Capítulo 22 La segunda carta de Hamburgo
Karl Brandt volvió a traer el paquete, como la vez anterior.
Entró al corredor con la chaqueta mojada en los hombros y las botas llenas de barro seco, porque había llovido al amanecer y luego el viento había endurecido el camino a medias.
Rosa lo recibió antes que nadie, no por cariño especial al mensajero, sino porque llevaba una cesta de Frida envuelta en paño oscuro.
En Los Robles, las cestas hablaban casi tanto como las cartas.
Había pan negro, un frasco de mermelada agria que nadie sabía preparar igual en la zona y una nota breve donde Frida preguntaba por la mano de Rodrigo, detalle que hizo que Rosa levantara una ceja y que Mercedes, al oírlo desde la sala, fingiera no haber oído.
—Su madre se informa harto —dijo Rosa, tomando la cesta.
—Mi madre dice que una casa se conoce por las manos heridas que entran y salen —respondió Karl.
—Tiene razón. Entonces dígale que aquí las manos tercas abundan.
Karl sonrió, pero al ver a Constanza en el corredor se puso más serio. Sacó del bolsillo interior un sobre protegido por otro papel más grueso. Esta vez no hizo rodeos. La experiencia anterior había enseñado a todos que la luz encima no se improvisaba: se sostenía con gestos claros.
—Para usted, señorita Constanza. Venía dentro del correo de mi madre. No está escondido.
Mercedes apareció detrás de su hija con el costurero en las manos.
Ya no miró el sobre como amenaza. Lo miró como se mira un animal conocido que puede morder igual si una se descuida.
Fernando estaba en el pueblo, don Eulogio en el galpón chico, Josefina y Amparo en la sala peleando por el derecho a leer primero la carta de Presentación.
La casa, por fortuna, estaba lo bastante ocupada para no volverse tribunal.
—Gracias, Karl —dijo Mercedes—. Pase a la cocina. Rosa no lo dejará irse sin comer algo y yo no voy a contradecirla en eso.
—No conviene —dijo Karl.
—Ha aprendido rápido.
Constanza tomó el sobre. No le tembló la mano, y ese pequeño triunfo le pareció casi sospechoso.
La primera carta la había detenido como quien recibe desde el mar una piedra envuelta en papel.
Esta segunda llegó a una mujer que ya había leído, respondido, hablado con Rodrigo, escuchado a Presentación y visto un poco de Las Higueras a través de las cartas de Clara.
No estaba más segura. Estaba menos inocente respecto de su propia confusión, que es una forma incómoda de madurez.
—La leeré en la sala —dijo.
Mercedes la miró.
—¿Estás segura?
—Usted dijo la otra vez que las cosas leídas a escondidas después piden pago.
—Y ahora usas mis frases contra mí.
—A veces dan servicio.
Mercedes se apartó para dejarla pasar. En la sala, Josefina y Amparo callaron al verla entrar con el sobre.
Ese silencio fue tan antinatural que Constanza casi prefirió sus preguntas.
Se sentó junto a la ventana, donde entraba una luz fría y suficiente.
No pidió privacidad. Tampoco ofreció espectáculo.
Abrió primero el envoltorio de Frida y encontró una línea breve: “Llegó con el correo de junio. Anselmo pidió que siguiera el mismo camino. Le mando pan a Rosa porque las cartas viajan mejor cuando no llegan solas.” Constanza dobló esa nota con cuidado. Luego abrió el sobre de Anselmo.
La letra era la misma, aunque algo más firme que en la primera carta. Tal vez Hamburgo le estaba endureciendo la mano. O tal vez la segunda verdad cuesta menos que la primera.
Leyó.
La carta no repitió toda la travesía de Anselmo ni volvió a convertir Hamburgo en inventario.
Esta vez traía cuatro golpes limpios: agradecía las noticias del granero y de las cuentas; admitía, sin reclamo, una frase que Constanza tuvo que leer dos veces —“me dolió”—; hablaba de Ilse Hartmann con una gratitud que no buscaba desplazar a nadie; y cerraba con el trigo todavía guardado, tocado a veces antes de entrar a la oficina.
En la última línea no le pedía rapidez ni silencio cuidadoso.
Le pedía que escribiera cuando la mano le quedara derecha.
Al terminar, Constanza dejó la hoja sobre su falda y miró hacia la ventana.
Afuera, el patio estaba mojado, el nogal sin mucho follaje, la mesa larga cubierta por un paño para que la madera no siguiera chupando agua.
En la sala, Josefina fingía leer una carta de Presentación con los ojos fijos en su hermana; Amparo mordía una hebra del chal porque nadie le había autorizado a preguntar; Mercedes cosía sin mover la aguja.
El mundo no se había detenido. Eso le dio alivio. También le pareció injusto.
La frase que primero la alcanzó no fue la del trigo ni la de Ilse.
Fue una más simple: “Me dolió”. Anselmo no había puesto su dolor como reclamo.
Tampoco lo había escondido para parecer mejor.
Lo dejaba ahí, igual que Rodrigo había dejado el peso de la primera carta bajo el nogal, con barro en las botas y la dignidad algo golpeada.
Dos hombres, pensó Constanza, estaban aprendiendo a no mentirle para cuidarse a sí mismos.
Eso debería haberle facilitado algo. No lo hizo. Le quitó las salidas fáciles.
Leyó de nuevo la parte sobre Ilse. La señorita Hartmann ha sido buena conmigo de un modo que no pide pago.
No sintió celos. Esa ausencia la sorprendió.
Sintió, más bien, una gratitud extraña y una punzada de vergüenza por la muchacha que meses atrás había querido convertir a Ilse en fantasma cómodo.
Ilse, desde Hamburgo, estaba haciendo algo que muchas personas cercanas tardaban en aprender: no pedir lugar a costa de otra mujer.
Si Anselmo no desaparecía del todo, también era porque alguien allá lo miraba sin querer apropiárselo.
—¿Trae desgracia? —preguntó Amparo al fin, incapaz de resistir más.
Mercedes levantó la vista.
—Amparo.
—Pregunto por salud familiar. Las cartas de lejos siempre ponen caras raras.
Constanza dobló la hoja despacio.
—No trae desgracia.
—¿Trae amor?
—Amparo —dijeron Mercedes y Josefina al mismo tiempo.
Constanza, contra lo esperado, no se enojó. Miró a su hermana menor y vio en ella no insolencia pura, sino la impaciencia de quien todavía cree que las cosas pueden separarse con nombres claros: desgracia, amor, noticia, chisme. Casi la envidió.
—Trae una carta —respondió—. Eso ya es bastante.
Amparo frunció el ceño.
—Las respuestas adultas son pésimas.
—Por eso te conviene seguir niña un rato más —dijo Mercedes.
Rosa apareció desde la cocina con una bandeja de tazas y miró el papel sobre la falda de Constanza.
—¿Llegó bien la otra orilla?
—Llegó con frío, puerto y harto papel.
—Pobre hombre.
Mercedes la miró, sorprendida por la compasión seca.
—¿Pobre?
—Cualquiera que trabaja entre puro papel y no huele pan caliente en la mañana tiene algo de pobre, patrona.
Nadie supo si reír. Constanza guardó la carta en el sobre.
La frase de Rosa, como tantas, bajó la situación del pedestal y la puso sobre la mesa.
Hamburgo no era solo destino romántico ni condena familiar.
Era una ciudad fría donde un hombre tocaba granos de trigo antes de entrar a una oficina.
Esa imagen no pedía lágrimas. Pedía cuidado.
No respondió ese día. Ni esa noche. La carta permaneció en su cajón, junto al primer sobre de Anselmo, los tres granos de trigo y las notas de Rodrigo.
Después de la conversación con Rodrigo sobre Clara, había ordenado esos papeles con una separación casi doméstica, como se separa harina buena de harina húmeda.
La segunda carta de Hamburgo exigía otra forma de orden.
No podía dejarla encima de las notas de Las Higueras, como si el mar aplastara el barro cercano.
Tampoco podía esconderla debajo, fingiendo que lo cercano volvía inocente el silencio.
Al final la puso a un lado, sola, no por privilegio, sino porque todavía no sabía dónde debía quedar.
El jueves siguiente Rodrigo llegó con una mano mejor curada y dos hombres para revisar el camino compartido.
La lluvia había dejado el tramo entre Las Higueras y Los Robles con surcos hondos, y Fernando aceptó que si no se movían piedras antes de septiembre, el primer aguacero serio les haría pagar el doble.
Rodrigo habló con don Eulogio, midió el paso de las ruedas, discutió con Segundo —que había venido con él y miró Los Robles con esa mezcla de respeto y juicio que tienen los capataces en casas ajenas— y solo después se acercó a Constanza.
Ella estaba bajo el corredor, enrollando una madeja de lana para Rosa. No hacía falta que estuviera allí. Precisamente por eso se había quedado. Quería recibirlo en un sitio visible, con algo en las manos, como si el trabajo menor pudiera impedir que la carta de Hamburgo llenara todo el aire.
—Buenas tardes —dijo Rodrigo.
—Buenas tardes. La mano parece menos digna de lástima.
—Rosa la aprobó desde lejos apenas me bajé del caballo. Creo que eso cuenta como bendición.
—No se confíe. Rosa bendice con una mano y reta con la otra.
Rodrigo sonrió apenas. Luego miró la madeja, el patio, el camino donde los hombres hablaban con Fernando. No preguntó de inmediato. Esa demora fue cortesía y cansancio.
—Llegó carta —dijo Constanza.
Rodrigo asintió, como si ya lo supiera por el modo en que ella sostenía la lana.
—De Hamburgo.
—Sí.
La lana se enredó en sus dedos. Ella tiró con demasiada fuerza y el hilo se apretó. Rodrigo se acercó medio paso, no a ella, sino a la madeja.
—Si sigue tirando así, va a hacer nudo.
—Eso parece una observación demasiado útil para esta conversación.
—Es que el nudo está a la vista.
Constanza soltó un poco el hilo. Él no intentó ayudar sin permiso. Esperó. Ella desenredó una vuelta y respiró mejor.
—Me escribió que le dolió saber que usted sigue viniendo —dijo.
Rodrigo bajó la mirada hacia el patio. La frase no lo sorprendió, pero le pegó.
—Bien.
—¿Bien?
—Mal para él, supongo. Pero bien que lo diga sin echarme la culpa.
—No lo hace.
—Entonces va aprendiendo.