazuela clara, carne con papas, ensalada, pan recién hecho, queso, dulce de membrillo y café fuerte.
Rodrigo ubicó a Mercedes en el sitio de honor, pero no en el antiguo lugar de Clara.
Ese detalle, si calculado, fue discreto; si espontáneo, más importante.
Amparo habló demasiado, Teresa la respondió lo justo, Rosa elogió una masa sin usar la palabra elogio y Mercedes midió la casa con ojos menos duros a medida que el almuerzo avanzaba.
—Tiene buena despensa —dijo Mercedes al final, como si hablara de moral.
—Teresa la gobierna mejor que yo —respondió Rodrigo.
—Eso ya lo sabía —dijo Teresa desde la puerta, sin perder respeto.
Fernando habría reído. Mercedes no. Pero algo en su rostro se aflojó.
Tal vez una madre puede desconfiar de la felicidad, de los hombres, de las promesas y de los retratos, pero una despensa bien llevada y una mujer de casa capaz de contradecir al patrón sin temblar dicen cosas que ningún pretendiente logra decir por sí solo.
Después del almuerzo, Teresa llevó a Rosa a discutir el saco de harina y Amparo se fue detrás de Segundo a conocer un perro viejo llamado Capitán, que había decidido seguir vivo solo para dormir al sol y desconfiar de los niños.
Mercedes pidió ver el jardín. Rodrigo la acompañó unos minutos.
Constanza quedó en el corredor, mirando la puerta cerrada al fondo.
No necesitaba preguntar cuál era. Lo sabía por la manera en que la casa respiraba alrededor.
Rodrigo volvió solo.
—No tiene obligación de verla —dijo.
—¿Y usted de mostrarla?
—Tampoco.
La respuesta la ayudó. Si hubiera dicho que necesitaba hacerlo o que ya estaba listo, ella habría desconfiado más. Constanza caminó hacia la puerta sin apuro. Rodrigo sacó una llave, pero antes de ponerla en la cerradura se detuvo.
—La abrí hace semanas. Desde entonces entra luz todos los días. Teresa cambia las sábanas, no para fingir uso, sino para que no huela a encierro. No moví el retrato. No quemé cartas. No saqué los vestidos todos de golpe. No quiero que parezca teatro.
—Bien.
—Tampoco quiero que parezca que no me cuesta.
—Mejor todavía.
Él abrió la puerta.
La pieza de Clara no era grande. Tenía una cama estrecha, una cómoda de madera clara, una silla junto a la ventana, un costurero bajo, un crucifijo pequeño y una repisa con libros y cajas.
La ventana estaba abierta. Entraba aire frío de jardín y olor a tierra mojada.
Sobre la cómoda había un florero sin flores y una marca más clara en la pared donde algo había estado colgado durante años.
Constanza lo vio todo despacio. No sintió invasión.
Sintió pudor. Como si hubiera entrado en una carta ajena sin abrir el sobre.
—Aquí enfermó —dijo Rodrigo.
—¿Murió aquí?
—No. Murió en la pieza principal. Yo la trasladé cuando el médico dijo que necesitaba más aire. Ella se enojó porque decía que el aire no valía tanto trabajo.
La frase, tan doméstica, le dio vida a Clara de golpe. Constanza imaginó a una mujer enferma protestando por la incomodidad de quienes la cuidaban. No una santa. Una persona cansada y quizás brava.
Rodrigo se acercó a la ventana y apoyó una mano en el marco.
—Durante años dejé esta pieza como estaba porque todos decían que era respeto. Después leí sus cartas y empecé a sospechar que también era flojera mía. Si uno deja quieta una habitación, puede decir que cuida. Pero también se ahorra decidir.
—¿Y qué decidió?
—Poca cosa. Abrir la ventana. Leer lo que no había leído. Guardar algunas cosas en cajas limpias. Dar otras, cuando sepa a quién. Dejar la silla porque todavía no me estorba. No hacer más de lo que entiendo.
Constanza se acercó al costurero. No lo tocó.
Había hilos, botones, un dedal, tijeras pequeñas, una cinta azul parecida a la que ataba las cartas.
Cosas mínimas. Al verlas, pensó en su propio cajón de Los Robles.
Trigo, cartas, notas. Tal vez las mujeres terminan poniendo el alma en objetos pequeños porque las casas grandes ya están demasiado ocupadas por apellidos de hombres.
—No quiero que me enseñe esta pieza como prueba de que ya está libre —dijo.
Rodrigo bajó la vista.
—No está libre. Está ventilada.
La respuesta llegó sin adornos. Constanza la recibió con una seriedad que le cerró un poco la garganta.
—Eso sí puedo creerlo.
Hubo un silencio largo. Desde el patio llegó la voz de Amparo celebrando al perro, luego una orden de Segundo, luego la risa seca de Teresa desde la cocina. La vida de Las Higueras entraba en la pieza abierta sin pedir perdón. Eso era, quizá, lo que Rodrigo había empezado a permitir.
—Clara me escribió que no metiera a otra mujer a vivir con su retrato —dijo él.
—Me lo contó.
—No le conté lo que siguió.
Constanza lo miró.
—Decía que si yo volvía a querer, tendría que aprender a discutir de nuevo. Que ella había dejado pasar cosas por cansancio, no por virtud. Que una casa donde todos obedecen al dueño termina mal ventilada, aunque tenga muchas ventanas.
La frase pertenecía a Clara y, sin embargo, pareció tocar a todos los presentes invisibles: Mercedes, Rosa, Frida, Ilse, Presentación, la propia Constanza. Rodrigo no la dijo para lucir sensibilidad. La dijo con vergüenza.
—¿Y usted sabe discutir? —preguntó Constanza.
—Con Segundo, demasiado. Con mujeres, peor.
—Eso no habla bien de usted.
—Ya lo sé.
—¿Y quiere aprender?
Rodrigo soltó el aire lentamente.
—Quiero no mandar cuando tengo miedo. Es más difícil que mandar cuando uno cree tener razón.
La frase estuvo cerca de ser demasiado exacta, pero Rodrigo la dijo mirando la ventana que durante años había permanecido cerrada. Por eso no sonó a salón. Sonó a hombre que había encontrado su defecto entre muebles guardados.
Constanza se sentó en la silla de Clara sin pensarlo del todo.
Rodrigo hizo un movimiento mínimo, como si fuera a detenerla, y luego se contuvo.
Ella apoyó las manos sobre la falda. La silla era baja, cómoda, gastada en los brazos.
No sintió que ocupara un lugar prohibido.
Sintió el peso de sentarse donde otra mujer había cosido, esperado, tal vez tosido, tal vez escrito. Ese peso no la expulsó.
—Si alguna vez entro a esta casa —dijo despacio—, no quiero gobernar contra Clara. Ni debajo de Clara. Ni fingiendo que Clara no tuvo manos aquí.
Rodrigo la escuchó sin moverse.
—Tampoco quiero entrar para arreglar lo que usted no haya querido mirar.
—No sería justo.
—No. Y yo ya tengo bastante con mi propia casa.