Capítulo 22 La segunda carta de Hamburgo #2
No hubo burla. Había una dureza leve, humana. Constanza la dejó estar. Rodrigo tenía derecho a no celebrar cada avance moral de Anselmo como si él mismo no pagara algo por ello.
—También escribió de Ilse —añadió.
—¿La señorita Hartmann?
—Sí. Dice que ha sido buena con él. Que no pide pago.
Rodrigo miró hacia los hombres del camino.
—Eso debe aliviarlo.
—Creo que sí.
—¿Y a usted?
Constanza sostuvo la pregunta. No quería responder demasiado rápido.
—También. Aunque no de una forma simple.
—Pocas cosas vienen simples cuando cruzan el mar.
—O cuando salen de un galpón chico.
Rodrigo volvió hacia ella. La mención de Clara no lo hirió como antes. Lo tocó, sí, pero de un modo menos crudo.
—Abrí la pieza —dijo.
Constanza dejó la lana quieta.
—¿La de Clara?
—Sí. No para dejarla vacía. Solo abrí la ventana, saqué unas mantas, guardé ropa en un baúl mejor. Había polvo por todas partes. Me dio rabia pensar que llamamos respeto a dejar que el polvo cuide lo que uno no se atreve.
—¿Y se sintió mejor?
—No sé. Más cansado. Pero el aire entró.
La respuesta era honesta. Constanza imaginó la pieza de Clara con la ventana abierta, las mantas movidas, el polvo levantado. No como acto de reemplazo, sino de limpieza. Pensó en su propio cajón. También allí hacía falta aire.
—Me alegra —dijo.
—No lo hice por usted.
—Eso me alegra más.
Rodrigo la miró con una gravedad suave. Había en él un agradecimiento que no quiso volver grande.
—Quería que lo supiera antes de que alguien lo contara mal —dijo.
—¿Quién podría contarlo?
—Las casas cuentan solas. Y los criados tienen parientes.
—Eso es verdad.
El hilo volvió a moverse entre las manos de Constanza. Esta vez no hizo nudo.
—Anselmo escribió que Heinrich Hartmann le dijo que no le debe su alma completa a esa casa —dijo ella.
Rodrigo soltó una respiración lenta.
—Ojalá alguien nos dijera eso a todos antes.
—¿A usted también?
—Sí. Las Higueras no me debe tragar entero, aunque sea mía. Clara tampoco. Ni usted, si algún día entra. Ni Los Robles a su padre. Las casas son buenas para pedir más de la cuenta si uno las deja.
La frase no sonó aprendida. Venía de la cerca rota, de la pieza abierta, de la mano lastimada.
Constanza lo miró y sintió que la segunda carta de Hamburgo, lejos de empujarla fuera de Rodrigo, le permitía escucharlo mejor.
El problema ya no era elegir entre un hombre profundo y uno seguro.
Ambos tenían profundidad. Ambos tenían casas que tiraban.
Ambos estaban aprendiendo tarde a no pedirle al amor que pagara cuentas ajenas.
—No sé cómo se responde una carta así —dijo ella.
—Con la verdad que tenga. O esperando hasta tenerla menos torcida.
—¿No le molesta que responda?
Rodrigo sostuvo su mirada. No respondió con santo cansado ni con hombre herido que quiere parecer generoso. Respondió como Rodrigo, más entero porque ya no fingía no dolerle.
—Sí. Me molesta. Pero me molestaría más que no respondiera solo para dejarme tranquilo. Yo no quiero una mujer que me escriba silencios como favor.
Constanza sintió que la lana le ardía un poco en los dedos. Había frases que hacían avanzar un cortejo más que una caricia. Esa era una de ellas.
—Usted pide bastante —dijo.
—Sí. Solo que intento pedirlo de frente.
—Eso no lo vuelve poco.
—No.
La aceptación lo salvó de la arrogancia. Ella enrolló el último tramo de lana y dejó la madeja sobre la banca.
—Rodrigo, si algún día yo entrara a Las Higueras, no sería para vivir agradeciendo su paciencia.
Él tardó en responder. La frase era la más cercana a un futuro que ella había pronunciado hasta entonces.
—No la quiero agradecida todo el día. Debe de ser cansador.
—Lo digo en serio.
—Yo también. Una casa con una mujer agradecida hasta para respirar se vuelve enferma. Si entra, tendrá que enojarse, mandar, equivocarse, cambiar cosas y decirme cuando esté siendo más patrón que marido.
La palabra marido quedó en el corredor con el peso de un saco bien cerrado. No era proposición formal, todavía, pero ya no era simple cortejo. Constanza no se asustó. Eso la asustó después.
—Está hablando mucho para un jueves de camino y piedras —dijo.
—Sí. Debe ser la mano. Cuando sana, se me suelta la boca.
Ella sonrió, pero no desvió la mirada.
—No sé si entraré.
—Lo sé.
—Pero empiezo a entender que, si lo hiciera, no tendría que pedirle permiso a Clara para abrir una ventana.
Rodrigo cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, la emoción estaba ahí, sin vergüenza.
—No. Ni a mí, si la ventana hace falta.
Desde el camino, Segundo llamó a Rodrigo. Había que decidir dónde poner las primeras piedras. La vida, agradecida o impaciente, interrumpía antes de que las palabras se volvieran demasiado grandes. Rodrigo tomó el sombrero.
—Tengo que ir.
—Vaya. Antes de que Segundo decida que Los Robles administra peor que Las Higueras.
—Ya lo decidió. Solo está buscando pruebas.
Rodrigo se fue hacia el camino. Constanza quedó en el corredor con la madeja de lana y la carta de Hamburgo esperando en el cajón.
No se sintió menos confundida. Se sintió más obligada a no rebajar a ninguno de los dos hombres para que la decisión futura fuera más fácil.
Eso era trabajo, no romance. Trabajo interior, de esos que nadie ve y que igual cansan.
Esa tarde, Fernando la encontró junto al granero chico, mirando a Rodrigo y a Segundo mover piedras con los peones. No le preguntó por la carta. Había aprendido, quizá, que las preguntas entran mejor cuando no vienen armadas.
—Rodrigo está haciendo buen trabajo en el camino —dijo.
—Sí.
—Y cobrará su mitad.
Constanza lo miró con sorpresa.
Fernando se encogió de hombros.
—Trato claro. Favor turbio hace barro después.
La frase parecía de don Eulogio, pero en boca de Fernando sonó a aprendizaje ganado con vergüenza. Constanza volvió a mirar el camino.
—Llegó carta de Anselmo.
—Lo sé.
—No me preguntó.
—Estoy practicando.
—¿No preguntar?
—No preguntar para que me tranquilices. Es distinto.
Ella sostuvo el silencio. Su padre apoyó una mano en la puerta del granero.
—¿Te pesa?
—Sí.
—¿Y Rodrigo?
—También.
Fernando asintió. No intentó ordenar la respuesta.
—Entonces no muevas el peso de un lado al otro como si fueran sacos. Las personas se machucan cuando una las usa para equilibrar carga.
Constanza soltó una risa baja, triste.
—Todos en esta casa empezaron a hablar como Rosa.
—Rosa habla mejor que todos nosotros. Solo que cobra en pan.
Fernando se quedó un momento junto a ella. Después añadió, sin mirarla:
—Si escribes, hazlo sin esconderte. Si no escribes, que tampoco sea para esconderte. Es lo único que se me ocurre.
—Es bastante.
—Ojalá se me hubiera ocurrido antes con otras cosas.
No pidió perdón. Ya lo había hecho de otras maneras. Constanza, por primera vez en muchos meses, apoyó su mano sobre el brazo de su padre. Fue un gesto breve. Fernando lo recibió como quien recibe algo que no se atreve a cerrar demasiado fuerte.