El peso de la tierra Capítulo 13 La noche clara #4
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Capítulo 13 La noche clara #4

Anselmo tomó su sombrero con ambas manos.

—Debo irme.

—Sí.

La palabra se refería a esa noche y al viaje de fin de año. Ambos lo supieron. La claridad de la luna volvía innecesarias algunas precisiones.

—Gracias por decir lo de Ilse —añadió ella.

—Gracias por preguntar.

—No lo hice bien.

—Yo tampoco he respondido bien muchas cosas.

Constanza asintió. Habría querido darle una frase que pudiera llevarse, algo que no fuera promesa ni despedida.

Pero las frases útiles parecían haber sido gastadas por generaciones anteriores.

Miró la mesa bajo el nogal, el pan que no estaba allí pero que la memoria ponía siempre, las gotas cayendo desde las hojas, la tierra oscura. Al fin encontró algo pequeño.

—Cuando esté en Hamburgo —dijo— no deje que le expliquen Chile como si usted no hubiera vivido aquí.

Anselmo la miró, sorprendido primero, conmovido después de una manera casi invisible.

—No sé si sabré defenderlo bien.

—Entonces empiece por no dejar que lo reduzcan a una anécdota exótica. Eso suele ser el primer robo.

—Lo tendré presente.

—Y no trate a Ilse como enemiga. No parece merecerlo.

Esa vez el dolor en la mirada de Anselmo fue más claro.

—No. No lo merece.

Constanza respiró hondo. Allí estaba, pensó, una forma extraña de despedida: pedirle al hombre que una no podía retener que fuera justo con otra mujer. No sabía si eso era nobleza, estupidez o simple consecuencia de haber mirado demasiado de cerca la injusticia. Pero le pareció necesario.

—Buenas noches, señor Brandt.

—Buenas noches, señorita Zúñiga.

Él inclinó la cabeza. Durante un segundo, su mano se movió como si fuera a extenderse hacia ella.

Se detuvo antes de hacerlo. Constanza no supo si agradecer esa contención o odiarla.

No se tocaron. Apenas la distancia entre ambos cambió de significado, y eso pesó más que cualquier roce.

Anselmo cruzó el patio hacia el corredor, recibió de Rosa un paquete pequeño envuelto en papel —pan para Wilhelm, sin duda, aunque nadie lo anunció— y salió de Los Robles hacia la noche clara.

Constanza permaneció junto al nogal hasta que el sonido del caballo se perdió en el camino.

No lloró. No porque no hubiera dolor, sino porque el dolor todavía no encontraba forma.

Se quedó mirando la mesa húmeda, el reflejo de la luna en los charcos, la tierra que había recibido pasos de Zúñiga, Brandt, inquilinos, acreedores, hijas, madres, hombres que prometieron demasiado y jóvenes que no podían prometer nada.

Pensó en Ilse Hartmann, ahora menos fantasma y más mujer desconocida.

Pensó en Rodrigo, cuya bondad no había disminuido por lo que acababa de ocurrir.

Pensó en Anselmo diciendo que no podía pedirle que esperara, y comprendió que esa renuncia era lo más cerca que habían estado de confesarse algo.

Cuando volvió a la casa, Mercedes estaba al pie de la escalera con un chal sobre los hombros y una expresión que habría podido iniciar un juicio doméstico completo.

Pero al ver el rostro de Constanza, no dijo la primera frase que traía preparada.

Eso, viniendo de Mercedes, fue una misericordia enorme.

—Hace frío —dijo solo.

—Sí.

—Sube antes de enfermarte.

Constanza asintió. Al pasar junto a su madre, sintió que Mercedes levantaba una mano como si fuera a tocarle el cabello y luego la dejaba caer.

Ninguna de las dos comentó el gesto. En la escalera, Constanza oyó a Rosa cerrar la puerta de la cocina, a Fernando hablar bajo con Mercedes, al viento mover apenas las hojas del nogal. La casa seguía entera, pero no igual.

En su pieza, Constanza no encendió la lámpara.

Se sentó junto a la ventana y miró el cielo claro hasta que los ojos se le acostumbraron a la oscuridad.

Hamburgo ya no era el nombre de una traición simple.

Era una obligación. Ilse ya no era una rival cómoda.

Rodrigo ya no era solo refugio. Anselmo ya no era un hombre que podía explicarse con una palabra: soberbio, extranjero, comprometido, imposible.

Ahora era algo peor para la paz de cualquier joven sensata: era alguien parcialmente conocido y, por eso mismo, imposible de devolver completo al prejuicio.

Abajo, en alguna mesa, habría una carta de Wilhelm, otra respuesta de Fernando, cuentas de Molina, decisiones sobre tierras, animales y trigo.

Arriba, en su cuarto, no había más que una joven con frío, un libro cerrado y una verdad incompleta que ya no podía fingir rumor.

Constanza apoyó la frente contra el vidrio.

La noche era clara, sí, pero no lo aclaraba todo.

Solo quitaba las nubes suficientes para que una viera la distancia.

Mucho más tarde, cuando la casa quedó dormida y el patio dejó de gotear, una última cosa permaneció despierta en ella: la certeza de que no habían hecho promesa alguna.

Esa ausencia debería haberla protegido. En cambio, pesaba como si acabaran de dejar enterrada bajo el nogal una palabra que ninguno se había atrevido a pronunciar.