Capítulo 20 La respuesta que cruza el mar #2
—Entonces es una carta importante.
No preguntó más. Esa era la diferencia entre curiosidad y respeto.
Caminaron juntos hasta el borde del muelle, no como paseo, sino porque ambos tenían que volver a la firma y ninguno quería hacerlo todavía.
Los trabajadores pasaban cerca sin mirarlos.
En Hamburgo, a diferencia del pueblo, la gente tenía demasiadas cargas encima para vigilar cada conversación ajena.
—Ella escribió que Rodrigo sigue viniendo —dijo Anselmo, y al decirlo sintió que la frase salía menos digna de lo que habría querido.
Ilse no fingió no entender.
—El hombre de Chile.
—Uno de ellos.
—¿El que puede quedarse?
Anselmo soltó una risa corta.
—Así dicho, parece una ventaja poco romántica.
—Para las mujeres suele ser una ventaja grande. Para los hombres que deben irse, una ofensa.
La precisión lo irritó porque era cierta. Ilse lo miró de costado y suavizó la voz.
—No lo digo para pincharlo.
—Lo sé.
—Mi madre decía que hay hombres que creen que partir les da más derecho sobre lo que dejan, porque sufren lejos. No creo que usted quiera ser de esos.
Anselmo se quedó mirando el agua. La frase no venía con crueldad. Venía con una advertencia que quizá solo otra persona usada por expectativas familiares podía darle sin convertirla en sermón.
—No —dijo—. No quiero.
—Entonces no trate al señor Rodrigo como ladrón de algo que usted no pudo guardar.
El golpe fue limpio. Anselmo cerró los ojos un instante.
Pensó en Rodrigo dando espacio antes del galpón, en su presencia junto a Constanza en el velorio y la boda, en la manera en que todos hablaban de su bondad como si eso facilitara algo.
No había ladrón. Había un hombre que se quedaba, que trabajaba, que podía cansarse cerca de ella y volver el jueves siguiente.
—Cuesta —dijo.
—Claro que cuesta. Si no costara, no habría mérito en portarse bien.
Esa frase, dicha con tanta sencillez, le recordó a Rosa más que a cualquier dama alemana. Anselmo sonrió sin querer.
—A veces habla como mujer de cocina chilena.
Ilse pareció tomarlo como elogio.
—Quizá porque las cocinas entienden más rápido lo que las salas adornan.
Volvieron a la firma. Markus los vio entrar juntos y no dijo nada, pero su silencio tuvo filo.
Anselmo pasó el resto de la tarde revisando papeles con una concentración que no era del todo fingida.
La carta de Constanza no lo sacó del mundo; lo devolvió a él de manera más incómoda.
Cada lista de embarque le recordaba que los sacos venían de sitios donde había personas, casas y aleros, no solo pesos.
Cada corrección de Markus le recordaba que la nostalgia no podía excusarlo de hacer bien su trabajo.
No desaparecer, comprendió, no era solo mandar cartas a Chile.
Era no dejar que Hamburgo lo redujera a resentimiento ni que Los Robles lo redujera a recuerdo.
Esa noche, Heinrich Hartmann lo llamó a su despacho.
El viejo estaba sentado junto a la chimenea, con una manta sobre las rodillas y una copa pequeña que no tocaba.
Había envejecido de manera distinta a Wilhelm: menos tierra en el cuerpo, más puerto en los ojos.
Sobre la mesa tenía la carta de Otto, una respuesta de Frida y un documento de Markus.
Anselmo entró con el cansancio de quien espera otra exigencia y encontró, en cambio, una mirada menos comercial.
—Mi hijo dice que usted respondió bien a las observaciones del lote chileno —dijo Heinrich.
—Había observaciones justas.
—Eso no siempre es fácil de admitir cuando vienen de Markus.
—No.
Heinrich sonrió apenas.
—Markus cree que la firmeza y la dureza son hermanas. A veces lo son. A veces no se conocen.
Anselmo guardó silencio. No sabía si se le pedía opinión sobre el hijo del hombre que lo alojaba. Heinrich tampoco parecía esperarla. Tomó un papel y lo dejó sobre la mesa.
—Recibimos noticia de que en Chile se prepara un ajuste nuevo con Molina. Otto menciona a Fernando Zúñiga. También habla de ventas menores, de animales, de trigo guardado. ¿Usted entiende mejor que Markus el peso de esos nombres?
—Sí.
—Entonces necesito que lo explique en una nota interna. No como hijo de los Brandt. Como hombre que conoce esa tierra.
Anselmo lo miró. La petición parecía administrativa, pero no lo era del todo.
Hasta entonces, su conocimiento de Chile había sido tratado por Markus como color local útil solo si coincidía con cifras.
Heinrich, tal vez por vejez, tal vez por culpa o simple inteligencia comercial, entendía que los números llegaban con barro pegado.
—Lo haré —dijo.
—Y otra cosa. Ilse me dijo hoy que usted recibió carta importante.
Anselmo se tensó.
—No le pidió detalles.
—Lo sé. Mi hija sabe callar mejor que nosotros.
Pero quiero decirle algo que quizá no corresponde y que, por eso mismo, conviene decir antes de que se vuelva otra omisión.
Su abuelo pidió que su viaje no fuera confundido con compromiso.
Yo acepté. Lo acepto todavía. Markus también, aunque le cueste entender por qué había que escribirlo.
Usted no le debe a esta casa una boda. Tampoco le debe una renuncia a todo lo que dejó en Chile.
Anselmo sintió que el cansancio le bajaba de los hombros a las manos.
—Pero le debo trabajo.
—Sí. Trabajo, aprendizaje, presencia por un tiempo. No su alma completa. Los comerciantes viejos hemos pedido eso demasiadas veces con otras palabras.
Heinrich miró la chimenea. Durante unos segundos pareció estar hablando con Wilhelm más que con el nieto.
—No piense que digo esto por bondad pura —añadió—. Un hombre que se vuelve hueco trabaja mal. Y una casa que se alimenta solo de obediencia termina llena de gente que espera verla caer.
Eso sí podía entenderlo Anselmo. No era absolución. Era una mezcla de ética y conveniencia, quizá más honesta por no fingir pureza.
—Gracias —dijo.
—No me agradezca mucho. Mañana Markus volverá a corregirlo y yo permitiré buena parte porque también necesito que aprenda. Pero esta noche quería dejar esa línea puesta.
La línea. Todos parecían aprender tarde a poner líneas.
Wilhelm antes de morir. Fernando después de callar.
Rodrigo al decir que no era de palo. Ilse al negarse a ser enemiga.
Heinrich, ahora, entre trabajo y alma. Anselmo salió del despacho con menos alivio del que una escena así habría prometido en un libro. Pero con algo más útil: una medida.
En su habitación, sacó la carta de Constanza y la dejó sobre la mesa junto al pañuelo con el trigo.
Luego tomó papel. No quería responder de inmediato, porque temía que la emoción fresca volviera la frase demasiado grande.
Pero tampoco quería esperar por simple miedo.
Escribió primero una nota para Otto sobre los lotes, otra para Frida con dos líneas sobre su salud, y solo después puso una hoja limpia delante.
Señorita Zúñiga:
Su carta llegó en junio, con olor a camino aunque sé que eso no puede ser cierto. La leí primero junto al puerto, entre bodegas y hombres que cargaban sacos de café. No era buen lugar, pero aquí cuesta encontrar sitio que no pertenezca al comercio.
Me alegró saber que el granero occidental sigue firme. También me alegró saber de Presentación y de su padre hablando más claro de las cuentas. Lo digo sin querer meterme donde no corresponde. Solo recuerdo demasiado bien cómo pesan los papeles cuando se guardan solos.
Leí lo de Rodrigo. Le agradezco que no lo haya escondido.
Me dolió, y no escribir eso sería hacerme mejor de lo que soy.
Pero no lo tomo como falta suya ni de él.
Ilse me dijo hoy, con bastante puntería, que no debo tratar como ladrón al hombre que puede quedarse.
Tiene razón. Me cuesta, pero tiene razón.
La señorita Hartmann ha sido buena conmigo de un modo que no pide pago.
Eso también quiero dejarlo dicho. Aquí algunos hombres hablan de Chile como si fuera una lista de sacos con paisaje detrás.
Ella no. Pregunta poco, pero cuando pregunta, mira la cosa entera.
Creo que entiende mejor que Markus que una deuda puede tener forma de casa.
Hoy Heinrich Hartmann me dijo que no le debo a esta casa mi alma completa. Sonó extraño en su boca, pero no falso. Voy aprendiendo que no desaparecer no basta si uno vive escondido dentro del trabajo o dentro de la pena. No sé todavía cómo se hace lo contrario. Estoy probando.
El trigo sigue conmigo. No lo saco mucho, porque temo perderlo. Pero a veces lo toco antes de entrar a la oficina, como quien se acuerda de que hubo manos antes que papeles.