El peso de la tierra Capítulo 18 El sobre de Hamburgo #2
24%

Capítulo 18 El sobre de Hamburgo #2

Rodrigo seguía visitando. No con la frecuencia de antes de la partida de Anselmo, sino con una prudencia que a veces parecía distancia y otras, respeto.

Había días en que Constanza agradecía esa medida, y días en que la irritaba porque la obligaba a admitir que él sabía leer mejor de lo que ella deseaba.

Traía noticias del bajo, alguna indicación sobre la acequia, un comentario del libro, una pregunta sobre Presentación.

Una tarde ayudó a Fernando a revisar un cerco sin que nadie se lo pidiera; otra, se quedó en la cocina escuchando a Rosa explicar por qué la harina de cierto molino “venía floja”, y no tuvo la soberbia de contradecirla.

De vez en cuando Constanza se sorprendía esperándolo.

No como se espera un golpe en la puerta que cambia la vida, sino como se espera una silla puesta en el sitio correcto.

Esa clase de espera también cuenta, aunque las novelas hablen menos de ella.

El sobre lo trajo Karl Brandt, no el cartero.

Llegó a media mañana, con el caballo sudado por el camino y una cesta de Frida para Rosa.

Mercedes estaba en la sala revisando ropa de las niñas; Fernando se hallaba en el pueblo con don Eulogio; Josefina y Amparo peleaban en el patio por una cinta que ninguna necesitaba.

Constanza salió al corredor al oír la voz de Karl.

El joven Brandt se quitó el sombrero y saludó con su franqueza habitual, pero sus ojos buscaron los de ella antes de entregar nada.

—Mi madre manda esto para doña Rosa —dijo primero, dejando la cesta sobre una banca—. Y esto para usted, señorita Constanza. Venía dentro del paquete de Hamburgo. Mi madre lo mandó cerrado, pero con una nota para doña Mercedes si hacía falta.

Mercedes apareció en la puerta antes de que Constanza pudiera responder.

No preguntó de inmediato. Miró el sobre, miró a Karl y luego a su hija.

En otro tiempo habría tomado el papel como quien toma un cuchillo.

Esa mañana, después de meses de cuentas habladas, cartas leídas y despedidas demasiado visibles, solo extendió la mano hacia Karl.

—¿Frida sabe lo que manda? —preguntó.

—Sí, doña Mercedes. Mi madre dijo que no venía escondido. Que si la señorita lo recibe, lo reciba con luz encima.

La frase era de Frida. Se notaba. Mercedes asintió despacio.

—Entonces pase a tomar agua antes de volverse. El camino está seco y los hombres jóvenes creen que por tener piernas no se cansan.

Karl sonrió, agradecido por no ser tratado como mensajero de tragedia.

Rosa apareció desde la cocina y se llevó la cesta de Frida con una mirada breve al sobre.

Constanza lo sostuvo entre los dedos, sintiendo que el papel era demasiado liviano para el ruido que hacía dentro de ella.

No estaba dirigido por la mano de Anselmo en el exterior, sino por la de Frida.

Eso, lejos de disminuirlo, lo volvía más serio.

La carta había cruzado madres antes de llegar a sus manos. Había aceptado luz.

—Puedes leerla en la sala —dijo Mercedes.

Constanza levantó la vista.

—¿Quiere sentarse a mi lado para contar las líneas?

—No seas injusta. Si quisiera contar, empezaría por tus gestos, que son más escandalosos que cualquier papel.

Karl bajó la mirada para no sonreír. Rosa, desde el corredor de la cocina, soltó un ruido que pudo ser tos o juicio. Mercedes respiró hondo y suavizó la voz.

—Léela donde quieras, pero no como si estuvieras robando algo. Las cosas que se leen a escondidas después piden pago.

Constanza no encontró réplica. Tomó la carta y salió al patio.

Se sentó en la mesa bajo el nogal, la misma mesa de tantas conversaciones, comidas, gotas de lluvia y silencios familiares.

La mañana era clara. El calor hacía subir olor de la tierra seca.

Desde la cocina llegaba el golpe de la masa; desde el patio, la risa de Amparo; desde la sala, la voz de Mercedes ofreciendo agua a Karl con una autoridad que disfrazaba emoción. Constanza rompió el sello con cuidado.

Leyó primero rápido, como quien teme que el contenido pueda cambiar si se demora.

Después volvió al comienzo y leyó despacio.

Llegué bien a Hamburgo. El mar no se parece al campo.

No le escribo para pedirle respuesta. Ilse ha sido considerada.

Conservo el trigo. Hamburgo es frío. No responda por compasión. A. Brandt.

No lloró. La carta no la empujó hacia el llanto, sino hacia una quietud más difícil.

Anselmo había cumplido la regla. No le pedía espera.

No cargaba el papel de sufrimiento. No convertía a Ilse en obstáculo.

No la llamaba por su nombre. No la olvidaba tampoco.

La carta era pobre, como él mismo decía, pero no en el sentido de falta.

Era pobre como el pan cuando no lleva adorno y alimenta igual.

Rosa salió un rato después con un paño en las manos y se quedó junto al corredor.

—¿Trae malas nuevas? —preguntó.

—No.

—Entonces trae de las otras.

—¿Cuáles son las otras?

—Las que no son malas, pero igual dejan a una con la boca seca.

Constanza dobló la carta.

—Llegó bien.

—Eso ya es harto para un hombre que cruzó tanta agua.

—Dice que hace frío.

—Allá será frío de ciudad. No es el mismo que se mete por las tablas.

—No sé.

—Usted no tiene por qué saber todo hoy, mijita.

La palabra salió baja, casi doméstica, y Constanza no la corrigió. Rosa volvió a la cocina sin preguntar por el resto. Ese respeto de cocina, más limpio que muchas delicadezas de sala, la dejó respirar.

Al mediodía, Mercedes pidió ver el sobre exterior, no la carta. Constanza se lo entregó. Su madre leyó el nombre de Frida, la nota breve, el modo en que se había cuidado la forma. Después devolvió el papel.

—¿Vas a contestar?

—No sé.

—Eso es una respuesta por ahora.

—Rodrigo viene mañana.

Mercedes cerró el costurero que tenía sobre las rodillas.

—Rodrigo no es dueño de tus cartas. Pero si alguna carta te empieza a gobernar, tampoco sería justo para él.

—No necesito que me lo recuerde como si fuera una deuda más.

—No te lo digo como deuda. Te lo digo como madre que ya ha visto cómo un papel puede quedarse viviendo en una casa más que una persona.

Constanza se quedó callada. Mercedes no había alzado la voz. Ese cambio, todavía nuevo, quitaba a la discusión su camino habitual. Cuando una madre no empuja, la hija debe pensar por sí misma, y eso resulta menos cómodo de lo que parece.

Rodrigo llegó al día siguiente con una bolsa de clavos para el granero y la noticia de que el bajo necesitaría limpiar una acequia antes de abril.

No preguntó por el sobre. Ese silencio duró hasta que caminaron bajo el nogal, a buena distancia de la casa, con Mercedes visible en la sala y Rosa pasando de la cocina al patio como si llevara pan y vigilancia al mismo tiempo.

Constanza había guardado la carta en el bolsillo interior del vestido.

Sentía el papel contra el cuerpo, no como culpa, sino como presencia.

—Llegó carta de Hamburgo —dijo ella al fin.

Rodrigo no fingió sorpresa.

—Me lo imaginé. Karl pasó ayer por Las Higueras de vuelta.

—No se lo dije por obligación.

—Me alegra.

—No parece alegrarle.

Rodrigo miró hacia el nogal, donde las hojas empezaban a perder algo del brillo del verano.

—No soy de palo, Constanza.

La frase, simple y casi áspera, la detuvo. Rodrigo rara vez dejaba ver una grieta. Esa vez no la escondió con cortesía.

—No esperaba que lo fuera —dijo ella.

—A veces me trata como si mi tranquilidad fuera una especie de mueble firme. Sirve, no se queja, queda bien contra la pared.

Constanza sintió el golpe con justicia. No tenía defensa limpia.

—Tiene razón.

—No quería tenerla.

Caminaron unos pasos más. Desde el granero llegó un golpe de martillo. Rodrigo llevaba el sombrero en la mano, no por galantería, sino porque el calor apretaba.

—Que él le escriba me pesa —dijo—. No voy a hacerme el santo. Pero me pesaría más que usted escondiera el sobre para que yo ande contento como tonto de patio.

—No quiero hacerlo andar como tonto de nada.

—Entonces no me cuide con mentiras chicas. Las mentiras chicas crecen rápido cuando encuentran buena tierra.

La frase tenía campo adentro. No sonaba a libro ni a salón. Constanza la recibió como una verdad más incómoda que cualquier fineza. Rodrigo se detuvo junto a la mesa bajo el nogal, apoyó una mano sobre la madera y la miró sin dureza.

—¿Le pidió que esperara?

—No.

—¿Le habló de la señorita Hartmann?

—Sí. Con respeto.

Rodrigo asintió. Pareció aliviarse y dolerse al mismo tiempo.

—Bien.

—¿Bien?

—Bien por ella. Bien por usted. Mal para mi vanidad, quizá, pero esa no necesita tanto cuidado.

Constanza casi sonrió, pero la sinceridad de él no lo permitía del todo.

—No sé si responderle.

—No responda por miedo a quedar mal conmigo. Tampoco responda por lástima de él. Responda si la mano le queda derecha escribiendo. Si no, deje el papel quieto.

—Usted habla como si fuera sencillo.

—No. Hablo como hombre que prefiere saber dónde está el barro antes de meter la rueda.

Esa vez sí sonrió un poco. Rodrigo también, aunque más cansado.

El cortejo no se quebró con aquella conversación.

Tampoco salió limpio. Quedó, más bien, más real.

Rodrigo había dejado de ser solo decencia impecable; era un hombre que podía sentirse herido y aun así escoger no volverse mezquino.

Esa humanidad, con su orgullo y su cuidado mezclados, lo hacía menos cómodo y más digno de respuesta.

—Gracias por decirme que le pesa —dijo Constanza.

—No se agradece tanto. Podría volverme mañoso si me celebran las incomodidades.

—Lo vigilaré.

—Eso sí lo creo.

Al despedirse, Rodrigo no le pidió promesa alguna ni cambió la forma de su visita siguiente. Pero al tomar el caballo, antes de montar, le dijo algo que ella guardó más de lo que esperaba: