Capítulo 13 La noche clara #3
Constanza sintió que la frase le tocaba algo que no sabía protegido.
Ningún hombre le había hablado así. Rodrigo era honesto de una manera abierta, limpia, respetuosa.
Anselmo, en cambio, parecía estar aprendiendo la honestidad a golpes, y cada frase suya venía con la marca de lo que había decidido no usar en beneficio propio.
Eso no lo volvía más seguro. Lo volvía más real.
—Tal vez yo habría preferido la carta —dijo.
—Tal vez. Pero no sé si habría sido justo.
—La justicia empieza a parecerme una palabra muy cómoda para quienes no saben qué hacer.
—Puede ser. Yo la he usado mal más de una vez.
Constanza sonrió apenas, contra su voluntad.
—Eso casi cuenta como progreso.
—Aceptaré el casi. En mi situación, las medidas pequeñas son las únicas disponibles.
La sombra de una sonrisa pasó también por el rostro de Anselmo.
No duró. La partida seguía entre ellos, y ahora, al no estar cubierta por Ilse, se veía más desnuda.
Antes Constanza podía protegerse pensando que él elegía otra vida, otra mujer, otra casa.
Ahora debía enfrentar algo menos cómodo: quizá Anselmo tampoco elegía, y eso no abría ninguna puerta.
Al contrario, cerraba incluso la del reproche sencillo.
—Rodrigo es buen hombre —dijo Anselmo.
La frase la sorprendió por su dirección. Habría esperado que evitaran ese nombre, como se evitan las ramas bajas en un camino de noche. Pero él lo dijo sin ironía, sin competir, sin pedir que ella negara nada.
—Lo es —respondió.
—Me alegra que lo sea.
—No parece una alegría fácil.
—No lo es.
Constanza miró hacia la casa. Rodrigo, en esa conversación, era una presencia ausente y digna.
Las Higueras, el corredor, las manzanas, la visita al bajo, su manera de no usar el secreto ajeno.
Pensar en él junto a Anselmo era injusto para ambos, pero su vida, al parecer, había decidido organizar la injusticia con una simetría muy cuidada.
—Mi madre lo considera una casa posible —dijo.
—¿Y usted?
La pregunta fue baja. No tenía derecho a hacerla y, justamente por eso, la hizo sin exigir.
Constanza podría haber respondido con filo.
Podría haberle dicho que ese asunto no le pertenecía.
Podría haber usado a Rodrigo como escudo una vez más.
Pero la noche clara, o el cansancio, o la verdad parcial que acababan de permitirse, la empujaron hacia una respuesta menos útil.
—Lo considero un hombre al que no quisiera dañar —dijo.
Anselmo cerró los ojos un instante.
—Eso es bastante.
—No es todo.
Las palabras quedaron allí, más explícitas de lo que ninguna de las dos bocas había previsto.
Constanza sintió el impulso de cubrirlas con una broma, pero no encontró una que no las ensuciara.
Anselmo abrió los ojos. Había en su mirada una tristeza quieta, no victoriosa.
Él también entendía que “no es todo” no cambiaba el mundo. Solo lo hacía más difícil de soportar.
—No puedo pedirle nada —dijo.
—Lo sé.
—No puedo pedirle que espere.
—No lo habría aceptado como orden.
—Tampoco como súplica debería aceptarlo.
La frase la hirió porque era cierta. Constanza no era una muchacha dispuesta a convertir la espera en virtud decorativa; tampoco quería imaginarse junto a una ventana contando barcos por un hombre que quizá terminaría atrapado en otra casa por razones que ella aún no conocía.
Pero que él no se permitiera pedirlo le dolió más que si lo hubiera hecho.
Había una forma de amor, o de lo que fuera eso que todavía no podían nombrar, en no exigir sacrificio a la persona deseada.
Una forma poco romántica y casi insoportable.
—Entonces no hagamos promesas —dijo ella.
—No.
—Ni juramentos.
—Menos todavía. Mi familia ha abusado de ellos.
La frase, inesperadamente seca, le arrancó a Constanza una risa pequeña.
Anselmo también sonrió, y durante un segundo pareció posible que la vida hubiera sido otra: que se hubieran conocido sin Molina, sin Hartmann, sin Rodrigo, sin Ilse, sin padres escribiendo tarde, sin muertos en las habitaciones de la memoria.
Solo dos jóvenes bajo un nogal, burlándose de la solemnidad de los juramentos. La posibilidad fue tan breve que dolió.
Desde el interior se abrió la puerta del escritorio. La voz de Fernando llegó hasta el patio.
—Anselmo.
Ambos se apartaron sin haberse acercado.
Esa fue la crueldad exacta de la escena: no había nada que ocultar y, aun así, todo parecía descubierto.
Fernando apareció en el corredor con un papel en la mano.
Detrás de él se veía la silueta de don Eulogio, recogiendo su sombrero.
El rostro de Fernando cambió apenas al verlos juntos; no hubo sorpresa escandalizada, sino una comprensión cansada que a Constanza le resultó casi más difícil de soportar.
Su padre miró a su hija, luego al joven Brandt, y en esa mirada pasó algo que ella no supo leer: culpa, advertencia, pena, quizá la decisión de no llegar tarde otra vez.
—Tu abuelo espera respuesta —dijo Fernando, dirigiéndose a Anselmo—. Dile que iré mañana temprano. Y que recibí su carta.
Anselmo se inclinó.
—Se lo diré.
Fernando no se retiró de inmediato. Su presencia devolvió a la noche su estructura social.
Constanza dejó la mano sobre el borde de la mesa y sintió la humedad de la madera atravesarle el guante.
Quiso que su padre dijera algo, cualquier cosa que explicara por qué el nombre de Wilhelm había entrado tantas veces en Los Robles en los últimos días, por qué Anselmo hablaba de obligaciones no elegidas, por qué ella sentía que todos los adultos de su vida caminaban alrededor de un pozo cubierto por tablas finas. Fernando no dijo nada de eso.
—Constanza —dijo solo—, tu madre preguntará por ti.
—Entonces aún tengo algunos minutos. Mamá siempre pregunta primero para preparar la acusación.
Fernando casi sonrió. Casi. Después volvió al interior con don Eulogio, dejando la puerta abierta. La advertencia era clara: la conversación podía terminar con dignidad si terminaba ahora.