El peso de la tierra Capítulo 20 La respuesta que cruza el mar #3
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Capítulo 20 La respuesta que cruza el mar #3

No le pido respuesta rápida. Tampoco silencio cuidadoso. Escriba cuando la mano le quede derecha, como usted misma me enseñó sin decirlo así.

A. Brandt

Leyó la carta una vez. Había en ella más de Ilse y Rodrigo de lo que esperaba.

La primera reacción fue quitar esos nombres.

Después no lo hizo. Si Constanza había podido escribir “Rodrigo sigue viniendo”, él debía poder escribir “Ilse ha sido buena” y “me dolió”.

Esa era la única manera de que la correspondencia no se volviera pieza cerrada ni engaño con tinta bonita.

No selló la carta esa noche. La dejó sobre la mesa y se acostó sin apagar de inmediato la lámpara.

Afuera, Hamburgo seguía con su ruido de ciudad que no duerme del todo: ruedas lejanas, agua contra madera, pasos en piedra, alguna voz subida de tono.

En Los Robles, a esa hora, quizá la cocina estaría apagada, Rosa habría dejado pan bajo paño, Mercedes dormiría con un oído puesto en la casa y Constanza tendría en un cajón los tres granos de trigo y, tal vez, una nota de Rodrigo.

Esa imagen le dolió, pero ya no le pareció una traición.

Era vida. La vida de ella, siguiendo aunque él estuviera lejos.

Eso era lo que él no tenía derecho a detener.

Al día siguiente, antes de llevar la carta al despacho de envíos, Ilse lo encontró en el corredor. Llevaba una carpeta de Markus y una expresión de haber dormido poco.

—¿Respondió? —preguntó.

—Sí.

—¿Escribió algo que no lo deje muy orgulloso de sí mismo?

Anselmo frunció el ceño.

—¿Eso es consejo?

—Es método. Las cartas demasiado orgullosas llegan tiesas.

—Entonces quizá esta llegue caminando, al menos.

Ilse sonrió. Luego la sonrisa se le apagó un poco.

—Mi padre habló con usted anoche.

—Sí.

—Me alegra. Él también aprendió tarde algunas cosas.

—En mi experiencia, los padres y abuelos parecen especializarse en eso.

—Los hijos también, solo que lo notan después.

La frase quedó entre ambos con una calma limpia.

Anselmo pensó que, si la vida hubiese sido otra, Ilse habría podido ser una amiga sin heridas alrededor.

Quizá aún podía serlo, de una manera prudente y real.

No todo vínculo entre hombre y mujer debía ser amenaza, promesa o moneda.

Esa comprensión parecía sencilla. Habían hecho falta un océano, un muerto, dos cartas y demasiados papeles para que llegara.

—La mencioné en mi carta —dijo él.

Ilse alzó la vista.

—¿A mí?

—Sí. Con respeto.

—¿Y eso ayuda o complica?

—No sé.

—Entonces probablemente era honesto.

Markus apareció al fondo del corredor y llamó a Ilse con una impaciencia contenida. Ella tomó su carpeta.

—Vaya a enviar su carta, señor Brandt. Si se queda mucho rato mirándola, empezará a corregirla para no quedar tan vivo.

Anselmo soltó una risa breve. Después bajó las escaleras hacia la oficina de despacho.

Entregó el sobre, anotó la salida en el registro y vio cómo el empleado lo ponía junto a otros papeles destinados a América del Sur.

Allí quedó la carta, entre documentos de café, lana, maquinaria y trigo.

Nada en su apariencia decía que llevaba dentro un pequeño intento de no mentir.

Esa tarde, Markus lo llamó para revisar otra tanda de cuentas.

Fue duro, preciso, molesto. Anselmo contestó mejor que de costumbre.

No porque la carta lo hubiera vuelto feliz, sino porque había dejado una parte de sí mismo en camino y ya no necesitaba defenderla a cada minuto dentro de la oficina.

Discutió pesos, corrigió una suma, aceptó una observación y rechazó otra con datos.

Markus, al final, lo miró con algo parecido a una aprobación fastidiada.

—Hoy trabaja mejor —dijo.

—Quizá dormí mal.

—Eso no suele ayudar.

—Depende de lo que uno deje de esconder durante la noche.

Markus no entendió del todo o decidió no preguntar. Mejor así. No todas las verdades necesitan público. Algunas solo necesitan modificar la forma en que un hombre sostiene la pluma.

Cuando terminó la jornada, Anselmo salió solo al muelle.

Sacó el pañuelo y abrió, por primera vez en semanas, el pequeño envoltorio de trigo.

Los granos seguían allí, duros, discretos, casi ridículos en medio de tanto puerto.

Tomó uno entre los dedos. No había brotado, por supuesto.

No era semilla para esa tierra. Aun así, no estaba muerto. Solo esperaba sin prometer nada.

Miró el río. El agua no se parecía al campo.

Hamburgo no se parecía a Los Robles. Ilse no se parecía a Constanza.

Rodrigo no era enemigo. Markus no era demonio.

Heinrich no era salvador. Él mismo no era solo deuda ni solo hombre enamorado ni solo nieto obediente.

Esa suma desordenada no daba paz, pero daba verdad suficiente para seguir un día más.

Guardó el trigo, cerró el pañuelo y lo puso de nuevo junto al pecho. Luego volvió a la casa Hartmann antes de que el frío le endureciera las manos. Tenía trabajo al día siguiente, una carta ya en viaje y una vida que aprender a ocupar sin desaparecer dentro de ella.