Capítulo 14 El cortejo de Rodrigo #3
—Si usted lo permite, vendré el jueves por la tarde a revisar con su padre las maderas del granero. Después, si no le incomoda, podríamos caminar hasta el bajo del nogal. A la vista de toda la casa, para tranquilidad de quienes viven de preocuparse.
Constanza escuchó la frase y entendió la delicadeza exacta de la oferta.
Él no decía “vendré a verla” frente a todos; lo decía de una forma útil, anclada en una tarea y protegida por el decoro.
Le ofrecía conversación sin encierro. Cercanía sin deuda inmediata.
Seguridad sin compra. El tipo de invitación que una mujer podía aceptar sin perder autoridad sobre su propio sí.
—No me incomoda —respondió.
La frase fue sencilla. Mercedes respiró apenas. Fernando bajó la vista. Rodrigo no celebró. Solo recibió la aceptación como lo que era: no una promesa, no una rendición, sino un paso.
—Entonces hasta el jueves.
—Hasta el jueves.
Cuando Rodrigo partió, la tarde quedó extrañamente quieta. La casa tardó en recuperar ruido. Amparo fue la primera en fallar, como era costumbre.
—¿Eso significa que Rodrigo ya está cortejando a Constanza de manera oficial o todavía estamos en la etapa de fingir que nadie entiende nada?
—Amparo —dijeron Mercedes, Fernando y Presentación al mismo tiempo.
—Pregunto por educación histórica.
Josefina se echó a reír y Tomás, que todavía estaba en la mesa, tuvo la prudencia de mirar su taza como si el fondo contuviera una respuesta teológica.
Constanza también habría podido reír. No lo hizo.
Sentía que la aceptación del jueves, pequeña en términos sociales, había movido algo dentro de la casa.
No se arrepentía. Eso era lo más inquietante.
Aceptar la visita de Rodrigo le parecía justo, incluso necesario.
Él merecía ser visto sin la sombra de Anselmo ocupándolo todo.
Ella merecía saber si la tranquilidad podía llegar a ser algo más que refugio.
Y su familia, aunque no quisiera admitirlo, merecía una oportunidad de no vivir siempre al borde de la próxima carta de Molina.
Esa noche, Mercedes entró a su pieza sin tocar. Llevaba el mismo chal oscuro de la noche clara, aunque ahora su expresión no traía acusación sino cansancio. Constanza estaba sentada frente al tocador, soltándose el cabello. Vio a su madre por el espejo y no se volvió.
—Rodrigo habló con tu padre —dijo Mercedes.
—Lo imaginé.
—Pidió permiso para visitarte. Con regularidad, pero sin prisa. Tu padre aceptó con la condición de que tú puedas negarte cuando quieras.
Constanza dejó el peine sobre la mesa. La segunda frase le llegó más hondo de lo previsto. Fernando había puesto una puerta. Tal vez era tarde, tal vez insuficiente, pero la había puesto.
—¿Y usted? —preguntó.
Mercedes se sentó en el borde de la cama, no como general doméstica sino como mujer que al final del día se permite sentir los pies.
—Yo acepté con la condición de que no confundas no querer ser empujada con necesitar empujarte sola hacia el lado contrario.
—Eso suena a consejo razonable. ¿Está enferma?
—Mucho. Tengo cuatro hijas, un marido que por fin habla cuando una ya se había acostumbrado a adivinarlo y una casa que parece haber decidido sincerarse justo antes del invierno.
Constanza sonrió a medias. Mercedes miró el cuarto: el libro cerrado, la manzana ya arrugada sobre la mesa, los guantes limpios, el chal doblado. No mencionó a Anselmo. Esa omisión fue más explícita que su nombre.
—Rodrigo es bueno —dijo Mercedes.
—Lo sé.
—No basta.
Constanza volvió hacia ella.
—¿Usted diciendo eso?
—No te acostumbres. Mañana puedo recuperar la sensatez y negarlo.
La ironía no ocultó del todo la emoción. Mercedes tomó aire y continuó con más dificultad.
—Ser bueno no basta para amar. Pero ayuda mucho para vivir. Yo no puedo decirte cuál de esas dos cosas debe pesar más. Antes creía que sí podía. O fingía creerlo porque me daba miedo no tener nada mejor que ofrecerte.
Constanza sintió una ternura súbita y peligrosa.
Durante años había combatido a su madre como si Mercedes fuera simplemente el brazo armado de las convenciones.
Esa noche la vio distinta: una mujer con miedo, tratando de construir caminos antes de que sus hijas quedaran a la intemperie, usando a veces herramientas demasiado duras porque nadie le había entregado otras.
No por eso sus presiones dejaban de doler.
Pero dolían de otro modo cuando una veía la mano que las sostenía temblar un poco.
—No quiero herir a Rodrigo —dijo.
—Entonces no lo uses.
—No quiero usarlo.
—A veces una usa a las personas precisamente para convencerse de que no lo está haciendo. Míralo de frente. Si puedes quererlo, aunque sea con calma, dilo algún día. Si no puedes, no lo conviertas en castigo por lo que otro hombre no puede darte.
Constanza bajó la mirada. La frase era tan justa que casi parecía cruel.
Anselmo no podía darle nada. No espera, no promesa, no explicación completa.
Solo una verdad parcial, una renuncia y una partida.
Rodrigo podía darle presencia, respeto, una casa, quizá incluso cariño.
Pero el corazón no era un registro de bienes, y esa injusticia, que en otras mujeres había juzgado como debilidad, ahora se instalaba en ella con una autoridad humillante.
—¿Usted quiso así a mi padre? —preguntó.
Mercedes no respondió de inmediato. La pregunta desordenó el cuarto. Afuera, el viento movió las hojas del nogal. La madre miró hacia la ventana con una expresión que Constanza no recordaba haberle visto.
—A tu padre lo quise con imprudencia antes de aprender a quererlo con trabajo —dijo al fin—.
Son amores distintos. El primero cree que basta con arder.
El segundo se levanta de noche a revisar cuentas, remendar orgullo y seguir sentado a la misma mesa cuando una quisiera llorar o romper platos.
Si una tiene suerte, no pierde del todo el primero mientras aprende el segundo.
Constanza guardó la frase en silencio. Pensó en Anselmo como incendio sin derecho a pedir combustible.
Pensó en Rodrigo como una lámpara protegida del viento.
Pensó en Fernando y Mercedes, en una forma de amor que había sobrevivido a Joaquín, a Molina, a deudas y a todas las frases no dichas hasta que el silencio empezó a romperse.
Tal vez el amor no era una sola cosa. Tal vez esa era la trampa y también la misericordia.
—No sé qué hacer —dijo.
Mercedes se levantó. Al acercarse, esta vez sí le tocó el cabello, un gesto breve, casi torpe, como si la mano no estuviera acostumbrada a mostrarse tan blanda.
—Entonces no decidas hoy. Pero tampoco dejes que otros decidan por tu indecisión.
La besó en la frente y salió. Constanza quedó frente al espejo, con el cabello suelto y la sensación de haber recibido, de su madre, algo más difícil que una orden: permiso para no saber, pero no para esconderse.