Capítulo 16 La boda de Presentación #4
—Lo haré.
La pieza terminó antes de que la emoción encontrara una forma indecorosa.
Anselmo la soltó de inmediato, como correspondía, y ambos inclinaron la cabeza.
No hubo más. Pero cuando Constanza volvió hacia la mesa, el patio parecía distinto.
Rodrigo la esperaba a cierta distancia. Ella se acercó sin saber qué rostro llevaba.
Él no preguntó por el baile. Le ofreció una taza de agua.
—Gracias —dijo ella.
—De nada.
La simplicidad del gesto casi la quebró. Rodrigo había visto suficiente para sentirse herido. Había elegido darle agua. Esa era una forma de bondad que podía volverse insoportable si una no estaba dispuesta a merecerla.
La tarde avanzó hacia una luz dorada. Presentación cambió el velo por un chal; Tomás no dejó de mirarla como si el matrimonio recién pronunciado siguiera sorprendiéndolo cada vez que ella se movía.
Mercedes, agotada y feliz, permitió que doña Elvira dirigiera el reparto de dulces.
Fernando bebió una copa pequeña con Otto y Rodrigo, conversación breve donde nadie mencionó a Molina, Hartmann ni Hamburgo, pero todos parecieron agradecer que por una hora esos nombres no presidieran la mesa.
Frida se sentó junto a Rosa y Dominga en la cocina durante un momento que habría escandalizado a alguna señora más rígida; ninguna de las tres pareció interesada en la opinión de la rigidez.
Karl hizo reír a Amparo con una historia sobre un caballo alemán que probablemente no existía.
La casa, por unas horas, estuvo viva sin pedir disculpas.
Al caer la tarde llegó la despedida de la novia.
Ese momento, que Mercedes había administrado mentalmente durante semanas, la encontró sin autoridad alguna.
Presentación subió a la carreta adornada con ramas verdes y cintas discretas.
Tomás la ayudó a acomodarse con cuidado.
Doña Inés la esperaba en la casa Rioseco; Los Robles quedaría detrás.
Josefina lloró sin disimulo. Amparo abrazó a su hermana con una fuerza que casi arruinó el peinado final.
Fernando besó la frente de Presentación y le dijo algo que nadie oyó.
Mercedes, al abrazarla, no habló. Eso fue lo que terminó de conmover a todos.
La mujer que había tenido frases para cada etapa de la vida no encontró ninguna para la salida de su primera hija.
Constanza abrazó a Presentación al final.
—Escribe —dijo, porque pedir otra cosa habría sido demasiado.
—Voy a estar a menos de una hora, no en Francia.
—Igual escribe.
Presentación sonrió y le susurró al oído:
—No confundas dolor con destino.
Luego subió. La carreta avanzó despacio entre saludos, arroz que alguien consiguió de manera misteriosa y pétalos secos que Amparo arrojó con exceso de entusiasmo.
Tomás miraba a Presentación como si el camino hasta su casa fuera ya un territorio nuevo construido por ambos.
Constanza los vio alejarse hasta que la curva del camino los ocultó.
Sintió entonces, por primera vez, que Los Robles cambiaba de verdad.
No por las deudas, ni por los hombres, ni por los papeles, sino porque una silla quedaría vacía esa noche y nadie podría ocuparla sin mentir.
Los invitados comenzaron a irse poco después. Rodrigo permaneció hasta ayudar a Fernando con unas mesas y asegurarse de que doña Elvira no intentara llevarse por error una fuente que no era suya. Antes de despedirse, se acercó a Constanza bajo el corredor.
—No volveré el jueves —dijo.
Ella lo miró, sorprendida.
—¿Por qué?
—Porque su hermana acaba de irse, su casa necesita respirar y usted también. Vendré el domingo si su padre lo permite. O después.
Constanza sintió una gratitud dolorosa. Rodrigo sabía cuándo retirarse. Esa era otra forma de presencia.
—Gracias —dijo.
—No quiero que mi cortejo se parezca a una ocupación.
—No se parece.
—Me alegra. Pero aun así conviene dejar puertas abiertas desde fuera, no solo desde dentro.
La frase habría podido pertenecer a Fernando, o a Mercedes en una versión menos militar, o a alguna mujer vieja que conociera casas y encierros. Constanza lo miró con una seriedad nueva.
—Rodrigo, yo no sé todavía qué puedo darle.
—Lo sé.
—No quiero hacerle daño.
—Eso ya me lo dijo una vez. Le creí entonces y le creo ahora.
—Creerme no lo protege.
—No. Pero me permite decidir con los ojos abiertos.
Ahí estaba, otra vez, su dignidad. No ciega, no resignada, no ingenua. Rodrigo no era un hombre usado sin saberlo. Elegía permanecer, sabiendo que había en ella un lugar no resuelto. Esa elección lo volvía menos víctima y más peligroso para su conciencia. Constanza bajó la vista.
—El domingo, entonces —dijo.
—El domingo.
Rodrigo se despidió de la familia y partió hacia Las Higueras cuando el sol ya tocaba los cercos.
Anselmo se fue poco después con Otto, Frida y Karl.
No se acercó de nuevo a Constanza. Ella lo agradeció y lo lamentó.
Desde el corredor, lo vio montar. Antes de tomar el camino, Anselmo volvió el rostro hacia Los Robles.
No hacia ella de manera evidente; hacia la casa entera, el nogal, la mesa, el granero, la tierra húmeda, la silla vacía de Presentación, quizá todo lo que estaba a punto de dejar. Luego se fue.
Esa noche, Los Robles quedó cubierto por el desorden cansado de la alegría.
Platos apilados, migas sobre la mesa, flores caídas, una cinta olvidada en una silla, barro seco junto al corredor, risas residuales en las paredes.
Rosa y Dominga se negaron a que Mercedes recogiera nada más.
Fernando se sentó bajo el nogal con la chaqueta abierta y una copa sin beber.
Mercedes, por primera vez en semanas, no dio instrucciones.
Solo se sentó a su lado. Constanza los vio desde la puerta.
No parecían victoriosos ni derrotados. Parecían padres después de entregar a una hija sin perderla del todo.
Subió a la pieza que había compartido tantos años con las voces de sus hermanas al otro lado de la pared.
Presentación ya no dormiría allí. Ese vacío modesto la alcanzó con más fuerza que la misa.
Sobre la mesa estaban los dos libros: Balzac y el volumen de Rodrigo.
Constanza los miró como quien mira dos testigos incapaces de absolverla.
Abrió el de Rodrigo por una página marcada y encontró una frase sobre la educación de las mujeres como derecho a gobernar la propia conciencia.
Cerró el libro. Luego abrió Balzac y vio, entre dos páginas, un hilo oscuro que había usado como marca desde el día del recado. También lo cerró.
No eligió ninguno. Bajó la lámpara y miró por la ventana hacia el granero occidental, donde las tablas nuevas se distinguían apenas en la sombra.
Allí, en unos días, quizá antes de que octubre terminara de instalarse, tendría que ocurrir una conversación que ninguno había programado y ambos venían demorando desde la noche clara.
No sabía cómo lo sabía. Tal vez porque las despedidas verdaderas buscan lugares donde la casa guarda lo que no puede decir en la sala.
Tal vez porque el trigo, la harina, los sacos y el polvo habían acompañado desde el principio cada malentendido y cada verdad parcial.
Tal vez porque la tierra ordenaba sus propios escenarios con más paciencia que las personas.
Presentación ya estaba casada. Rodrigo volvería el domingo.
Anselmo partiría el tres de noviembre hacia Valparaíso.
Tres hechos sencillos, casi administrativos, y sin embargo la noche no podía contenerlos sin agrandarse.
Constanza apoyó la mano sobre el vidrio frío.
Abajo, la mesa bajo el nogal seguía cubierta de migas y gotas de cera.
La boda había sido alegría real. Por eso dolía más.
Había demostrado que una vida compartida podía comenzar sin destruir a nadie.
También había demostrado que no todas las personas llamadas a quererse llegan a tiempo para prometerlo.
Cuando apagó la lámpara, Los Robles no quedó en silencio.
Las bodas dejan un rumor que tarda en irse, como el trigo después de la trilla, como el pan después del horno, como la tierra después de recibir lluvia.
Constanza se acostó sin dormir, oyendo en la memoria la voz de Presentación: no confundas dolor con destino.
Era un buen consejo. Quizá demasiado bueno para obedecerlo de inmediato.
Afuera, más allá del patio y del nogal, el granero guardaba en la oscuridad el olor del trigo, de las tablas nuevas y de todas las palabras que aún no habían encontrado el valor de ser dichas.