Capítulo 19 Las visitas de los jueves #3
—En Las Higueras también sabemos curar una astilla.
—Parece que allá saben dejarla vivir cómoda.
Amparo, que había entrado atraída por la posibilidad de sangre, declaró que Rosa debía curar a todos los hombres del pueblo para mejorar el carácter general.
Rodrigo, pese al dolor, se rió. Ese momento doméstico hizo más por su cortejo que muchas conversaciones bajo el nogal.
Lo volvió parte de la casa sin ceremonia.
Una mano herida, una reprimenda de cocina, un paño limpio.
Cosas pequeñas que ninguna madre podría anotar como avance formal y que, sin embargo, avanzaban.
Más tarde, cuando caminaron hasta el corredor porque la lluvia no permitía patio, Constanza le preguntó si el cerco de Las Higueras estaba ya firme.
—Firme, no. Puesto de pie, que es distinto.
—Los Robles conoce esa diferencia.
—Todas las casas la conocen. Algunas lo dicen y otras cobran entrada para mostrar que no.
La frase tenía humor, pero venía de un cansancio real. Rodrigo miró la lluvia caer desde el alero. La mano vendada descansaba contra el sombrero.
—Esta semana me enojé con mi casa —dijo.
—¿Con la casa?
—Con Las Higueras. Con los cercos, los animales, las goteras, los hombres que preguntan todo a la vez, los muertos que uno respeta pero igual dejan obligaciones, y conmigo por querer venir acá cuando allá faltaban manos.
Constanza guardó silencio. Rodrigo no solía quejarse. Por eso debía escucharlo sin convertir su cansancio en novedad elegante.
—¿Y vino igual? —preguntó.
—Vine cuando pude. Después de arreglar lo que no podía esperar.
—Eso no es falta.
—No. Pero muestra algo que usted debería saber. Yo también puedo dividirme mal. No soy solo hombre disponible. A veces voy a estar enojado, con barro, con una casa que tira de mí y con ganas de que las cosas sean más sencillas de lo que son.
—No esperaba que fuera sencillo.
—Quizá no. Pero sí ha esperado que yo sepa portarme mejor que todos. Y no siempre voy a saber.
Constanza miró la venda en su mano. El Rodrigo herido, cansado y algo áspero era menos cómodo que el pretendiente correcto.
También más verdadero. Pensó en lo que Presentación había dicho: todos llegamos con casa llena.
Rodrigo no solo traía Las Higueras como refugio; traía sus cercos caídos, su esposa muerta, sus peones, su orgullo, su cansancio, su manera de mandar y de pedir perdón tarde, pero pedirlo.
—Entonces tendremos que hablar cuando no sepa —dijo.
Él volvió hacia ella.
—¿Tendremos?
Constanza notó demasiado tarde la palabra que había usado. Podía corregirla. Podía decir “uno tendría”, “habría que”, cualquier forma menos comprometida. No lo hizo.
—Si sigue viniendo los jueves, sí.
Rodrigo la miró con una emoción contenida que no quiso volver grande.
—Seguiré viniendo mientras usted me deje.
—Y mientras Las Higueras no se lo lleve entero.
—Las Higueras tendrá que aprender a compartir un poco.
—No le prometa demasiado a una casa. Después cobran.
—Eso ya lo aprendimos todos, parece.
La lluvia llenó el silencio. No hubo declaración.
No hacía falta. Algo había cambiado, no hacia una decisión definitiva, sino hacia una posibilidad menos abstracta.
Rodrigo ya no era solo el hombre bueno que podía recibirla si ella renunciaba a una espera.
Era alguien con quien una frase podía empezar a conjugarse en plural sin que sonara completamente falsa.
Esa noche, cuando él se fue, Constanza subió a su pieza y abrió el cajón de los tres granos de trigo.
Junto a ellos, sin haberlo pensado mucho, dejó la pequeña nota de Rodrigo sobre la crecida: “No se preocupe; no es desgracia, solo trabajo.” La puso doblada, no escondida.
Después se quedó mirando ambos objetos: trigo de una despedida y papel de una ausencia cercana.
Eran cosas distintas. No competían del mismo modo que los hombres tampoco debían competir como figuras de novela.
Una venía del mar; la otra del barro próximo.
Una hablaba de no desaparecer; la otra, de volver cuando el trabajo dejara.
Abajo, Fernando y Mercedes discutían en voz baja sobre el alero, los sacos y una carta de Presentación.
Rosa apagaba la cocina. Amparo reía por algo que Josefina intentaba negar.
Los Robles seguía haciendo ruido de casa viva.
Constanza cerró el cajón con cuidado. No sabía aún qué elegiría ni cuándo tendría derecho a decir que había elegido.
Pero aquella noche comprendió algo que no le gustó y la alivió a la vez: vivir el día no era traicionar una carta.
Y escribir una carta no era dejar de vivir el día.
En Hamburgo, la respuesta aún no llegaba.
En Las Higueras, un cerco recién levantado resistía la humedad con torpeza.
En Los Robles, los jueves empezaban a parecer menos una visita y más una prueba lenta, de esas que no preguntan con palabras grandes, sino con barro en las botas, una mano vendada, una mesa a la vista de todos y la paciencia difícil de volver la próxima semana.