Capítulo 19 Las visitas de los jueves #2
Constanza miró el camino. A lo lejos, dos peones movían una carreta vacía. La tarde tenía ese color de abril en que la luz parece empezar a guardar sus cosas temprano.
—A veces pienso que usted merece una mujer menos complicada —dijo.
—Eso lo dice como si las mujeres simples anduvieran sueltas esperando hombre en los caminos.
—No me burle.
—No me burlo. Le digo que no pida perdón por tener una vida adentro.
Yo también tengo la mía. Mi difunta esposa sigue en Las Higueras más de lo que algunos creen conveniente.
Mis muertos no se fueron porque yo haya empezado a venir los jueves.
Todos llegamos con casa llena, Constanza.
El asunto es ver si queda mesa para otro sin echar a patadas lo que ya estaba.
La frase no era de salón. Le faltaban adornos y le sobraba verdad.
Constanza sintió que, por primera vez, Rodrigo ponía a su esposa muerta en la conversación no como recuerdo noble, sino como presencia real que también podía estorbar, acompañar o medir.
Eso igualaba un poco las cosas. Ella no era la única con fantasmas.
—¿Y queda mesa? —preguntó.
Rodrigo miró hacia Los Robles, hacia la puerta de la cocina, hacia la silla donde Mercedes fingía coser.
—En mi casa, sí. No sé en la suya.
La respuesta no pidió más. Quizá por eso pesó tanto.
Presentación llegó de visita la semana siguiente, una mañana de viento claro, con Tomás y una canasta de membrillos de doña Inés.
Venía más delgada o quizá más despierta, con el rostro de quien ha aprendido ya que una casa nueva no es postal sino suma de hábitos ajenos: dónde se guarda la harina, quién abre primero la puerta, qué silla cruje, qué silencio pertenece al marido y cuál a la suegra.
Mercedes la recibió con una emoción tan grande que tuvo que disimularla criticando el chal.
Fernando la abrazó más tiempo que de costumbre.
Josefina y Amparo la rodearon como si hubiera vuelto de una expedición y no de una casa a menos de una hora.
Rosa tomó la canasta, miró los membrillos y dijo que al menos doña Inés sabía mandar fruta decente.
Tomás se quedó con Fernando en el patio, hablando de siembras y de un pequeño terreno que su familia quería mejorar.
Presentación subió con Constanza a la pieza que había dejado.
Durante un rato miró la cama, el baúl, la ventana, los objetos que ya no eran suyos del mismo modo. Luego se sentó y soltó una risa suave.
—Una cree que al casarse la casa de antes se vuelve recuerdo. Pero sigue aquí, muy mal educada.
—¿Te pesa volver?
—Un poco. Me pesa irme también. No es desgracia. Es acomodo.
Constanza cerró la puerta. Presentación la observó con esa calma de hermana mayor que no necesitaba permiso para ver demasiado.
—Me escribió Anselmo —dijo Constanza.
—Lo imaginé.
—Le respondí.
—También.
—¿Todos lo imaginan todo en esta familia ahora?
Presentación sonrió.
—Antes también. Solo que fingíamos peor.
Constanza se sentó junto a la ventana. No había contado la carta completa a nadie.
A Mercedes le había dicho lo justo; a Rosa, casi nada; a Rodrigo, lo necesario.
Con Presentación era distinto. Su hermana no tenía el impulso de ordenar, ni el de salvar, ni el de juzgar rápido.
Sabía escuchar como quien sostiene una madeja sin tirar de ella.
—Rodrigo lo sabe —dijo Constanza.
—¿Y sigue viniendo?
—Sí.
—Entonces no es tonto.
—Esa no era la conclusión esperada.
—Si siguiera sin saber, podría ser tonto o engañado. Si sigue sabiendo, está eligiendo. Es distinto.
Constanza miró a su hermana. El matrimonio no la había vuelto más simple. La había vuelto más exacta.
—Me da miedo hacerle daño.
—Ya se lo estás haciendo un poco.
La frase cayó sin crueldad, por eso dolió más.
—Gracias por la delicadeza.
—No te sirve que te trate como enferma. Rodrigo te quiere, o va camino de quererte de una manera muy seria. Y tú tienes parte del corazón mirando a Hamburgo. Eso duele aunque todos se porten bien.
Constanza bajó la vista. Presentación tomó una hebra suelta del cubrecama y la enrolló en un dedo.
—Pero hacerle daño no es lo mismo que usarlo —añadió—. Si le hablas claro, si no le prometes lo que no tienes y si no lo retienes solo para sentir suelo bajo los pies, entonces él también tendrá que cargar su parte de la elección.
—¿Y si el suelo bajo los pies empieza a importarme?
Presentación la miró con ternura.
—Entonces no lo desprecies por no ser incendio. Una casa necesita fuego, sí, pero no en todas las piezas.
Constanza soltó una risa breve, casi con lágrimas.
—Te casaste y empezaste a hablar como Rosa.
—Eso es lo mejor que me han dicho desde la boda.
Abajo, Amparo llamó a gritos porque Tomás había prometido mostrarle cómo se injertaba un árbol y ella consideraba que esa enseñanza podía tener aplicaciones peligrosas. Presentación se levantó, pero antes de abrir la puerta volvió hacia Constanza.
—No confundas escribir con esperar. Y no confundas recibir visitas con elegir. Todavía estás en medio. Lo importante es no hacer del medio una casa permanente.
Constanza se quedó sola unos minutos después de que su hermana bajó.
La frase le molestó porque era buena. No hacer del medio una casa permanente.
Había vivido meses en ese sitio, entre carta y visita, entre trigo y mar, entre Rodrigo y Anselmo, entre las cuentas de Fernando y las estrategias de Mercedes.
Quizá no podía salir todavía. Pero empezaba a entender que quedarse allí por miedo también era una decisión.
La visita de Presentación dejó en Los Robles una alegría más reposada que la de la boda.
Tomás trabajó una tarde con Fernando y don Eulogio, no para demostrar nada, sino porque le gustaba aprender de la tierra de su mujer.
Mercedes notó ese detalle y lo guardó como quien guarda una moneda buena.
Al despedirse, Presentación abrazó a Constanza junto al coche y le habló al oído:
—Cuando llegue otra carta, no la leas como sentencia.
—¿Y cómo se lee una carta de Hamburgo?
—Como carta no más. Papel con tinta. El resto se lo ponemos nosotras.
La respuesta fue tan sencilla que casi parecía injusta. Constanza vio partir a su hermana con menos desgarro que la primera vez. Presentación pertenecía ahora a otra casa, sí, pero no había desaparecido. Tal vez eso también era una enseñanza para otros nombres.
Mayo entró con lluvias cortas y tardes frías.
Rodrigo siguió viniendo los jueves, aunque una semana faltó por crecida en Las Higueras.
Esa ausencia, que él anunció con una nota breve para Fernando y otra línea para Constanza, la inquietó más de lo que quiso admitir.
La línea decía: “No iré hoy. El agua se llevó parte del cerco bajo. No se preocupe; no es desgracia, solo trabajo.” Constanza leyó la nota dos veces.
No era una carta de amor. No pretendía serlo.
Pero la frase “no se preocupe” revelaba que Rodrigo sabía que ella podía preocuparse.
Y se preocupó. Esa noche, mientras llovía, pensó en Las Higueras con una claridad nueva: no como posibilidad abstracta, sino como casa donde un hombre estaba moviendo animales bajo el agua, cansado, quizá con mal genio, quizá mojado hasta los huesos.
Ese pensamiento no tenía el filo de Hamburgo. Tenía peso de barro cercano.
Cuando Rodrigo volvió el jueves siguiente, traía una herida pequeña en la mano y peor humor del que intentaba admitir. Rosa le vio el vendaje antes que nadie.
—Eso está mal lavado —dijo.
—Está lavado.
—Dije mal lavado, no sucio como conciencia de prestamista.
Rodrigo obedeció antes de que Constanza pudiera intervenir.
Rosa lo sentó en la cocina, le quitó el paño, limpió la herida con agua caliente y aguardiente, y lo reprendió por trabajar con una astilla clavada como si la piel fuera cuero de montura.
Rodrigo apretó la mandíbula, pero no se quejó.
Mercedes, desde la puerta, observaba con una satisfacción que probablemente no tenía derecho a sentir.
Constanza, en cambio, sintió una ternura inesperada al ver a Rodrigo sentado en la cocina de Los Robles, con la mano en manos de Rosa, menos dueño de fundo que hombre cansado.
—No hacía falta tanto escándalo —dijo él.
—El escándalo es cuando la mano se pudre —respondió Rosa—. Esto es prevención.