Capítulo 13 La noche clara #2
—En el bajo dijo que no todas las promesas se organizan desde la voluntad de quien las cumple —dijo ella.
Anselmo cerró los dedos alrededor del sombrero. No pareció sorprenderse de que ella hubiera conservado la frase. Quizá algunas frases nacían sabiendo que serían recordadas contra quien las dijo.
—Fue otra media explicación.
—Sí.
—Pero no fue una mentira.
—Eso no la vuelve suficiente.
—No.
La repetición de esas respuestas pequeñas habría resultado irritante si no hubiera algo casi honesto en su pobreza.
Anselmo no intentaba convencerla. No adornaba sus límites.
Solo los dejaba allí, y Constanza tuvo que admitir que esa forma de no pedir absolución se parecía menos a la cobardía de lo que ella habría querido.
—Me iré a Alemania antes de fin de año —dijo él.
La frase cayó sin preparación. Tal vez esa era la única forma decente de decirla: sin rodeo, sin belleza, sin pedir que el sonido fuera menos duro por estar bajo una noche clara.
Constanza sintió que el frío del patio le entraba de golpe por los pies.
Ya lo sabía, o creía saberlo. Lo había oído en la tertulia, en los rumores, en la boca de Rodrigo, en cada mención de Hamburgo.
Pero una cosa era construir una noticia con voces ajenas y otra oírla salir de él, limpia, directa, sin el refugio del chisme.
—Hamburgo —dijo.
—Hamburgo primero.
—Qué fórmula tan prudente.
—Es la más exacta que tengo.
—¿Y después?
Anselmo miró hacia el campo oscuro, más allá del nogal. Desde allí no podía verse el camino Brandt, pero ambos sabían hacia dónde quedaba. Tardó en responder.
—Después, lo que la casa Hartmann, mi padre, mi abuelo y yo logremos no arruinar del todo.
Constanza soltó una risa breve, sin alegría.
—Suena como un destino muy concurrido.
—Lo es. Ese es parte del problema.
La frase abrió una nueva grieta. Constanza sintió el impulso de apartarse antes de que la luz fuera demasiada.
Se envolvió mejor en el chal. Había llegado, sin querer admitirlo, al borde de la pregunta que le había quitado el sueño desde la tertulia de doña Elvira.
El nombre de Ilse Hartmann le pareció ridículo, casi teatral, demasiado extranjero para esa mesa húmeda bajo un nogal chileno.
Pero los nombres ridículos también hieren cuando nadie los ordena.
—¿Y la señorita Hartmann? —preguntó.
Anselmo no fingió no entender. Esa fue, quizá, la primera misericordia real de la noche. No sonrió, no pidió aclaración, no usó la pregunta contra ella. Solo respiró hondo, como si el nombre hubiera estado esperando en el aire desde antes de que ella lo pronunciara.
—Ilse Hartmann es la hija de Heinrich Hartmann —dijo—. Vive en Hamburgo. Ha escrito a mi madre. Parece una persona considerada, lo cual vuelve más injusto que cualquiera de nosotros la use como símbolo de algo.
Constanza recibió la respuesta con una mezcla incómoda de alivio y vergüenza.
Había imaginado a Ilse como una figura remota, casi hecha para ser detestada sin culpa: una promesa blanca, una novia alemana, una mujer que esperaba con derecho lo que a ella no se le había ofrecido.
Anselmo, al nombrarla con esa sobriedad, se la devolvía como persona.
No rival. No fantasma. Persona. Eso hacía más difícil todo, como solía ocurrir cada vez que alguien en esta historia dejaba de ser útil para el resentimiento.
—Pregunté otra cosa —dijo Constanza, aunque no era del todo cierto.
—Lo sé.
—Entonces responda otra cosa.
Anselmo volvió a mirarla. La luz de la luna no favorecía la mentira; tampoco la claridad completa. Su rostro parecía dividido entre el deseo de decir y la disciplina de no usar lo que dijera para salvarse demasiado.
—No estoy comprometido en matrimonio con Ilse Hartmann —dijo—. No hay palabra mía dada en ese sentido. No hay contrato. No hay promesa de amor, ni de boda, ni de nada que yo haya elegido pronunciar.
Constanza sintió que algo se aflojaba dentro de ella con tanta rapidez que casi le produjo rabia.
Durante semanas había sostenido una interpretación como quien sostiene una antorcha contra una habitación oscura, y ahora descubría que quizá había estado iluminando el rincón equivocado.
La emoción que llegó primero no fue alegría.
Fue humillación: por haber imaginado, por haber castigado, por haber usado a Rodrigo en alguna frase como si la confusión de ella le diera derecho a repartir heridas.
—Pudo decirlo antes —dijo, y la frase le salió más baja que acusadora.
—No sabía que usted necesitaba oírlo.
—No sea cruel.
Anselmo cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, había dolor en ellos.
—No lo dije para herirla. Lo digo porque no tenía derecho a suponer que algo de eso le importaba.
La respuesta la dejó sin defensa inmediata.
Constanza apartó la vista hacia la mesa mojada.
Tenía razón. Y, al mismo tiempo, no la tenía del todo.
Hay cosas que importan antes de que uno acepte nombrarlas; hay preguntas que una no formula precisamente porque la respuesta podría ordenar demasiado.
Ella había querido que él aclarara sin obligarla a pedir aclaración.
Había querido ser protegida de una vergüenza que nadie podía conocer si ella no la revelaba.
—No sabía si me importaba —dijo.
La frase salió antes de pasar por el orgullo. En cuanto la oyó, quiso retirarla. Anselmo no se movió. Esa fue su segunda misericordia: no convertir la verdad pequeña en victoria.
—Yo tampoco sabía cuánto podía importarme que usted lo creyera —respondió.
Durante un momento, la noche pareció volverse más clara todavía.
No porque dijera más, sino porque quitó de en medio una parte del ruido.
No había promesa matrimonial con Ilse. No había amor esperado en Hamburgo.
Pero seguía habiendo Alemania, Hartmann, una casa extranjera, un viaje antes de fin de año y una obligación que Anselmo no podía explicar sin abrir otros nombres.
La luz no resolvía el camino. Solo mostraba mejor las piedras.
—Si no está comprometido —dijo Constanza—, ¿por qué se va como si lo estuviera?
Anselmo sostuvo la pregunta en silencio.
Constanza supo, antes de que respondiera, que allí estaba el límite.
No por falta de voluntad solamente. Por algo más grave.
Una parte de ella, la misma que había raspado harina seca del guante después del bajo, quiso empujar hasta que él cediera.
Otra, más nueva y más difícil, recordó la frase de Rodrigo: si Anselmo tiene algo que explicar, debería hacerlo él.
Y recordó también su propia frase: la confianza no se puede construir con partes omitidas.
¿Qué se hace, entonces, cuando una persona no omite para manejar, sino para no traicionar?
—Porque hay obligaciones que no son matrimonio y aun así disponen una vida —dijo Anselmo al fin—.
Porque mi familia debe algo que no se paga solo con dinero.
Porque hay hombres mayores que nosotros que confundieron honor, gratitud y futuro hasta dejarnos una madeja que no se puede cortar de un solo tirón sin lastimar a otros.
Eso puedo decirle. No todo. Pero eso sí.
Constanza escuchó la respuesta con el cuerpo quieto.
Había en ella más verdad de la que él le había dado antes y menos de la que ella necesitaba.
Esa insuficiencia ya no le pareció simple soberbia.
Le pareció tragedia doméstica, que era peor.
Las familias, pensó, tenían una habilidad despiadada para llamar protección a lo que entregaban tarde.
Miró hacia la puerta del escritorio, donde su padre seguía reunido.
La nota de Wilhelm, Fernando cambiado, las cuentas, Molina, el potrero del Maitén.
De pronto los hilos no se unieron del todo, pero empezaron a mostrarse tendidos en direcciones que ella no había querido mirar.
—¿Mi padre sabe algo de esto? —preguntó.
Anselmo no contestó de inmediato.
—Su padre y mi abuelo tienen asuntos antiguos que no me pertenecen completos.
—Eso es un sí vestido de domingo.
—Es un límite vestido como puede.
Constanza se llevó una mano al chal. Había esperado rabia y encontró miedo.
Si Fernando sabía, si Wilhelm escribía, si Anselmo partía por una obligación que rozaba de algún modo a Los Robles, entonces el malentendido de Ilse era apenas la superficie de algo más hondo.
Y si preguntaba demasiado, tal vez obligaría a Anselmo a elegir entre decir la verdad ajena o mentirle de frente. Ninguna opción parecía limpia.
—Odio esto —dijo.
Anselmo soltó una respiración que casi fue risa y casi dolor.
—Yo también.
—No me consuela que coincidamos.
—A mí tampoco.
El silencio que siguió fue distinto de los anteriores.
Menos defensivo. Más triste. Desde la cocina llegó el ruido de una puerta; Rosa, quizá, guardaba la última olla.
En el escritorio, la voz de Fernando subió un instante y luego volvió a apagarse.
La casa seguía allí, recordándoles que no estaban en una novela donde dos personas pueden quedar solas bajo la luna y resolver con una frase lo que las generaciones complicaron con documentos.
Estaban en Los Robles, junto a una mesa mojada, con una madre capaz de aparecer en cualquier momento, un padre encerrado con cuentas, un abuelo enfermo escribiendo cartas y un océano esperando en un mapa.
Anselmo miró la mesa bajo el nogal.
—Le escribí —dijo.
Constanza volvió hacia él.
—¿Qué?
—Varias veces. No envié nada.
La confesión llegó con tal sencillez que tardó en alcanzarla. Imaginó papeles sobre una mesa Brandt, tinta, frases tachadas, su nombre escrito por una mano que había preferido no entregarle una media verdad más. La imagen le produjo una emoción peligrosa, demasiado parecida a ternura.
—¿Por qué no? —preguntó.
—Porque cada carta se convertía en una forma elegante de pedirle que confiara en huecos. O en una forma de decirle una verdad pequeña para ocultarle otra mayor. No quise entrar en su pieza con los zapatos llenos de barro familiar.