El peso de la tierra Capítulo 16 La boda de Presentación #3
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Capítulo 16 La boda de Presentación #3

Anselmo se acercó poco después a felicitar a Presentación y Tomás.

Constanza lo observó desde donde estaba con Rodrigo.

Anselmo habló con la novia con una suavidad que rara vez mostraba en público.

Presentación le respondió con una sonrisa, quizá agradeciéndole la presencia de Frida y Otto pese al luto reciente.

Tomás le dio la mano. Durante un segundo, Anselmo quedó frente a una felicidad que no le pertenecía y que, sin embargo, parecía mostrarle lo que una vida puede ser cuando las promesas no llegan heredadas, sino pronunciadas por quienes deben cumplirlas.

Su rostro no cambió mucho. Constanza, que ya había aprendido a leer las variaciones mínimas de su compostura, vio el golpe.

La comida en Los Robles reunió a más personas de las que Mercedes había calculado y menos de las que el pueblo habría considerado digno exagerar.

Bajo el nogal se colocaron mesas largas con manteles de distintos blancos, algunos prestados por doña Elvira, otros rescatados de baúles, otros francamente envejecidos pero planchados con la autoridad de Rosa.

Hubo cazuela, carne al horno, papas, ensaladas simples, pan suficiente, queso, dulces de membrillo, sopaipillas y chocolate.

No hubo exceso, pero nadie pudo decir que faltara.

Dominga, sentada junto a Rosa en la cocina durante un descanso, declaró que “para gente con deudas, comieron como si Dios hubiera firmado de aval”, frase que Rosa castigó con una mirada y luego con una risa.

El patio se llenó de voces. Tomás y Presentación ocuparon la cabecera improvisada, no como reyes de fiesta sino como dos personas algo sorprendidas de que tantos ojos celebraran una decisión íntima.

Mercedes circulaba entre mesas con una energía que mezclaba orgullo, melancolía y vigilancia de platos.

Fernando recibía felicitaciones, aceptaba palmadas de hombres que no sabían cuánto había costado sostener aquella comida y sonreía con una sinceridad cansada.

Doña Elvira parecía en todas partes al mismo tiempo, corrigiendo sillas, interpretando gestos y asegurándose de que ningún invitado socialmente útil quedara demasiado lejos de otro.

Otto y Frida se mantuvieron juntos, con Karl cerca; la ausencia de Wilhelm se sentaba con ellos, pero no impedía que Frida sonriera al ver a Presentación reír.

Tal vez, pensó Constanza, los muertos no ocupan siempre el lugar de la alegría.

A veces la acompañan de pie, junto a la pared, recordándole que no se desperdicie.

Después de la comida hubo música. No una orquesta, sino guitarra, acordeón, voces conocidas y esa disposición chilena a cantar después de comer como si el estómago lleno necesitara convertirse en sonido.

Al principio Mercedes se opuso a cualquier baile demasiado temprano por respeto al luto Brandt; fue Frida quien la tomó del brazo y le dijo que Wilhelm habría considerado una falta de administración dejar a tanta gente sentada sin uso práctico.

La frase produjo una risa general, y el permiso quedó dado.

El patio se despejó. Tomás bailó primero con Presentación, con una torpeza tan enamorada que hasta Amparo, siempre dispuesta a la burla, decidió aplaudir de verdad.

Luego vinieron parejas, primos, vecinos, muchachas que fingían no esperar invitación y hombres que se animaban solo después de que otro hiciera el ridículo primero.

Rodrigo invitó a Constanza con una formalidad perfecta.

—¿Me concede esta pieza? —preguntó.

—¿La pregunta fue ensayada con doña Elvira?

—No. Si hubiera sido así, vendría con tres cláusulas y un testigo.

Constanza aceptó. Bailar con Rodrigo fue distinto de conversar con él.

Su cuerpo tenía la misma cualidad que su carácter: firmeza sin imposición.

Guiaba con claridad, no con fuerza; dejaba espacio; no intentaba acercarla más de lo debido ni mostrar dominio ante los demás.

Ella se movió al principio con una cautela excesiva y luego con más naturalidad.

Desde fuera, la escena debió parecer lo que Mercedes esperaba: un pretendiente correcto, una joven que no se resistía, una posibilidad avanzando bajo música y aprobación comunitaria.

Desde dentro, era más complejo. Constanza disfrutó el baile.

Esa verdad la alcanzó sin pedir permiso.

Rodrigo era agradable, atento, cálido de una manera serena.

No había en su presencia el filo que Anselmo traía consigo. Pero tampoco vacío.

—Está pensando demasiado —dijo Rodrigo.

—Es una acusación frecuente.

—No la hago como acusación. Solo necesito saber si piso mal o si la batalla ocurre en otra parte.

Constanza bajó la vista un instante para evitar una sonrisa triste.

—No pisa mal.

—Entonces la batalla ocurre en otra parte.

—Quizá estoy cansada de que todos quieran nombrar mis batallas.

—Tiene razón. Perdón.

La facilidad con que pidió perdón la conmovió y la irritó.

Rodrigo no se defendía de errores pequeños porque no confundía la dignidad con ganar cada intercambio.

Esa cualidad, que en un esposo sería bendición, en un pretendiente volvía más difícil decirle que una parte de ella seguía atada a un hombre incapaz de pedirle nada.

Terminaron la pieza con una cortesía intacta.

Mercedes los miraba con los ojos brillantes.

Fernando también los vio, pero su expresión era menos celebratoria, más vigilante del costo de cada posibilidad.

Anselmo no bailó durante un buen rato. Permaneció junto a Karl, conversando con Tomás, con Fernando, con el padre Anacleto, con hombres que le preguntaban por Hamburgo como si viajar al otro lado del mundo fuera una mezcla de ascenso social y excursión.

Respondía con educación. Constanza lo veía en fragmentos: una inclinación de cabeza, una mano sosteniendo una taza, la sombra del luto en la chaqueta, la mirada desviándose cuando alguien pronunciaba “Alemania” con admiración.

Al fin, después de varias piezas, Presentación se acercó a él con una decisión que nadie esperaba.

La novia, todavía con el velo retirado y el rosario de plata en la muñeca, le pidió que bailara con Constanza.

—Como regalo de boda —dijo, con esa serenidad suya que hacía imposibles las negativas groseras.

Constanza oyó la frase desde la mesa de las mujeres y sintió que el patio entero se volvía demasiado visible.

Mercedes abrió la boca y la cerró, quizá porque el pedido venía de la novia y las novias, durante unas horas, poseen una autoridad casi sacramental sobre el orden familiar.

Rodrigo estaba a pocos pasos, hablando con Fernando.

Miró hacia la escena. No intervino. Su rostro no perdió la calma, pero Constanza vio que entendía.

Anselmo también lo miró, y en ese cruce breve entre los dos hombres no hubo desafío.

Hubo reconocimiento del dolor que la decencia no resuelve.

Anselmo se acercó.

—Señorita Zúñiga —dijo—. Si usted prefiere no hacerlo, Presentación tendrá que perdonarnos a ambos.

La salida estaba allí. Rodrigo la había oído; Mercedes también; quizá media casa. Constanza pudo tomarla sin humillación. Decir no habría sido correcto. Decir sí también. Esa libertad mínima la dejó, por un segundo, sin excusa.

—La novia manda hoy —respondió.

Bailaron bajo el nogal, a la vista de todos, con una distancia impecable y una música más lenta que las anteriores.

Anselmo no bailaba como Rodrigo. Había en él menos soltura, más conciencia de cada movimiento, como si incluso allí temiera prometer con el cuerpo algo que la boca no tenía derecho a sostener.

Constanza sintió la diferencia de inmediato.

Rodrigo ofrecía suelo. Anselmo ofrecía borde.

Una mujer sensata elegiría suelo. Pero el borde, con su peligro, mostraba un horizonte que ninguna prudencia podía negar del todo.

—Presentación es más temeraria de lo que parece —dijo él.

—Siempre lo fue. Solo escondía mejor sus armas.

—Parece feliz.

—Lo está.

—Me alegra.

La frase sonó sincera y dolorida. Constanza miró hacia su hermana, que bailaba ahora con Fernando, riendo porque su padre había pisado mal.

Tomás observaba la escena como si su felicidad necesitara acostumbrarse a tener testigos.

La música llenaba el patio. Por un instante, todo lo que los separaba a ellos dos pareció más absurdo que inevitable: una carta, un océano, un pacto viejo, apellidos, deudas, silencios.

Luego Anselmo habló y lo inevitable regresó.

—Viajo a Valparaíso el tres de noviembre —dijo.

Constanza no tropezó. Se obligó a no tropezar.

—Ya hay fecha.

—Sí.

—Entonces el mar dejó de ser rumor.

—Sí.

No había manera hermosa de responder. La música siguió.

Alrededor, algunas personas reían, otras aplaudían una figura de baile, Amparo gritaba una corrección imposible a Josefina.

La vida, grosera y necesaria, continuaba al mismo tiempo que una fecha se instalaba en el pecho de Constanza como una astilla nueva.

—¿Y Hamburgo? —preguntó.

—El barco sale a fines de mes. Si nada cambia.

—Las frases de su familia siempre dejan una puerta abierta para que el destino entre con botas sucias.

Anselmo casi sonrió.

—He intentado cerrar algunas. No siempre obedecen.

Constanza quiso preguntarle si la carta de Wilhelm había servido, si Ilse había respondido, si él seguía siendo recibido como huésped, representante, deudor o posible hombre libre dentro de una casa extranjera.

No lo hizo. No en la boda de Presentación, no bajo la mirada de Rodrigo, no mientras la novia reía a pocos pasos. En cambio, dijo:

—No desaparezca.

Anselmo la miró de golpe. La frase había salido de ella sin saber que repetía, casi exactamente, las palabras que él había dicho junto al cuerpo de Wilhelm. Constanza no conocía esa coincidencia. Solo supo que algo en el rostro de Anselmo se abrió y dolió al mismo tiempo.

—Eso intento —respondió.

—No lo intente como cortesía. Hágalo como obligación propia.