Capítulo 21 La casa que tira #2
—Esa mano está sangrando otra vez.
—Ya lo sé.
—Si va a Los Robles así, doña Rosa lo va a dejar sin cuero.
—No voy a Los Robles hoy.
Segundo se quedó callado un segundo más de lo necesario.
—Es jueves.
—También es día de cerca rota.
—Las dos cosas son verdad.
Rodrigo lo miró. Segundo no añadió nada. No hacía falta. La casa tiraba, sí. Pero a veces la casa sirve también de excusa para no ir donde el corazón queda menos ordenado que un potrero. Rodrigo lo supo y no agradeció saberlo.
—Mande un muchacho con una nota —dijo al fin—. Para don Fernando. Dígale que la crecida nos atrasó y que iré el domingo si no hay novedad.
—¿Y para la señorita?
Rodrigo tardó en responder. La pregunta no era insolente. Era práctica, o eso fingía.
—No. Para don Fernando basta.
Segundo asintió. Pero Rodrigo, después de dar dos pasos, volvió.
—Espere.
Fue a la casa, se lavó mejor la mano, subió a la sala donde todavía se guardaba el escritorio pequeño de Clara y tomó papel.
Al principio escribió una nota formal: “No podré concurrir hoy por trabajos urgentes en Las Higueras.” La miró con fastidio.
Parecía escrita por un hombre escondido detrás de su propio buen juicio. La rompió. Tomó otra hoja.
Constanza:
Hoy no iré. La cerca del potrero bajo se abrió y la casa tiró más fuerte que mi intención de salir.
No es desgracia, solo trabajo, pero también sería mentira decir que no me pesa faltar.
Me lastimé la mano otra vez. No se lo digo para que Rosa me rete a distancia, aunque seguramente lo hará si se entera.
Encontré unas cartas de Clara al mover tablas del galpón chico. No sé todavía qué hacer con eso. Solo sé que una casa guarda más gente de la que parece.
Iré el domingo, si usted me recibe.
R. Ovalle
Leyó la nota y sintió vergüenza por la frase sobre Clara.
Demasiado abierta, quizá. Demasiado pronta.
Pero era verdad. Y si le había pedido a Constanza que no lo cuidara con mentiras chicas, no podía presentarse él mismo convertido en pura compostura.
Dobló el papel antes de corregirlo y llamó a un muchacho.
—Esto para la señorita Constanza, en mano si se puede. Si no, a doña Mercedes. Y esta otra para don Fernando.
—Sí, patrón.
—No corra el caballo por lucirse. El barro no aplaude.
El muchacho partió poco después. Rodrigo volvió al potrero, trabajó hasta que el sol empezó a bajar y la cerca quedó firme, no hermosa, pero en pie. Al terminar, Segundo se acercó con la herramienta al hombro.
—La señora Clara habría dicho que la tabla de arriba quedó chueca.
—La señora Clara decía muchas cosas.
—Casi siempre acertaba.
Rodrigo miró la cerca. La tabla, en efecto, no estaba derecha del todo.
—Mañana la corregimos.
—Mañana entonces.
No hablaron más. Esa noche, después de comer poco y de soportar la mirada preocupada de la criada que quería cambiarle la venda, Rodrigo subió a la pieza de Clara.
No entraba allí de noche desde hacía años.
La habitación olía a madera cerrada, lavanda vieja y tela guardada.
La ventana estaba limpia. La cama, cubierta con una colcha blanca.
Sobre la cómoda seguía el retrato pequeño de Clara, joven, seria, con esa mirada que en vida había sido menos dulce de lo que las visitas recordaban.
Rodrigo encendió una lámpara y dejó sobre la cama el paquete de cartas.
No lloró al principio. Leyó. Leyó listas, recados, pequeñas quejas, una nota donde Clara se burlaba de la forma en que él discutía con Segundo como si ambos fueran dos bueyes atados a una misma yunta, otra donde decía que el bajo no necesitaba solo harina sino mejor techo, otra donde le pedía que no convirtiera la caridad en visita de patrón.
Cada papel le devolvía no una santa, sino una mujer.
Eso dolía y aliviaba. Los muertos, cuando dejan de ser estatua, pesan distinto. A veces menos. A veces más justo.
En Los Robles, la nota llegó antes de la oración de la tarde.
Constanza estaba ayudando a Mercedes a revisar ropa para enviar al bajo cuando el muchacho de Las Higueras apareció con el caballo sudado y dos papeles.
Mercedes recibió primero el dirigido a Fernando, aunque él estaba en el escritorio con don Eulogio. Luego el muchacho entregó el segundo.
—Para la señorita Constanza. Don Rodrigo dijo en mano si se podía.
Amparo, que estaba cerca, abrió los ojos.
—¿Eso cuenta como carta de amor?
—Cuenta como papel ajeno —dijo Mercedes—, y los papeles ajenos no se leen con la boca abierta.
Josefina se llevó a Amparo casi a la fuerza.
Rosa, desde la cocina, apareció lo justo para ver la cara del mensajero y decidir que merecía pan.
Constanza sostuvo la nota. La ausencia de Rodrigo ya había empezado a inquietarla desde media tarde, aunque se había dicho que no tenía derecho a contar las horas de un hombre como si fueran suyas.
Rompió el sello allí mismo, en el corredor, con luz encima.
Leyó rápido. Luego otra vez.
La casa tiró más fuerte que mi intención de salir. Me lastimé la mano otra vez. Encontré unas cartas de Clara. Una casa guarda más gente de la que parece.
La frase sobre Clara le produjo una detención extraña.
Constanza había pensado muchas veces en la esposa muerta de Rodrigo como una presencia noble y distante, un retrato que no competía porque ya pertenecía a otra vida.
Ahora, de pronto, Clara entraba en el papel como alguien que podía tirar de Las Higueras desde un galpón chico, desde cartas guardadas, desde una habitación donde Rodrigo quizá no entraba.
La casa de él se volvió menos segura en su imaginación, no por pobreza ni peligro, sino por memoria.
Rodrigo no ofrecía una casa vacía. Nadie ofrecía una casa vacía.
Mercedes no pidió leer. Pero vio lo suficiente en el rostro de su hija para hablar con más cuidado.
—¿Pasó algo malo?
—La cerca del potrero bajo. Trabajo. Se lastimó la mano.
—Ese hombre tiene talento para ponerse en manos de Rosa sin estar aquí.
—También encontró cartas de Clara.
Mercedes dejó de doblar la camisa que tenía en las manos. Durante un instante, su expresión perdió la línea de madre estratega y se volvió simplemente mujer casada, mujer de casa, mujer que entendía lo que un nombre muerto puede seguir haciendo en los cuartos.
—Ah —dijo.
Nada más. Fue suficiente.
Constanza guardó la nota en el bolsillo.
—Dice que vendrá el domingo si lo recibo.
—¿Y lo recibirás?
—Sí.
Mercedes asintió.
—Entonces habrá que tener aguardiente limpio para esa mano. Rosa no va a perdonarnos que llegue mal curado.
La frase devolvió el mundo a su tamaño práctico.
Constanza lo agradeció. Esa noche subió a su pieza y puso la nota de Rodrigo junto a la anterior, no en el mismo lugar de los granos de trigo, sino cerca.
Luego abrió el cajón, miró los tres granos y pensó en Hamburgo, en una carta todavía no llegada.
Después miró el papel de Rodrigo y pensó en Clara.
Hasta entonces había creído que ella estaba en medio de un hombre presente y otro ausente.
Ahora entendía que ambos traían ausencias consigo.
La diferencia era que una viajaba por mar y otra dormía en una pieza cerrada de Las Higueras.
El domingo, Rodrigo llegó después de misa, con la mano vendada de manera aceptable y ojeras discretas. Rosa lo revisó apenas entró, sin pedir autorización.
—Peor que antes, pero no perdido —dictaminó.
—Eso también podría decirse de mi carácter.
—No se me adelante, don Rodrigo. Para el carácter necesito más luz.
Mercedes sonrió pese a sí misma. Fernando invitó a Rodrigo al escritorio para hablar de la cerca, pero él pidió primero saludar a Constanza.
Lo hizo en el corredor, a la vista de todos.
No había en él la compostura perfecta de otros domingos.
Había cansancio, barba más cerrada, una mancha de barro en la bota y algo en los ojos que venía de haber leído a una muerta.
—Gracias por recibirme —dijo.
—Dijo que vendría si lo recibía. No iba a dejarlo esperando en el camino.
—A veces me merezco quedar esperando un rato.
—No se ponga tan humilde. Se nota que no le queda natural.
Rodrigo soltó una risa breve. Esa risa, cansada y real, la tranquilizó más que cualquier declaración.
Después del café, caminaron hasta el patio.
El día estaba frío, pero sin lluvia. Mercedes permaneció en la sala; Rosa salió a tender un paño que no necesitaba tanto aire; Fernando y don Eulogio hablaban cerca del granero.
Las condiciones de vigilancia estaban completas, aunque menos rígidas que en otros tiempos.
Rodrigo se detuvo bajo el nogal, no junto a la mesa sino frente al tronco, como si necesitara apoyar la conversación en algo vivo.
—No debí escribirle lo de Clara así, de golpe —dijo.
—Mejor de golpe que escondido detrás de una frase bonita.
—Eso mismo pensé después. O quise pensarlo para no sentirme bruto.
—¿Y lo fue?
—Un poco.
Constanza agradeció que no se defendiera demasiado.
—¿Quiere hablar de ella? —preguntó.
Rodrigo miró hacia la casa. Tardó en responder.
—No sé. Una parte de mí quiere hablar para dejar de tenerla encerrada en piezas. Otra parte siente que hablar de ella con usted es traer un muerto a una mesa donde todavía no sé si hay sitio para mí.
—Tal vez ella ya estaba en la mesa.
Él volvió hacia ella. La frase lo alcanzó.
—Sí.
—No como rival. Como parte de su casa.
—Eso me dijo en una carta, más o menos.
Constanza guardó silencio. Rodrigo sacó del bolsillo la carta de Clara, doblada muchas veces. No se la entregó.
—Me escribió que no metiera a otra mujer a vivir con su retrato antes de saber si ella quería cargarlo.
La voz le salió áspera. Constanza sintió que algo en ella se aflojaba. Clara, desconocida y muerta, acababa de volverse más justa que varias personas vivas.
—Parece haber sido una mujer sensata.
—Sí. Y terca. Y menos santa de lo que la gente dice. Me hizo bien recordarlo.
—¿Por qué?