El peso de la tierra Capítulo 14 El cortejo de Rodrigo #4
19%

Capítulo 14 El cortejo de Rodrigo #4

El jueves, Rodrigo volvió. Trajo a dos hombres para el granero y una lista de materiales escrita con letra clara.

Trabajó con Fernando y don Eulogio durante la primera hora, bajo la mirada aprobadora de Rosa, que solo concedía aprobaciones completas a los panes bien cocidos y a los hombres que sabían cuándo levantar peso sin llamar a nadie para que los viera.

Después, como había dicho, caminó con Constanza hasta el bajo del nogal.

La casa los veía. Mercedes los veía. Probablemente también Josefina y Amparo, escondidas en algún punto con pésima técnica.

Rodrigo no pareció molesto por los ojos.

Tal vez había entendido que un cortejo en una casa como Los Robles no era camino entre dos personas, sino una procesión vigilada por vivos, muertos, acreedores y niñas curiosas.

—Le traje el libro —dijo entonces.

Constanza lo miró.

—Creí que había decidido no hacerlo.

—Decidí esperar a saber cuál. No traje el libro que pensé que diría algo inteligente sobre mí. Traje uno que quizá le sirva para discutir conmigo.

Le entregó un volumen pequeño, usado, de tapas sobrias.

Era una recopilación de ensayos y cartas de mujeres chilenas y españolas que habían escrito sobre educación, lectura y deber familiar.

No era un regalo romántico. No pretendía adivinar su alma con una novela francesa ni halagarla con flores literarias.

Era, de manera casi peligrosa, un regalo para su pensamiento.

—Doña Elvira me dijo que era arriesgado —añadió Rodrigo—. Mi madre dijo que era impropio regalarle a una joven algo que pudiera darle más argumentos. El padre Anacleto dijo que la ignorancia nunca ha protegido bien a nadie, aunque a veces vuelve más tranquilas las sobremesas.

Constanza sostuvo el libro con ambas manos. Una parte de ella quiso reír; otra, llorar un poco, lo cual le pareció excesivo para un volumen de tapas gastadas.

—¿Y usted qué dijo?

—Que si quería cortejarla debía empezar por no fingir que su inteligencia es un accidente tolerable.

La frase no fue grandilocuente. Rodrigo la dijo como quien declara una norma práctica.

Constanza lo miró durante varios segundos.

Allí estaba otra vez: la posibilidad de una vida donde ella no tuviera que pedir perdón por pensar.

No pasión, tal vez. No noche clara. No nombre enterrado bajo el nogal.

Pero sí respeto verdadero, y el respeto, comprendió, no era una moneda menor.

—Gracias —dijo.

—Léalo antes de agradecer demasiado. Podría ser malo.

—Entonces tendrá usted el honor de haberme dado argumentos contra su gusto.

—Un riesgo aceptable.

Caminaron despacio bajo el nogal, con la casa al fondo y los golpes de martillo llegando desde el granero.

Hablaron del libro, de Dominga Millacura, de la reparación del bajo, de Tomás y Presentación, de la manía de doña Elvira por organizar la vida parroquial como si Dios fuera un secretario poco eficiente.

Constanza se oyó reír más de una vez. No era la risa que Anselmo le arrancaba, breve y sorprendida, como una puerta abriéndose donde no debía.

Era otra risa, menos peligrosa, más respirable.

Se preguntó si esa diferencia la condenaba o la salvaba.

Al despedirse esa tarde, Rodrigo no intentó convertir el libro en símbolo.

Solo dijo que el lunes volvería a preguntar por las maderas y que, si ella quería, podían comentar alguna página.

Constanza aceptó. La palabra le salió menos pesada que la primera vez.

Cuando él se fue, subió a su pieza con el libro bajo el brazo y lo dejó junto a Eugenia Grandet.

Los dos volúmenes quedaron sobre la mesa como si se observaran: uno traía la memoria de Anselmo, del camino, de la conversación sobre casas donde el dinero decide lo que las personas se atreven a sentir; el otro traía la presencia de Rodrigo, la invitación a pensar sin pedir permiso, la posibilidad de un respeto que no ardía pero calentaba.

Esa noche no abrió ninguno. Se sentó junto a la ventana y miró hacia el patio.

El nogal se movía apenas bajo el viento.

En el granero occidental, las tablas nuevas dejaban un olor distinto en el aire.

Abajo, Fernando y Mercedes hablaban en voz baja, no como quienes esconden todo, sino como quienes empiezan a aprender qué parte del miedo puede compartirse.

La casa cambiaba de manera lenta, por gestos pequeños: una puerta puesta por Fernando, una frase honesta de Mercedes, un regalo bien elegido de Rodrigo, una carta de Wilhelm que aún no llegaba con respuesta desde el mar.

Constanza apoyó la frente contra el vidrio.

Intentó imaginarse queriendo a Rodrigo. No le pareció imposible.

Eso debería haberla tranquilizado. Intentó imaginarse olvidando a Anselmo.

No pudo. Eso debería haberla decidido. Ninguna de las dos cosas ocurrió.

Se quedó entre ambas verdades como quien permanece en una puerta abierta hacia dos inviernos diferentes.

Abajo, Rosa apagó la última luz de la cocina.

Constanza cerró los ojos. No había prometido nada a Rodrigo.

No había prometido nada a Anselmo. Quiso consolarse con esa limpieza, pero la vida rara vez deja las manos limpias a quien ya empezó a tocar una decisión.

A la mañana siguiente llegaría una nota de Rodrigo, breve y correcta, pidiendo permiso para volver antes de que terminara la semana.

Constanza no lo sabía todavía. Por esa noche, la casa le concedió la misericordia de creer que la pregunta seguía lejos.