Capítulo 13 La noche clara
La noche se abrió sobre Los Robles con una claridad que no pertenecía al invierno.
Después de varios días de lluvia menuda, de corredores húmedos, de barro junto a la tranquera y de mantas secándose cerca de la cocina, el cielo apareció limpio de golpe, lavado hasta dejar ver una luna fría y un campo que parecía contener la respiración.
Las hojas del nogal goteaban todavía sobre la mesa larga del patio, y cada gota, al caer, sonaba con una precisión mínima, como si alguien contara despacio aquello que la casa no quería sumar en voz alta.
Constanza había subido a su pieza después de la cena con un libro bajo el brazo y ninguna intención verdadera de leer.
Desde la visita al bajo, las páginas se le volvían porosas: entraban por ellas la cara de Dominga Millacura, el barro en las botas de Rodrigo, la harina pegada en la manga de Anselmo, la frase sobre las promesas y esa posibilidad incómoda de haber convertido un rumor en defensa.
La casa parecía tranquila, pero Constanza había aprendido que la tranquilidad familiar era muchas veces una forma de cansancio.
Fernando había regresado la tarde anterior de la casa Brandt con el rostro cambiado, no más alegre ni menos preocupado, sino más decidido de una manera que inquietaba porque no ofrecía explicación.
Mercedes lo observaba con esa vigilancia conyugal que fingía ocuparse de la sopa, de las mantas, de Presentación y de Amparo, pero volvía siempre al mismo punto: el hombre sentado al extremo de la mesa, respondiendo con cortesía y pensando en otra habitación.
Don Eulogio había entrado esa mañana al escritorio y había permanecido allí más de una hora.
Después se había hablado de bueyes, de ventas posibles, del potrero del Maitén y de una reparación aplazada en el granero occidental.
A ninguna de las hijas se les dijo nada completo.
La información en Los Robles seguía llegando como la lluvia por una gotera: gota a gota, siempre en el sitio menos conveniente.
Constanza apagó la lámpara y volvió a encenderla casi de inmediato.
El cuarto, a oscuras, agrandaba demasiado los pensamientos.
Sobre la mesa estaba la manzana que aún no había comido, ya menos firme que cuando Rodrigo se la entregó.
También estaba Eugenia Grandet, abierto por una página donde una hija esperaba dentro de una casa dominada por un padre y por una fortuna que parecía tener más voluntad que las personas.
Constanza cerró el libro con irritación.
Había días en que la literatura no consolaba porque tenía la descortesía de acertar.
Se puso un chal sobre los hombros y bajó con la excusa íntima de buscar agua, aunque sabía que no tenía sed.
En realidad necesitaba comprobar que el patio seguía allí, que la mesa bajo el nogal no había cambiado de lugar, que la tierra de Los Robles, embarrada, endeudada y silenciosa, seguía siendo algo más concreto que las frases de los adultos.
Abajo encontró a Rosa en la cocina, recogiendo los últimos paños. La mujer no preguntó por qué una señorita bajaba a esa hora con cara de haber perdido una discusión contra sí misma. Solo le sirvió un poco de agua en un vaso y empujó hacia ella un trozo pequeño de pan envuelto en servilleta.
—No se piensa bien con el estómago vacío —dijo.
—No estoy pensando.
—Entonces peor. Las cosas que una no piensa hacen más ruido.
Constanza tomó el vaso y el pan, no porque los quisiera, sino porque rechazar una forma de cuidado tan concreta le pareció una descortesía mayor que cualquier conversación pendiente.
Rosa volvió a sus paños. Desde el corredor llegó una voz masculina, baja, seguida por el crujido de una puerta.
Constanza levantó la vista. No era la voz de su padre.
Tampoco la de don Eulogio. Rosa no se movió, pero su manera de doblar el paño cambió apenas, señal suficiente de que también había oído.
—¿Quién llegó? —preguntó Constanza.
—El joven Brandt —respondió Rosa, como si nombrara el clima—. Trajo una nota de don Wilhelm para su padre. Doña Mercedes lo hizo esperar en el corredor porque don Fernando está con don Eulogio.
El vaso quedó inmóvil en la mano de Constanza.
Rosa no la miró. Esa piedad, más que cualquier disimulo, confirmó que la reacción había sido visible.
Anselmo en Los Robles, de noche, bajo un cielo claro, con una nota de Wilhelm.
Nada de eso debía significar más que un trámite entre hombres que llevaban demasiados años guardando papeles.
Sin embargo, la casa pareció cambiar de tamaño.
El corredor, el patio, el escritorio cerrado, todo se reorganizó alrededor de una presencia que ella había intentado convertir en asunto resuelto desde hacía días y que la realidad insistía en devolverle con barro, madera o correspondencia.
—No salgas sin chal —dijo Rosa.
—No he dicho que vaya a salir.
—Por eso se lo digo ahora.
Constanza sostuvo su mirada un segundo. Rosa había amasado pan para Dominga, había repartido calor sin llamar caridad a lo que hacía, y tenía esa forma antigua de saber cuándo una joven necesitaba una orden pequeña para justificar un deseo que no quería admitir.
Constanza apretó el chal sobre los hombros, dejó el vaso sobre la mesa y salió hacia el corredor.
Anselmo estaba de pie cerca de la puerta principal, con el sombrero en las manos y la chaqueta oscura todavía húmeda en los bordes.
No parecía un invitado ni un mensajero, sino algo intermedio: un hombre traído hasta allí por una obligación formal y detenido, de pronto, en el umbral de otra cosa.
La lámpara del corredor le daba al rostro una palidez cansada.
Al verla, se enderezó apenas, no con sorpresa dramática, sino con esa atención contenida que en él podía ser cortesía, defensa o ambas.
Constanza recordó la tertulia, el bajo, la frase de la promesa, la lona que sus dedos no tocaron.
Recordó también, con una punzada de vergüenza, que él no había usado jamás la presencia de Rodrigo para herirla, aunque ella sí había usado a Rodrigo para defenderse de él.
—Señorita Zúñiga —dijo.
—Señor Brandt. Los recados de su casa tienen una habilidad notable para llegar cuando todos están cansados.
—Los recados de mi casa suelen ignorar el cansancio de quienes los llevan y de quienes los reciben.
La respuesta no era ingeniosa en el sentido cómodo de la palabra.
Tenía una fatiga verdadera debajo. Constanza miró hacia la puerta cerrada del escritorio, donde se oían las voces apagadas de Fernando y don Eulogio.
Mercedes no estaba a la vista, lo cual no significaba que no supiera exactamente dónde se encontraba cada persona.
La decencia habría indicado retirarse después del saludo.
La prudencia, también. Pero la prudencia, descubría cada vez con más molestia, era muy clara cuando una no la necesitaba.
—Hace frío en el corredor —dijo ella—. El patio al menos tiene luna.
Anselmo la miró. La frase no era invitación abierta, pero tampoco era simple comentario meteorológico. Él tardó lo bastante en responder para que la pausa conservara su valor.
—Si salimos al patio, su madre tendrá derecho a matarme con justicia social y cristiana.
—Mi madre no necesita derecho para ciertas empresas. Le basta un motivo presentable.
—Entonces no le demos uno muy grande.
Salieron apenas hasta el borde del patio, no lejos de la puerta ni de la luz.
La casa quedaba detrás de ellos, visible, despierta, con Rosa moviéndose en la cocina y el escritorio aún cerrado.
Nadie podría decir que estaban escondidos, aunque la noche tuviera la delicadeza de hacerles sentir, durante unos minutos, que el mundo se había retirado lo justo para permitir una conversación.
La luna caía sobre la mesa bajo el nogal, sobre los charcos pequeños, sobre la tierra oscura que todavía guardaba el agua.
El aire olía a madera mojada, pan enfriándose y hojas recién lavadas.
Constanza se apoyó en el extremo de la mesa.
Anselmo se quedó de pie, a una distancia correcta, tal vez demasiado correcta.
—Trajo una nota de Wilhelm —dijo ella.
—Sí. Para su padre.
—Últimamente nuestros padres y abuelos se escriben más de lo que hablan con nosotros.
—Quizá porque las cartas permiten ordenar la culpa antes de mostrarla.
Constanza volvió la cabeza hacia él. La frase era demasiado exacta para ser inocente.
Anselmo pareció advertirlo y bajó la mirada hacia el sombrero entre sus manos.
Aquella noche no tenía la rigidez de la trilla ni la torpeza del primer intento de disculpa.
Parecía un hombre más joven que su educación, sostenido por una compostura que empezaba a quedarle estrecha.
—¿Sabe de qué trata la nota? —preguntó ella.
—No completa.
—Esa palabra lo persigue.
—Sí.
La aceptación simple la desarmó más que cualquier defensa.
Constanza había preparado, sin saberlo, varias frases agudas para el caso de que Anselmo volviera a responder con esa mezcla de reserva y superioridad que ella le había atribuido al principio.
Pero no encontró superioridad. Encontró cansancio, y el cansancio ajeno, cuando no viene usado como reproche, dificulta mucho el combate.
—Estoy cansada de no saber cosas completas —dijo.
—Yo también.
—Usted al menos sabe cuáles son las partes que no dice.
—No siempre. A veces solo sé dónde empieza el daño.
La mesa bajo el nogal goteó entre ambos.
Una gota cayó desde una hoja alta hasta la madera y se abrió en una mancha pequeña.
Constanza la miró para no mirar a Anselmo.
Le habría sido más fácil si él hubiese mentido con claridad.
Las medias verdades eran difíciles, pero las verdades limitadas lo eran más.
Obligaban a reconocer que no todo silencio era desprecio y no toda reserva, cálculo.