Capítulo 19 Las visitas de los jueves
Las visitas de los jueves siguieron llegando a Los Robles con una puntualidad que al principio tranquilizó a Mercedes y después empezó a inquietarla, porque hasta las cosas buenas, cuando se repiten mucho, terminan pidiendo explicación.
Rodrigo no venía con aires de dueño ni con prisa de novio aceptado.
Llegaba a media tarde, dejaba el caballo junto al corredor, saludaba a Fernando si estaba en la casa, preguntaba por Mercedes con respeto, aceptaba agua antes que chocolate si el calor apretaba y encontraba siempre un asunto de campo que justificara su presencia sin convertirla en excusa pobre.
Una semana traía noticias de la acequia del bajo; otra, un comentario sobre el precio de la harina; otra, una herramienta prestada a don Eulogio; otra, una respuesta de doña Elvira sobre mantas, remedios o alguna familia que había quedado fuera de las listas.
Si alguien hubiera querido acusarlo de insistente, habría tenido que hacerlo contra un hombre que hablaba de barro, tablas y cuentas con más frecuencia que de sí mismo.
Eso lo hacía más difícil de rechazar y menos fácil de querer con simple gratitud.
Constanza lo recibía bajo el nogal o en el corredor, según el clima y la vigilancia disponible.
Desde la llegada del sobre de Hamburgo, algo había cambiado entre ellos, no de forma visible para el pueblo, pero sí para quienes sabían mirar en las pausas.
Rodrigo seguía correcto, pero ya no parecía hecho de una paciencia sin grietas.
A veces se le iba la mirada hacia el bolsillo donde ella guardaba las cartas, aunque no preguntara si había llegado otra.
A veces respondía con una sequedad breve cuando el nombre de los Brandt pasaba por la mesa, y luego corregía el tono con una cortesía que no alcanzaba a borrar la primera reacción.
Constanza, que lo había considerado demasiado firme para sufrir como los demás, empezó a verlo cansado de su propia decencia.
Ese cansancio no lo empequeñecía. Al contrario, le daba una humanidad que ella debió reconocer antes.
La primera carta de respuesta salió hacia la casa Brandt por manos de Karl y luego tomó el camino largo hacia Valparaíso, Panamá, el Atlántico y Hamburgo.
Después de entregarla, Constanza pensó que sentiría alivio.
No fue así. Una carta enviada se parece a un pájaro solo en los libros; en la vida de una casa es más bien como una cuenta que salió del cajón y ahora anda por los caminos, expuesta al polvo, al agua y a la lectura de otros.
Durante varios días se preguntó si había escrito demasiado, poco o lo justo.
Al final se cansó de medirse. Rosa, que la encontró una mañana mirando el cajón donde guardaba los tres granos de trigo, le dijo sin pedir permiso:
—Mijita, si una va a arrepentirse de todo lo que escribe, mejor aprende a no tener mano.
—No me arrepiento.
—Entonces no lo mastique como pan duro.
La frase fue más útil que cualquier consejo de salón. Constanza cerró el cajón y bajó a ayudar con unas mantas destinadas al bajo. Allí, entre ropa usada, costuras rotas y olor a jabón, la carta se acomodó un poco en su sitio. No dejaba de existir. Pero tampoco podía ocupar toda la casa.
En abril, las labores se volvieron más ásperas.
Había que limpiar acequias antes de las primeras lluvias fuertes, revisar cercos, preparar leña y decidir qué parte del trigo se guardaría y cuál se vendería antes de que el precio bajara más.
Fernando ya no escondía esas conversaciones como antes.
A veces llamaba a Mercedes al escritorio; otras pedía a don Eulogio que hablara delante de ella sin suavizar cifras.
La primera vez, Mercedes escuchó con los brazos cruzados y una expresión tan severa que el administrador terminó tratándola como a otro patrón.
Después se acostumbraron los tres. No era igualdad plena, palabra que ninguno habría usado ni entendido de esa manera, pero sí una puerta abierta en una habitación donde antes solo entraban hombres, papeles y vergüenza.
—Si vendemos ahora, patrón, vendemos bajo —dijo don Eulogio una tarde, con la libreta apoyada sobre la mesa del corredor—. Si guardamos, hay que cuidar la humedad y rezar para que el camino no se corte cuando toque mover.
—Rezar es barato —dijo Mercedes.
—Sí, patrona, pero no seca sacos.
Fernando soltó una risa breve. Mercedes miró a don Eulogio como si acabara de aprobarlo para un cargo que él no había solicitado.
—Entonces no pongamos toda la esperanza en los santos —dijo ella—. ¿Cuánto cuesta reforzar el alero del galpón chico?
Don Eulogio le dio la cifra. Mercedes no pestañeó.
Constanza, desde el otro extremo del corredor, entendió que esa nueva forma de hablar de cuentas no salvaba a Los Robles, pero cambiaba algo más hondo: la ruina dejaba de ser un secreto masculino y se volvía trabajo de casa.
Eso no era justo del todo, porque Mercedes ya había trabajado siempre contra el miedo.
Pero ahora el miedo tenía nombre, cifra y lugar sobre la mesa.
Rodrigo llegó ese jueves mientras discutían el alero.
Traía las botas llenas de polvo y una camisa de trabajo bajo la chaqueta, señal de que venía de revisar un potrero y no de posar ante señoras.
Saludó, escuchó el problema, pidió ver el galpón chico y se inclinó a revisar la madera sin esperar que nadie le entregara autoridad.
Don Eulogio lo acompañó con cierta reserva inicial que se fue aflojando a medida que ambos hablaban de tablas, pendientes y clavos.
Fernando observaba. Mercedes también. Constanza se quedó junto a la puerta, con la sensación de que la visita de cortejo se había convertido otra vez en jornada de campo.
—Esto puede esperar dos semanas —dijo Rodrigo al fin—, pero no un mes si el tiempo se viene feo.
—Todo en esta casa puede esperar dos semanas y casi nada puede esperar un mes —respondió Fernando.
Rodrigo miró la madera.
—Entonces pongamos manos antes de que el cielo decida por nosotros.
No fue una frase brillante. Fue mejor que eso. Era una frase que podía usarse. Constanza lo oyó y recordó una de las reglas nuevas que había decidido guardar para sí: lo verdadero no siempre llega con filo; a veces llega como tabla, clavo o aviso de lluvia.
Después del recorrido, Rodrigo y Constanza caminaron bajo el nogal.
Mercedes se quedó en la sala cosiendo, pero con la silla orientada de tal modo que nada importante escapara del todo.
Fernando se retiró al escritorio con don Eulogio.
Rosa iba y venía de la cocina, usando el pan como argumento para aparecer cada cierto tiempo.
Aquella vigilancia, que antes habría enfurecido a Constanza, le pareció casi amable.
Nadie fingía inocencia. Todos sabían que Rodrigo la cortejaba, que Hamburgo escribía, que una respuesta había salido y que la vida, por alguna mala maña, no se ordenaba al gusto de una madre ni al deseo de una hija.
Rodrigo se detuvo junto a la mesa y pasó una mano por la madera. El nogal ya empezaba a perder hojas. La sombra era menos espesa que en verano.
—Me quedé pensando en lo que le dije la otra vez —dijo.
—Me dice varias cosas. Tendrá que escoger.
—En que no soy de palo.
Constanza miró hacia el patio.
—Fue una frase justa.
—Fue una frase picada.
—También.
Rodrigo aceptó la corrección con un movimiento breve de la cabeza. Parecía haber llegado decidido a hablar y molesto por necesitarlo.
—No quiero que mi molestia la haga sentir como si hubiera cometido falta por recibir una carta. No la cometió.
—Eso ya lo dijo.
—No. Dije algo parecido con mejor cara. Ahora lo digo porque me costó más de lo que pensé. Cuando supe que usted respondió, me fui a revisar un cerco que no necesitaba tanta revisión y terminé retando a un peón por una tontera. El pobre hombre no tenía culpa de Hamburgo ni de mí.
Constanza se volvió hacia él. No había orgullo en esa confesión. Había vergüenza común, de esas que huelen a trabajo mal descargado.
—¿Le pidió disculpas?
—Sí. Y me miró como si fuera yo el enfermo, lo cual tal vez no estaba lejos.
—Eso habla bien de usted.
—No tanto. Habría hablado mejor no retarlo.
La respuesta le gustó más que la disculpa. Rodrigo no intentaba convertir su falta en virtud. La dejaba ahí, con el barro de la cosa hecha.
—Gracias por contármelo —dijo Constanza.
—No lo cuento para que me agradezca. Lo cuento para que no me ponga en un altar que después usted misma tenga que romper a pedradas.
La frase fue más áspera que las habituales.
Rodrigo pareció notarlo, pero no la retiró.
Constanza sintió que el cortejo avanzaba, por fin, hacia un terreno menos cómodo y más verdadero.
Él no era solo el hombre bueno de Las Higueras.
Era también un viudo con orgullo, un propietario acostumbrado a mandar, un hombre que podía sentirse desplazado por un papel llegado de otro continente y descargar mal su enojo si no estaba atento.
Eso no lo hacía indigno. Lo hacía posible.
—No quiero ponerlo en ningún altar —respondió ella—. Ya hay suficientes santos mal administrados en la parroquia.
Rodrigo soltó una risa baja. El aire se aflojó un poco.
—Eso tranquilizará al padre Anacleto.
—No estoy segura. Creo que le gusta administrar santos ajenos.
Caminaron unos pasos. La conversación se volvió menos pesada.
Hablaron del alero, de Dominga, de la acequia, de un ternero que había nacido en Las Higueras con una mancha blanca en la frente y que Amparo, al saberlo, probablemente intentaría bautizar sin permiso.
Sin embargo, bajo esas palabras corría el asunto principal.
Constanza lo sentía. Rodrigo también. Al llegar al límite del patio, él se detuvo.
—¿Usted espera otra carta? —preguntó.
La pregunta no fue acusación. Tampoco simple curiosidad.
—No sé —dijo ella.
—Esa respuesta sirve para demasiadas cosas.
—Es la que tengo.
—Bien.
—¿Bien?
—Sí. Prefiero no saber a que me diga no para hacerme dormir tranquilo.