El peso de la tierra Capítulo 23 La pieza abierta
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Capítulo 23 La pieza abierta

La invitación a Las Higueras llegó con menos ceremonia de la que Mercedes esperaba y con más cuidado del que Constanza habría querido admitir.

No vino en papel grueso ni con frase de visita solemne, sino por boca del propio Rodrigo una tarde de septiembre, cuando las primeras señales de primavera empezaban a tocar los cercos sin secar del todo el barro acumulado del invierno.

Había ido a Los Robles para revisar con Fernando el camino compartido que los jornaleros habían arreglado a medias y que todavía conservaba pozas traicioneras en los bajos.

Después de hablar de piedras, desagües y pagos, se quedó un momento junto al corredor, con el sombrero entre las manos y la expresión de quien prefiere cargar un poste antes que formular una petición delicada.

—Mi madre quiere recibirlas en Las Higueras —dijo al fin.

Mercedes levantó la vista antes que Constanza.

Rodrigo no tenía madre viva desde hacía años, y esa ausencia era conocida por todos.

La frase, dicha así, pudo haber parecido un error torpe.

Pero Rodrigo no se corrigió de inmediato.

Miró hacia el patio, hacia el nogal, hacia la línea del camino, y luego respiró con una seriedad casi brusca.

—Perdón. No mi madre. La casa. Me salió mal.

Constanza no sonrió. Hubiera sido fácil hacerlo para quitarle peso al momento, pero no quiso.

Las casas viejas, lo estaba aprendiendo, hablan por boca de quienes las administran.

A veces piden con voz de madre aunque la madre esté bajo tierra, con voz de esposa aunque la esposa ya no abra ventanas, con voz de deuda aunque nadie enseñe el papel.

Mercedes dejó la costura sobre la falda.

—¿La casa nos invita entonces? —preguntó.

—Yo las invito —respondió Rodrigo—. Pero no quiero fingir que será una visita cualquiera. Usted sabe, doña Mercedes, que si sigo viniendo aquí sin mostrar también lo que hay allá, la mitad de mi cortejo queda hecha de sombra.

La frase no era elegante. Precisamente por eso quedó firme.

Fernando, desde la entrada del escritorio, donde había aparecido sin ruido, miró a Rodrigo con una aprobación contenida.

No dijo nada. Desde que había empezado a hablar más claro de cuentas, también había aprendido que no toda conversación necesita la mano del padre encima.

Mercedes observó a su hija. Constanza sintió esa mirada como se siente una lámpara acercada al rostro.

—¿A quiénes piensa invitar? —preguntó Mercedes.

—A usted, a la señorita Constanza y a quien estime conveniente para que la visita no parezca encerrona.

—Buena palabra para evitar.

—Por eso la traje yo mismo.

Amparo, que escuchaba desde un rincón con la discreción de un gallo en misa, asomó la cabeza.

—¿Puedo ir? Yo quiero ver si Las Higueras tiene pieza de fantasma.

—Amparo —dijo Mercedes, con una paciencia peligrosa.

Rodrigo no se ofendió. Tal vez porque ya sabía que las preguntas de Amparo eran cuchillos de cocina: mal manejados podían herir, pero en la mesa correcta servían para cortar lo que todos rodeaban.

—Tiene piezas con recuerdos —respondió—. Fantasmas no he visto, pero quizá se esconden cuando trabajo.

—Entonces iré para revisar.

—Usted irá si su madre lo permite —dijo Mercedes.

—Eso significa que no.

—Significa que todavía no he decidido si el cielo merece esa prueba.

La visita quedó fijada para el domingo siguiente, después de misa.

Irían Mercedes, Constanza y Amparo, porque Josefina debía acompañar a doña Elvira en una diligencia parroquial y porque Fernando, aunque invitado, prefirió quedarse en Los Robles con don Eulogio.

“No conviene que parezca inspección de ganado”, dijo, y Mercedes le respondió que las inspecciones de ganado solían ser menos complicadas que las visitas de cortejo.

Rosa no fue invitada en forma oficial, pero terminó incluida por razones de cocina: Frida había mandado semanas antes una receta alemana de pan oscuro que nadie en Los Robles entendió bien, la cocinera de Las Higueras quería compararla con la harina local, y Rosa aceptó el viaje con la solemnidad de quien no va a mirar pretendientes, sino a defender el honor del trigo.

—Yo no voy a sentarme en sala ajena a hablar de flores —declaró mientras preparaba su mantilla—. Si hay harina mala, lo diré.

—No te han pedido dictamen —dijo Mercedes.

—Entonces no me lo agradezcan después.

El domingo amaneció claro y ventoso. Los Robles se movió temprano, no con la agitación de una boda, sino con esa tensión menor y más fina de las visitas donde nadie quiere parecer demasiado dispuesto.

Mercedes eligió vestido oscuro, sin luto completo, y un chal de lana liviana.

Constanza tardó más de lo habitual en arreglarse y menos de lo que habría tardado si hubiera querido mentirse.

No escogió el vestido más favorecedor ni el más sencillo.

Eligió uno azul apagado, con cuello alto y mangas ajustadas, apropiado para misa y camino.

Al mirarse en el espejo, pensó que ninguna tela podía resolver la pregunta que llevaba debajo.

Amparo entró sin llamar, con un sombrero torcido.

—Mamá dice que si pregunto por fantasmas me devolverá en carreta con don Eulogio.

—Entonces no preguntes por fantasmas.

—¿Y si pregunto por recuerdos que caminan?

—Eso es peor, porque creerás que fuiste sutil.

Amparo hizo una mueca y se sentó en la cama. Miró a su hermana con una seriedad poco frecuente.

—¿Te vas a casar con don Rodrigo?

Constanza se quedó quieta con el guante en la mano.

—Nadie ha dicho eso.

—Pero todos caminan como si hubiera un huevo en medio de la pieza y nadie quisiera pisarlo.

La imagen habría hecho reír a Constanza en otro día. Esa mañana la desarmó un poco.

—No sé qué va a pasar.

—¿Y Anselmo?

El nombre, dicho por una niña que no debía entender tanto, entró en la pieza con la falta de ceremonia de las verdades domésticas. Constanza miró hacia la ventana.

—Anselmo está en Hamburgo.

—Eso no responde nada.

—No. Pero es lo que puedo decir.

Amparo bajó la vista, no satisfecha, pero sí bastante prudente para no seguir. Luego se levantó y se arregló el sombrero frente al espejo.

—Si Las Higueras tiene perro, eso cuenta a favor.

—No hagas listas en voz alta.

—Las haré por dentro. Pero si hay perro, se sabrá en mi cara.

El camino a Las Higueras estaba mejor que antes, aunque no bueno.

Fernando tenía razón: el arreglo compartido no debía parecer favor de pretendiente.

Había tramos con piedra nueva, zanjas limpiadas a un lado, ramas cortadas y un puente pequeño reforzado con maderos frescos.

Mercedes observó todo desde el carruaje con ojos de mujer que entiende más de economía doméstica que varios hombres de escritura bonita.

—Rodrigo cumplió su parte —dijo.

—Mi padre también pagó la suya —respondió Constanza.

—Eso me gusta más.

Rosa, sentada al lado del cochero por decisión propia, volvió apenas la cabeza.

—Camino pagado entre dos casas dura más que camino regalado. El regalado se llena de hoyos que nadie quiere reclamar.

Mercedes no contestó. Tal vez porque estaba de acuerdo. Tal vez porque no quería darle a Rosa otra victoria antes del mediodía.

Las Higueras apareció detrás de una línea de álamos y cercos bajos, más abierta que Los Robles, menos defendida por árboles antiguos, con una casa larga de corredor ancho, techo de tejas, galpones ordenados y patios donde el trabajo no se escondía para que la visita viera solo limpieza.

Había animales en los potreros cercanos, dos carretas junto a un alero, montones de leña bajo techo, herramientas colgadas con esa disciplina de casa donde se pierde poco porque todo cuesta.

Constanza había estado antes en el fundo durante fiestas y visitas mayores, pero nunca lo había mirado como posible interior.

La diferencia la incomodó. Una casa vista desde una fiesta es paisaje.

Una casa vista desde la pregunta de si una podría vivir allí se vuelve examen.

Rodrigo los esperaba en el corredor. No estaba vestido como para lucirse, sino con traje correcto y botas limpias que ya mostraban polvo del patio.

A su lado estaba doña Teresa, la mujer que gobernaba la casa desde la muerte de Clara, viuda de un primo lejano o algo semejante, según las versiones del pueblo.

Era de mediana edad, rostro firme, pelo recogido sin suavidad y manos de quien había pasado más vida entre llaves, ropa, cuentas de despensa y remedios que entre visitas elegantes.

Saludó a Mercedes con respeto y a Constanza con una atención medida.

A Rosa la miró como una cocinera mira a otra cuando todavía no sabe si encontrará aliada o enemiga.

—Doña Rosa —dijo Teresa—. Me dijeron que usted entiende de harina.

—Me han culpado de eso.

—Entonces venga a la cocina cuando guste. Tengo un saco que no me convence.

—Ahora sí estamos hablando claro.

Mercedes cerró los ojos un segundo, resignada.

Rodrigo sonrió apenas. La visita, que pudo haberse puesto tiesa en la primera entrada, encontró de inmediato un camino por la cocina.

Eso tranquilizó a Constanza de manera inesperada.

Las casas que permiten que las cocineras se midan sin pedir permiso suelen esconder menos de lo que creen.

Entraron primero a la sala. Era una pieza amplia, con muebles sólidos, cortinas de tela gruesa, una chimenea apagada y retratos familiares sobre una pared.

El de Clara estaba allí, no en el centro absoluto, pero tampoco retirado.

Constanza lo había visto alguna vez de lejos: una mujer joven, de rostro fino y mirada directa, sin la dulzura exagerada que el recuerdo ajeno le había impuesto.

Ahora, de cerca, le pareció menos fantasma y más persona.

El retrato no la miró como rival. La miró como miran los retratos: con la indiferencia terrible de lo que ya no puede modificar su gesto.

Mercedes se acercó primero. No hizo comentario sentimental ni piadoso. Observó el marco, la posición, la luz.

—Era hermosa —dijo.