El peso de la tierra Capítulo 18 El sobre de Hamburgo #3
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Capítulo 18 El sobre de Hamburgo #3

—No deje que una carta le quite el sueño que necesita para vivir el día. Si se lo quita igual, por lo menos no finja que durmió.

Constanza no respondió. A veces, pensó, Rodrigo acertaba demasiado cuando dejaba de intentar ser perfectamente correcto.

Esa noche, después de la cena, Constanza llevó papel a la sala.

No a su pieza. Mercedes la vio hacerlo y no dijo nada.

Fernando estaba junto a la ventana, revisando unas cuentas con una expresión menos cerrada que un año atrás.

Josefina y Amparo jugaban a algo en el suelo, con reglas que cambiaban cada vez que una de las dos perdía.

Rosa entraba y salía con tazas. La casa no era silenciosa ni íntima.

Precisamente por eso, Constanza pudo sentarse a escribir sin sentir que el acto se volvía secreto.

La primera línea le salió demasiado formal. La segunda, demasiado fría. Rompió una hoja, luego otra. Amparo levantó la vista.

—¿Está escribiendo una carta difícil?

—Estoy intentando escribir una carta que no sea tonta.

—Eso debe ser más difícil que escribir una carta difícil.

Josefina le dio un codazo para callarla, pero Fernando sonrió apenas detrás de las cuentas. Mercedes no intervino. Constanza tomó una hoja nueva.

Escribió:

Señor Brandt:

Recibí su carta. Llegó con luz encima, como pidió su madre, y eso se agradece más de lo que parece.

Me alegra saber que llegó bien. No diré que me alegra Hamburgo, porque no conozco esa ciudad y porque, por lo que cuenta, no parece hecha para alegrarse rápido.

Aquí el verano va aflojando. La trilla dejó polvo en sitios donde Rosa dice que el polvo no tiene permiso de entrar.

El granero occidental sigue firme. Las tablas nuevas todavía se notan demasiado, pero don Eulogio dice que la madera clara también envejece si se le da trabajo.

Presentación escribe seguido. Tomás añade posdatas muy correctas.

Mi madre finge que eso no la enternece. Mi padre habla más de cuentas que antes, lo cual no hace las cuentas mejores, pero sí menos fantasmas.

Rodrigo sigue viniendo. Le digo esto porque sería más cómodo no escribirlo, y lo cómodo no siempre sale limpio.

No le respondo por compasión. Tampoco por promesa. Le respondo porque usted escribió algo verdadero, aunque fuera pequeño, y porque dejarlo sin respuesta me habría parecido una forma de esconderme detrás de la prudencia.

Me alegra que la señorita Hartmann haya sido justa. Dígaselo si corresponde. Si no corresponde, guárdelo usted y trátela bien igual.

El trigo de aquí sigue guardado. El que llevó no tiene por qué servir para sembrar. A veces basta con que una cosa pequeña recuerde de dónde vino sin impedirle mirar dónde está.

C. Zúñiga

Dejó la pluma sobre la mesa. La carta no era perfecta. Tenía frases que quizá decían más de lo debido y otras que escondían por simple pudor. Pero no mentía. Eso, por aquella noche, le pareció trabajo suficiente.

Mercedes se acercó solo cuando la vio doblar el papel.

—¿La mandarás por Frida?

—Sí.

—Bien.

—¿No va a leerla?

Mercedes la miró como si la pregunta la ofendiera y la entristeciera a la vez.

—No. Si un día tengo que desconfiar de tu palabra, será mejor que me siente primero porque me va a faltar suelo.

Constanza bajó la vista. Ese tipo de confianza pesaba más que una vigilancia.

—Gracias —dijo.

—No me agradezcas todavía. Mañana puedo amanecer más madre que hoy y arrepentirme.

Fernando dobló sus cuentas.

—Déjala, Mercedes.

—La estoy dejando, hombre. No me apures, que hasta soltar tiene su maña.

Rosa, desde la puerta, soltó una risa baja.

La casa siguió con sus ruidos pequeños. La carta quedó sobre la mesa, sellada sin drama, esperando el camino hacia la casa Brandt y luego hacia el mar.

Constanza subió más tarde a su pieza y abrió el cajón donde guardaba los tres granos de trigo.

No los tocó. Solo comprobó que seguían allí.

Afuera, Los Robles estaba oscuro. El verano se retiraba despacio, dejando en el aire olor a polvo, pan y madera trabajada.

En Hamburgo, tal vez, Anselmo seguiría aprendiendo a nombrar el frío.

En Las Higueras, Rodrigo sabría que una carta había salido y tendría que decidir cada día si su dignidad era bastante fuerte para no volverse orgullo seco.

En la casa Brandt, Frida recibiría el sobre y sabría, antes de abrir la puerta al mensajero, que las mujeres de ambas casas habían empezado a custodiar algo que no era romance ni negocio, sino una verdad todavía chica, vulnerable como grano antes de siembra.

Constanza cerró el cajón. No había prometido esperar.

No había rechazado a Rodrigo. No había traicionado a nadie por escribir.

O eso quiso creer, con la modestia que conviene a las certezas recién nacidas.

La carta viajaría. Después, como todo lo que cruza mucha tierra y mucha agua, volvería cambiada o no volvería.

Por esa noche bastaba con haber escrito a la vista de la casa, sin esconder el sobre y sin pedirle al papel más de lo que un papel puede cargar.