El peso de la tierra Capítulo 21 La casa que tira #3
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Capítulo 21 La casa que tira #3

—Porque si la dejo como santa, ninguna mujer real puede entrar a Las Higueras sin parecer menos. Y porque yo mismo quedo muy cómodo siendo viudo fiel a una estatua. Nadie le exige demasiado a un hombre que parece cuidar un altar.

Constanza escuchó con atención. Rodrigo hablaba con dificultad, pero sin adornarse. Cada frase parecía sacada de un cajón pesado.

—¿Y quiere dejar de cuidarlo? —preguntó.

—Quiero saber qué parte es cuidado y qué parte es escondite.

Esa respuesta valía más que una certeza. Constanza pensó en su propio cajón: los granos de trigo, las cartas de Anselmo, las notas de Rodrigo. También ella tenía pequeños altares, aunque los llamara memoria o prudencia. Quizá todos guardaban cosas para no decidir qué hacer con ellas.

—Yo también guardo papeles —dijo.

—Lo sé.

—Y trigo.

—También lo sé.

—No sé qué parte es memoria y qué parte escondite.

Rodrigo respiró hondo. La miró con una mezcla de dolor y alivio.

—Entonces estamos más parecidos de lo que conviene a dos personas que intentan portarse bien.

Constanza sonrió apenas.

—Portarse bien está resultando bastante trabajoso.

—Sí. Deberían advertirlo en misa.

El humor, pobre y necesario, abrió un poco el aire. Caminaron hacia la mesa bajo el nogal. Rodrigo no tomó asiento. Ella tampoco. La conversación pedía movimiento, aunque pequeño.

—Quiero preguntarle algo —dijo él.

—Pregunte.

—No hoy con respuesta final. No soy tan bruto.

Pero sí con verdad. ¿Usted se imagina entrando a Las Higueras alguna vez?

No como salvación de nadie. No como reemplazo de Clara.

No como manera de olvidar Hamburgo. Entrar.

Vivir. Mandar en alguna cosa. Pelear conmigo por otras. Decir que no cuando haga falta.

Constanza sintió que el patio se volvió más callado.

Rodrigo no estaba pidiéndole matrimonio en forma directa.

Todavía no. Pero estaba poniendo nombre al fondo de sus visitas.

No casa como refugio abstracto. Casa con piezas, muertos, cercos, manos heridas, peones, cocina, retratos, discusiones y sitio por hacer.

—No sé —dijo, y odió la respuesta por repetida.

—Ya sé que no sabe. Pero hay no sé que cierra y no sé que mira.

Ella bajó la vista hacia la tierra bajo el nogal.

Pensó en Las Higueras: el corredor, el retrato de Clara, los potreros, Rodrigo arrodillado en el barro, las cartas encontradas, la harina para Rosa, una cerca chueca, una mesa donde quizá ella podría hablar sin pedir perdón por pensar.

No vio amor completo. Vio posibilidad. Y la posibilidad, cuando no se la usa para tapar otra herida, también merece respeto.

—Lo miro —dijo al fin.

Rodrigo cerró los ojos un segundo, como si esa respuesta pobre le hubiera quitado un peso real.

—Gracias.

—No me agradezca demasiado. Mirar no es entrar.

—Lo sé. Pero es distinto de mirar para otro lado.

La frase quedó tranquila. No empujaba. Solo marcaba una diferencia.

Rodrigo se quedó a comer. La mesa de Los Robles lo recibió con menos ceremonia que otras veces.

Amparo le preguntó si en Las Higueras los fantasmas comían, porque había oído que las casas de viudos tenían más posibilidades de visitas nocturnas.

Mercedes casi se atragantó. Fernando miró a su hija menor con horror resignado.

Rodrigo, después de un segundo, respondió:

—Si comen, en mi casa no avisan. Pero habrá que dejar pan por si acaso.

Rosa, desde la cocina, dijo:

—Pan se deja para los vivos. Los muertos que se arreglen con memoria.

La frase produjo un silencio breve y luego una risa general, no fuerte, pero suficiente. Constanza miró a Rodrigo. Él no pareció herido. Más bien agradecido. Tal vez Rosa, sin proponérselo o proponiéndoselo demasiado bien, acababa de poner a Clara en su sitio: memoria, no hambre de la casa.

Esa tarde, antes de partir, Rodrigo habló con Fernando sobre la posibilidad de mandar dos hombres a revisar el camino compartido entre Las Higueras y Los Robles.

Fernando aceptó pagar la mitad del jornal.

Rodrigo no discutió. Ese detalle, mínimo, importó.

No todo debía ser favor de un pretendiente.

Algunas cosas tenían que ser trato claro entre casas.

Constanza oyó desde el corredor y sintió que su padre también estaba cuidando una línea.

Cuando Rodrigo montó, la mano vendada apoyada con cuidado en las riendas, Constanza se acercó hasta el borde del patio.

—Cuide esa herida —dijo.

—Ahora tengo miedo de Rosa, así que obedeceré.

—Hágalo por la mano, no por el miedo.

—También.

Se quedaron un segundo mirándose. Rodrigo no pidió más. Ella tampoco ofreció. Pero antes de que él moviera el caballo, Constanza añadió:

—Y no cierre la pieza de Clara por mí.

Rodrigo la miró, sorprendido.

—¿No?

—No. Ábrala por usted, si corresponde. O déjela cerrada por usted. Pero no empiece a mover muertos para hacerme lugar como quien despeja una silla antes de que llegue la visita. Eso también sería usarme.

La frase le salió con más firmeza de la que había previsto. Rodrigo la recibió en silencio. Después inclinó la cabeza.

—Tiene razón.

—No se acostumbre a decírmelo. Después pierdo humildad.

—No parece estar en riesgo.

—Váyase antes de que Rosa revise otra vez la venda.

Rodrigo sonrió y tomó el camino. Constanza lo vio alejarse hasta que pasó el nogal y luego la tranquera.

Esta vez, al desaparecer, no pensó en ausencia.

Pensó en una casa que tiraba de él y en un hombre que intentaba no usarla como excusa ni como arma.

Pensó también en Clara, a quien nunca conocería, y sintió hacia ella una gratitud extraña, casi incómoda.

No por dejar libre a Rodrigo, porque las personas no se heredan como potreros, sino por haber escrito una verdad que había llegado tarde, pero no inútil.

Esa noche, Constanza abrió su cajón. Sacó los tres granos de trigo, la primera nota de Rodrigo, la segunda y la carta de Anselmo.

No leyó nada. Solo los ordenó de otra manera.

El trigo quedó en el pañuelo. La carta de Hamburgo, en un sobre aparte.

Las notas de Rodrigo, juntas, sin esconderse debajo.

No era una elección. No todavía. Pero sí un pequeño acto de limpieza.

Las cosas distintas no tenían por qué estar amontonadas como si pelearan entre ellas.

Abajo, la casa seguía despierta. Fernando hablaba con Mercedes sobre jornales y camino compartido.

Rosa cerraba la cocina. Amparo preguntaba si los fantasmas podían engordar si comían pan de noche.

Josefina le decía que era ignorante. Los Robles respiraba con sus ruidos de siempre.

Afuera, hacia Las Higueras, un hombre con la mano herida regresaba a una casa llena de cercos, cartas, muertos y trabajo.

Más lejos, en Hamburgo, otra carta quizá empezaba a cruzar oficinas y puertos.

Constanza cerró el cajón. Entendió entonces que una casa no tira solo de quienes viven dentro.

También tira de quienes podrían entrar algún día, de quienes la miran desde fuera, de quienes temen que sus paredes pidan demasiado o que, al contrario, ofrezcan una mesa donde ya no haya que defender cada pensamiento.

Las Higueras había dejado de ser una promesa limpia.

Por eso mismo empezaba a parecer más verdadera.