Capítulo 21 La casa que tira
Las Higueras tiraba de Rodrigo Ovalle desde antes de que amaneciera.
No lo hacía con una sola voz ni con un drama grande, sino con esa suma menuda de necesidades que terminan gobernando a los hombres más que cualquier mandato escrito: una vaca parida mal en el potrero bajo, una cerca vencida por la última crecida, dos sacos de harina que no llegaron al puesto del bajo, un peón con fiebre, la cuenta del herrero sobre la mesa y una gotera nueva en la pieza donde todavía se guardaban las cosas de Clara.
Rodrigo despertó con la sensación de haber dormido poco y de deberle explicaciones a todo lo que lo rodeaba.
Al abrir la ventana, vio el patio gris, los corrales húmedos y a Segundo, su capataz, cruzando hacia la caballeriza con el sombrero encajado hasta las cejas.
Esa forma de caminar nunca traía buenas noticias.
No era que Las Higueras estuviera en peligro como Los Robles.
Rodrigo no se engañaba con falsas tragedias.
Su casa tenía espalda, animales sanos, trigo suficiente, galpones cuidados, buenos hombres y una administración que, con trabajo, respondía.
Pero una casa que está bien también exige.
Tal vez exige más, porque todos esperan que responda en cada ocasión.
Si un camino se corta, Las Higueras debe mandar bueyes.
Si una viuda necesita madera, Las Higueras tiene que encontrar tablas.
Si la parroquia reúne harina, Las Higueras agrega sacos.
Si un vecino duda, Las Higueras presta. Y si Rodrigo Ovalle, viudo, dueño y hombre considerado correcto por medio departamento, desea ir los jueves a Los Robles a hablar bajo un nogal con una mujer que guarda cartas de Hamburgo, Las Higueras no se ofende; solo deja caer otra cerca.
—La mancha del potrero bajo se abrió de nuevo —dijo Segundo apenas Rodrigo bajó al patio.
—¿Cuánto?
—Lo bastante para que los animales crean que se les abrió el mundo.
—¿Y lo bastante para que usted venga con esa cara?
—La cara me venía de nacimiento, patrón. El hoyo es de ayer.
Rodrigo casi sonrió. Segundo era de esos hombres que respetan sin agachar del todo la cabeza, y por eso mismo servía más que otros.
Había trabajado en Las Higueras desde joven, primero con el padre de Rodrigo y luego con él.
Conocía la tierra, los animales y los humores de la casa mejor que varios parientes.
También había conocido a Clara. Eso le daba derecho a ciertos silencios que nadie más podía usar.
Caminaron juntos hacia el potrero. La mañana estaba fría, con neblina baja sobre los cercos y olor a pasto húmedo.
A lo lejos se oía el molino, el golpe irregular de una puerta suelta y los bramidos de los animales inquietos por la novedad de la cerca abierta.
Rodrigo revisó el daño con el ceño apretado.
No era grave, pero sí inoportuno. Lo suficiente para ocupar hombres, madera y medio día.
Lo suficiente para retrasar la visita a Los Robles si se sumaba a todo lo demás.
Pensó eso y se irritó consigo mismo antes de que Segundo tuviera tiempo de mirarlo.
—Se arregla hoy —dijo Rodrigo.
—Se arregla, sí. Pero hay que sacar tablas del galpón chico.
—Sáquelas.
—Del galpón chico de la señora Clara.
Rodrigo se quedó quieto. Segundo no lo dijo con mala intención; por eso pesó más.
En Las Higueras aún se nombraban ciertos lugares por Clara: la pieza de costura de Clara, el jardín de Clara, el galpón chico de Clara, aunque ella llevara años bajo tierra y aunque la vida hubiera seguido poniendo cosas nuevas sobre sus espacios.
El galpón chico había guardado durante un tiempo baúles, sillas rotas, herramientas, ramas secas y algunos cajones que nadie abría porque todos sabían que pertenecían a una época anterior.
Rodrigo había postergado ordenar ese lugar con una paciencia que ya parecía respeto y quizá era simple miedo.
—Hay tablas buenas allí —insistió Segundo—. Las del otro galpón están verdes todavía.
Rodrigo miró hacia la casa. La ventana de la pieza de Clara estaba cerrada. Siempre estaba cerrada, aunque una criada entraba a ventilarla los martes. No porque él lo pidiera. Porque la casa había decidido conservar un rito y nadie se atrevía a corregirlo.
—Abra el galpón chico —dijo al fin—. Saque las tablas que sirvan.
Segundo no se movió de inmediato.
—¿Está seguro, patrón?
Rodrigo se volvió hacia él con más brusquedad de la necesaria.
—¿Desde cuándo se pide permiso a los muertos para reparar cercos?
Segundo bajó la vista, pero no como quien acepta la dureza. Más bien como quien decide no devolverla por respeto a otra cosa.
—Desde que los vivos empiezan a usar a los muertos para no tocar lo que hace falta, parece.
Rodrigo sintió la frase como un golpe en el pecho.
Durante un segundo quiso reprenderlo. La orden habría sido fácil: aquí se trabaja, no se opina.
Pero Segundo no había hablado desde la insolencia.
Había hablado desde años de verlo rodear aquel galpón, de saber que en la casa aún quedaban vestidos, pañuelos, una silla baja junto a una ventana, una caja de hilos que Clara ordenaba por colores y que Rodrigo no había sabido ni botar ni guardar de verdad.
—Saque las tablas —repitió, más bajo—. Y cuide que no rompan más de lo necesario.
—Así se hará.
La mañana se fue en trabajo. Rodrigo cargó madera con los hombres, sostuvo postes, midió el tramo vencido, se embarró hasta la rodilla y se lastimó de nuevo la mano que Rosa había curado semanas antes.
No fue una herida grave. Apenas una abertura sobre la cicatriz reciente, suficiente para arder y para recordarle que en Los Robles una mujer de cocina lo habría retado antes de que él pudiera esconderla.
Ese pensamiento le dio una ternura irritante.
Estaba allí, en su propio potrero, con sus propios hombres, reparando su propia cerca, y aun así Los Robles se le aparecía en la forma de una reprimenda ajena.
La casa de otro empezaba a vivir dentro de la suya.
Al mediodía, Clara volvió por las tablas.
No en cuerpo, claro. Volvió en los objetos.
Al abrir el galpón chico, los hombres habían movido varios cajones para sacar la madera.
Uno se quebró por abajo y dejó caer una manta vieja, dos marcos sin vidrio, una caja de latón y un paquete de cartas atado con cinta azul.
Rodrigo lo vio desde la puerta y sintió que toda la mañana se detenía.
Segundo mandó a los peones a almorzar con una discreción tan rápida que no hizo falta orden.
Quedaron solo los dos en el galpón, con polvo, madera y las cosas de una mujer muerta.
—No tenía que abrirse —dijo Segundo.
—Los cajones no saben guardar luto.
—No, patrón.
Rodrigo se agachó y tomó el paquete. La cinta estaba desteñida.
Reconoció la letra de Clara en la primera cubierta, redonda, un poco inclinada, muy suya.
No eran cartas de amor. O no todas. Muchas eran notas domésticas, listas, cuentas pequeñas, mensajes a su madre, recados para él cuando salía al potrero.
“No olvide mandar sal a la casa de Jacinta.” “El niño de Remigio necesita zapatos.” “Hay que revisar la manta de la pieza norte antes de que entre el frío.” Clara había tenido una manera de gobernar Las Higueras sin llamar gobierno a lo que hacía.
Después de su muerte, Rodrigo había seguido algunas de esas listas como quien cumple testamento.
Otras las había guardado sin querer mirarlas.
—Déjeme solo un rato —dijo.
Segundo asintió y salió. Rodrigo se sentó sobre una caja baja, con el paquete en las manos.
Abrió la primera nota y leyó unas líneas sin terminar.
Luego otra. Y otra. No buscaba nada. Tal vez justamente por eso encontró una carta que no recordaba haber visto.
Estaba dirigida a él, pero no tenía fecha.
Clara debió escribirla durante una de sus enfermedades, no la última, quizá cuando ambos creían todavía que las fiebres eran visitas molestas, no heraldos. La letra era menos firme.
Rodrigo:
Si me vuelvo una santa en boca de la gente, no les creas demasiado.
Fui buena algunas veces y terca muchas. Te quise, sí, pero también me enojé contigo más de lo que dije, porque en esta casa todos te obedecían y a veces yo también, para no cansarme peleando.
No te escribo esto para cobrar nada. Te lo escribo porque si algún día vuelves a mirar a una mujer con intención de casa, no la metas a vivir con mi retrato antes de saber si ella quiere cargarlo.
Los muertos ocupamos sitio si nos dejan. No nos dejes todo el comedor.
La carta seguía, pero Rodrigo tuvo que detenerse.
Afuera los hombres comían, los animales se movían, la cerca seguía a medio reparar.
En el galpón, el polvo flotaba alrededor de una verdad que su esposa había dejado escrita con más valentía de la que él había tenido para leer.
Los muertos ocupamos sitio si nos dejan.
Pensó en Constanza, en sus cartas de Hamburgo, en los granos de trigo guardados, en Anselmo cruzando el mar.
Había sentido celos de un hombre ausente y no había mirado con igual severidad a la mujer muerta que él mismo llevaba a cada visita como una sombra educada.
Clara estaba en Las Higueras no solo porque la casa la recordaba, sino porque él la había usado a veces para protegerse: “mi matrimonio fue bueno”, “mi esposa venía al bajo”, “aprendí de ella”.
Todo eso era cierto. Pero también era cierto que una mujer nueva no podía entrar en una casa donde cada gesto debía pedir permiso a una difunta convertida en medida.
Rodrigo dobló la carta con cuidado y la guardó en el bolsillo. No decidió nada grande. Los hombres prudentes, cuando están aprendiendo de veras, no deberían decidir demasiado rápido frente a un papel. Salió del galpón, lavó la mano herida en una batea y volvió al potrero.
—Hay que terminar antes de la tarde —dijo.
Segundo miró la venda improvisada.