Capítulo 22 La segunda carta de Hamburgo #3
La decisión de escribir no llegó esa noche.
Llegó dos días después, mientras ayudaba a Rosa a guardar harina en tinajas para que no tomara humedad.
La cocina estaba tibia, llena de olor a pan, ceniza y lluvia próxima.
Rosa le pidió que sujetara un paño, luego otro, luego una tapa que no cerraba bien.
De pronto, entre esas tareas pequeñas, Constanza supo qué podía decir.
No todo. No para resolver nada. Solo lo que la mano podía sostener derecha.
Subió a la sala después de la cena. Esta vez no llevó la carta de Anselmo al escritorio de su pieza.
Puso papel sobre la mesa común, como antes.
Mercedes la vio desde su silla y no preguntó.
Fernando levantó la vista, luego volvió a sus cuentas.
Josefina y Amparo estaban bordando mal unas servilletas que Mercedes fingía corregir sin desesperarse.
La casa hacía ruido alrededor. Eso ayudaba.
Constanza escribió:
Señor Brandt:
Su segunda carta llegó en invierno, con Frida, pan y barro en las botas de Karl. La leí en la sala. No porque no me importara, sino porque me importaba demasiado para esconderla.
Le agradezco haber escrito que le dolió lo de Rodrigo. No porque yo quiera causarle dolor, sino porque una verdad dicha así no me pide que la repare. Eso la vuelve más limpia.
Rodrigo supo que llegó su carta. Se lo dije. Le pesó. También me dijo que no quiere que yo le escriba silencios como favor. Creo que esa frase merece estar en esta respuesta porque habla bien de él, aunque a ninguno de los tres nos acomode demasiado.
Usted me cuenta que Ilse ha sido buena. Me alegra. No lo digo como cortesía. Me alegra de verdad. Dígale, si corresponde, que en Chile una mujer que no pide pago por hacer el bien sería bien recibida en una cocina honrada, que es más de lo que muchas salas merecen.
Aquí Las Higueras también se ha vuelto menos simple. Rodrigo abrió una pieza que llevaba tiempo cerrada por Clara. No le cuento esto para igualar dolores como quien pesa harina. Se lo cuento porque empiezo a entender que nadie llega sin casa detrás, ni siquiera quien parece quedarse.
Mi padre habla más claro. Mi madre también calla de otro modo. Presentación vino de visita y me dijo que no hiciera del medio una casa permanente. Me molestó porque tenía razón.
No sé todavía dónde estoy parada. Quisiera decir algo más firme, pero sería falso. Lo que sí sé es esto: su carta no borró lo que vivo aquí, y lo que vivo aquí no borra su carta. Estoy intentando no usar una cosa contra la otra.
El trigo de Los Robles sigue guardado. El granero aguanta. No perfecto. En pie.
C. Zúñiga
Dejó la pluma. La carta era más larga de lo previsto y menos ordenada de lo que Mercedes habría llamado prudente.
Pero no era cobarde. Leyó la frase sobre Ilse y dudó.
¿Era demasiado familiar, demasiado de cocina?
Después pensó en Rosa, en Frida, en Clara, en Dominga, en todas las mujeres que habían sostenido pan, cartas y casas mientras los hombres hablaban de deuda. La dejó.
Mercedes se acercó cuando vio que Constanza doblaba el papel.
—¿Saldrá por la casa Brandt?
—Sí.
—Mañana puedo mandar a Jacinto.
—Gracias.
Mercedes miró la carta sellada, luego a su hija.
—¿Te dejó más tranquila?
Constanza pensó en Rodrigo moviendo piedras, en Anselmo junto al puerto, en Ilse preguntando por trigo, en Clara abriendo una ventana desde una carta vieja.
—No tranquila —dijo—. Más derecha quizá.
Mercedes asintió.
—Eso sirve más para caminar.
Rosa, desde la puerta de la cocina, añadió:
—Y para cargar sacos, patrona.
—Rosa —dijo Mercedes—, algún día va a terminar dirigiendo esta casa.
—No se preocupe. Ya la dirijo cuando ustedes se distraen.
La risa que siguió no fue grande, pero fue real.
Constanza guardó la carta en el sobre exterior y la dejó sobre la mesa, a la vista de todos.
No durmió bien esa noche, pero tampoco fingió que había dormido.
Al amanecer, entregó el sobre a Jacinto y lo vio partir hacia la casa Brandt, donde Frida volvería a ponerlo en camino al mar.
Cuando el muchacho desapareció por la tranquera, Constanza fue hasta el granero occidental.
Tocó una de las tablas nuevas. La madera ya no se veía tan clara como meses antes.
Empezaba a tomar polvo, marcas, trabajo.
Envejecer si se le da trabajo, había escrito ella.
Tal vez eso también ocurría con las personas: no se volvían maduras por sufrir, sino por aceptar el trabajo concreto que la verdad les ponía delante.
Más tarde llegaría Rodrigo, o no. En algunas semanas llegaría otra carta, o no.
Las Higueras seguiría tirando. Hamburgo seguiría enfriando las manos de Anselmo.
Los Robles seguiría en pie, con cuentas, pan, barro y voces.
Constanza no estaba fuera del medio. Pero por primera vez el medio dejó de parecerle una sala cerrada.
Parecía más bien un camino malo entre dos casas, lleno de barro y piedras, que habría que arreglar sin saber todavía hacia dónde terminaría llevando.