Capítulo 20 La respuesta que cruza el mar
La carta de Constanza llegó a Hamburgo una mañana de junio, metida entre facturas de embarque, una nota de Frida, dos copias de contratos y un paquete de papeles que Markus Hartmann consideraba más urgentes que cualquier cosa escrita por mano de mujer al otro lado del mundo.
El sobre venía fatigado por el viaje, con esquinas blandas, marcas de tinta corrida y esa suciedad fina que adquieren las cartas cuando han pasado por demasiadas manos sin pertenecer a ninguna.
Anselmo lo vio sobre su mesa antes de sentarse.
Reconoció primero la letra de Frida en el envoltorio exterior; después, al abrirlo, la de Constanza en el sobre interior.
No hizo nada durante varios segundos. En una oficina donde todo tenía lugar, hora y registro, aquel papel se comportó como una persona entrando sin pedir permiso.
El puerto estaba despierto desde antes del alba.
Desde la ventana alta de la firma se veía una parte del Elba cubierta por una niebla baja, los mástiles, las chimeneas, los hombres que movían carga con la espalda inclinada y los carros que entraban y salían de las bodegas dejando barro oscuro sobre las piedras.
Hamburgo no descansaba para que un joven chileno leyera una carta.
Los sacos debían pesarse, las listas copiarse, los precios discutirse, los errores de traducción corregirse antes de que Markus los encontrara y los convirtiera en lección.
Sin embargo, Anselmo dejó todos los papeles a un lado y tomó el sobre de Constanza como se toma algo vivo.
Le pareció sentir, con una vergüenza absurda, olor a polvo de verano.
Sabía que no podía ser cierto. Las cartas no conservan la tierra de donde vienen.
O quizá sí, pensó, solo que de un modo que los hombres de oficina no saben registrar.
No la abrió allí. Ese primer acto de prudencia le costó más de lo razonable.
Guardó el sobre en el bolsillo interior, donde antes llevaba el pañuelo con el trigo, y se obligó a revisar las facturas de Valparaíso.
La letra de Markus apareció corregida en dos márgenes: humedad declarada, diferencia de peso, demora portuaria, revisar condiciones con Brandt.
La palabra Brandt, escrita por mano ajena, le produjo una molestia seca.
En Chile el apellido había pesado como casa, origen y deuda.
En Hamburgo pesaba como garantía que debía demostrar utilidad a diario.
Si en Los Robles había temido desaparecer en el viaje, allí empezó a temer otra cosa: quedarse convertido en firma al pie de un documento.
—Llegó correo de Chile —dijo Markus desde la puerta, sin saludo previo.
Anselmo levantó la vista. Markus Hartmann era un hombre de treinta y tantos años, alto, de barba recortada, ojos claros y una manera de ocupar las habitaciones como si llevara dentro una regla de medir invisible.
No era cruel en la forma grosera que habría facilitado odiarlo.
Era peor: eficiente, razonable y convencido de que la razón comercial limpiaba cualquier aspereza moral si se la expresaba con bastante orden.
—Sí —respondió Anselmo.
—Hay observaciones sobre el último lote. Los pesos no coinciden con lo anunciado en Concepción. Necesito que revise las copias chilenas antes de mediodía.
—Lo haré.
Markus miró el montón de sobres abiertos y luego el bolsillo donde Anselmo había guardado la carta. No dijo nada de inmediato. En esa pausa hubo más intromisión que en una pregunta.
—Las noticias personales pueden esperar —añadió.
Anselmo sintió que la mano se le cerraba sobre la pluma.
—Los sacos también esperaron meses para cruzar el mar y no se quejaron tanto.
Markus alzó una ceja. El castellano no era su lengua cómoda, pero lo entendía lo suficiente para reconocer el filo.
—Los sacos pagan cuentas.
—Las personas también, por lo visto.
La frase quedó sobre la mesa con demasiado peso. Markus no respondió con enojo visible. Eso le molestó más. Cerró la puerta detrás de sí, entró y tomó una de las facturas.
—No vine a discutir metáforas, Brandt. Su abuelo escribió una carta muy noble.
Mi padre la recibió con respeto. Ilse también, quizá más de lo conveniente.
Pero usted está aquí por una razón comercial.
Si va a sostener una casa en dos continentes, tendrá que aprender que la nostalgia no revisa embarques.
—Tampoco los entiende siempre.
—La nostalgia entiende demasiado poco y cobra demasiado caro.
Anselmo lo miró. Aquella frase, dicha por Markus, no sonaba a sabiduría sino a herramienta. Quiso contestar. No lo hizo. Había aprendido en esos meses que algunas discusiones con Markus no se ganaban con verdad, sino con resultados. Tomó las copias chilenas y las puso frente a sí.
—Tendrá las observaciones antes de mediodía.
Markus asintió. Al salir, dejó una frase en la puerta:
—Mi padre tuvo paciencia con las confusiones de 1899. Yo no administraré la firma como si las deudas antiguas fueran poesía familiar.
La puerta se cerró. Anselmo respiró hondo.
No era primera vez que Markus hablaba así.
Desde la llegada, el hijo de Heinrich había dejado claro que aceptaba la separación matrimonial formulada por Wilhelm, pero no estaba dispuesto a suavizar la obligación comercial.
En eso, al menos, era honesto. No quería a Anselmo como yerno impuesto.
Lo quería como prenda de confianza, empleado útil y puente que no fallara.
Una forma más limpia de usar a una persona seguía siendo uso, aunque viniera sin boda.
Trabajó hasta mediodía. Corrigió pesos, revisó marcas, comparó fechas, escribió dos notas en alemán torpe y una en castellano para Otto.
Descubrió, con una rabia amarga, que parte de las observaciones de Markus eran justas.
Un lote había sido declarado con menos humedad de la real; otro venía con diferencia de peso por merma en bodega; un intermediario en Valparaíso había añadido un cobro que no correspondía.
El comercio no se volvía injusto solo porque lo manejara Markus.
Esa constatación le molestó casi tanto como la carta sin leer.
El mundo insistía en no dar enemigos completos.
Cuando por fin pudo salir, no fue a su habitación.
Caminó hacia los muelles con el sobre en el bolsillo.
La niebla había levantado, pero el aire seguía frío y el río arrastraba un color de metal usado.
Se detuvo junto a una bodega donde descargaban sacos de café y abrió la carta de Constanza con cuidado, apoyado de espaldas a un muro.
No era un lugar íntimo. Tal vez por eso le pareció adecuado.
El galpón de trigo de Los Robles tampoco había sido una pieza de confidencias, sino un sitio de trabajo donde, por un rato, la verdad había encontrado dónde pararse.
Leyó despacio. Recibí su carta. Llegó con luz encima. Aquí el verano va aflojando. El granero occidental sigue firme. Rodrigo sigue viniendo. No le respondo por compasión. Dígaselo si corresponde. El trigo de aquí sigue guardado.
Al llegar a la frase sobre Rodrigo, sintió un golpe bajo, más físico que moral.
Lo esperaba. No por eso dolió menos. Rodrigo seguía viniendo.
La carta lo decía sin adorno, como se dice que el alero sigue firme o que Presentación escribe.
Eso era lo justo. Constanza no había escondido el cortejo.
No había usado la carta para construir una pieza cerrada entre ambos.
La honestidad, descubrió Anselmo, no siempre consuela.
A veces solo impide que uno se mienta con comodidad.
Volvió al comienzo y leyó otra vez. La letra de Constanza era clara, sin exceso de curvas, con algunas palabras más apretadas que otras, como si hubiera pensado demasiado justo allí donde quería sonar tranquila.
Sonrió apenas al encontrar la frase sobre la madera clara que también envejece si se le da trabajo.
Esa sí era de Los Robles: sencilla, de casa, de tabla y tiempo.
La guardó en la memoria con más cuidado que cualquier declaración.
—No parece carta de negocios —dijo Ilse detrás de él.
Anselmo se sobresaltó. Ella venía desde la bodega contigua, con un libro de registro bajo el brazo y el sombrero sujeto contra el viento. No se acercó demasiado. Había aprendido, igual que él, que la distancia puede ser una forma de educación cuando los demás han querido usar la cercanía.
—No lo es.
—Entonces el puerto es mal sitio para leerla.
—En esta ciudad todos los sitios parecen del puerto.
Ilse miró alrededor: los carros, los hombres, las cadenas, las gaviotas, el río.
—Tiene razón. Hamburgo no sabe cerrar la puerta al comercio.
Anselmo dobló la carta, pero no la guardó de inmediato. Ilse notó el gesto y apartó la vista. Esa delicadeza, repetida tantas veces, empezaba a ser entre ellos una forma de amistad sin nombre.
—¿Llegaron buenas noticias? —preguntó ella.
—Llegaron noticias verdaderas.
—Eso no siempre es bueno.
—No.
Ilse apoyó el libro de registro contra el muro y se ajustó los guantes.
Había en ella un cansancio parecido al de las mujeres de campo después de una jornada larga, aunque sus manos fueran de tinta y no de harina.
Anselmo empezó a entender que una casa comercial también podía exigir cuerpo, paciencia y orgullo tragado, solo que lo hacía entre paredes limpias.
—Markus lo molestó esta mañana —dijo ella.
—Markus respira molestia por deber.
—Es su forma de sentirse necesario.
—Lo defiende poco.
—No lo defiendo. Lo conozco. Son cosas distintas.
Anselmo guardó la carta en el bolsillo. El viento del río le pegó en la cara.
Se dio cuenta de que deseaba hablar de Constanza y no tenía derecho a convertir a Ilse en recipiente de esa nostalgia.
También entendió que callar por completo sería tratarla como figura decorativa, no como persona que estaba allí, dentro de la misma madeja.
—La señorita Zúñiga me escribió —dijo.
Ilse asintió.
—La del trigo.
—Sí.
—¿Y eso lo alegra o lo complica?
—Las dos cosas.