Capítulo 14 El cortejo de Rodrigo
El cortejo de Rodrigo Ovalle comenzó, para irritación de Constanza, con una exactitud tan correcta que nadie pudo fingir sorpresa ni escándalo.
Llegó primero una visita formal de doña Elvira Urrutia, quien apareció en Los Robles a media mañana con el pretexto de devolver una cesta que jamás había pedido prestada y se sentó en la sala con la expresión satisfecha de las mujeres que traen una noticia envuelta en cortesía.
Mercedes la recibió con chocolate caliente, pan de Rosa y una vigilancia tan pulida que habría pasado por hospitalidad ante cualquier hombre.
Constanza, desde la ventana, vio la cesta en manos de una criada y comprendió que el objeto era menos importante que su viaje: en las casas bien educadas, ciertos mensajes no entraban solos.
Venían acompañados de una señora mayor, una taza servida con dos manos y un repertorio de frases cuya función principal era impedir que nadie dijera demasiado pronto lo que todos habían entendido.
Rodrigo, según explicó doña Elvira después de revisar la salud de Presentación, el progreso de Tomás Rioseco, el clima, las goteras de la sacristía y la moral pública del pueblo, deseaba visitar Los Robles el domingo siguiente.
No venía a almorzar como vecino ni a dejar maderas como colaborador de la parroquia.
Venía, si don Fernando y doña Mercedes lo permitían, a iniciar un trato más frecuente con la familia, “sin atropellar formas ni levantar expectativas indebidas”, frase que doña Elvira pronunció con tanta gravedad que Amparo, escondida detrás de la puerta con Josefina, preguntó en voz demasiado alta si las expectativas indebidas se levantaban como las gallinas cuando entraba un perro.
Mercedes cerró los ojos. Fernando tosió para ocultar una risa.
Presentación miró su costura como si allí estuviera escrita la salvación de todas.
Constanza, que ya no tenía edad para ser escondida de su propio destino y todavía no poseía autoridad para impedir que otros lo discutieran, sintió que la sala se llenaba de un aire denso, hecho de azúcar, lana, prudencia y decisiones ajenas.
—Don Rodrigo es un hombre respetuoso —dijo doña Elvira—. No desea que nadie interprete su interés como presión.
—El pueblo interpretará hasta la inclinación de una silla —respondió Mercedes—, pero se agradece el intento.
Fernando miró a Constanza. No con orden ni con súplica.
Esa mirada era nueva y quizá por eso más difícil de sostener: parecía pedirle que no confundiera su silencio con indiferencia, pero tampoco se atrevía a decirle qué parte de la historia callaba.
Desde la noche clara, Constanza había advertido en su padre un cuidado distinto.
No la empujaba abiertamente hacia Rodrigo.
No la apartaba de Anselmo. No hacía preguntas.
Se movía alrededor de ella con la cautela de quien sabe que el suelo de una hija puede estar cubierto por trampas que él mismo ayudó a cavar.
Aquello le producía ternura y rabia en proporciones inestables.
—¿Y qué se espera de mí? —preguntó Constanza al fin.
La pregunta cayó sobre la mesa como una cucharilla mal puesta. Doña Elvira levantó las cejas con aprobación mal disimulada. Mercedes abrió la boca, quizá para corregir el tono, pero Fernando se adelantó.
—Que recibas la visita con educación —dijo—. Nada más, por ahora.
—“Por ahora” es una habitación grande.
—Sí —respondió él—. Y no quiero encerrarte en ella sin puerta.
Mercedes lo miró con una rapidez casi imperceptible.
Doña Elvira bebió chocolate como si no hubiera oído una frase que, en verdad, había oído con ambas orejas.
Constanza sintió que su irritación perdía la forma prevista.
Había preparado respuestas contra la autoridad; no contra la consideración.
Esa era la dificultad que Rodrigo había traído consigo desde el principio: él y quienes lo defendían elegían modos tan correctos que oponerse a ellos exigía más honestidad que rebeldía.
—Lo recibiré con educación —dijo.
—Eso, en ti, puede significar cosas muy distintas —murmuró Mercedes.
—Entonces convendrá confiar en la versión menos peligrosa.
Doña Elvira dejó la taza sobre el plato y sonrió con una alegría que no se molestó en ocultar del todo.
—Qué muchacha más incómoda —dijo—. Las incómodas, cuando no se pierden por orgullo, suelen ser las únicas que valen el esfuerzo.
Constanza no supo si agradecer o defenderse.
Al final eligió no hacer ninguna de las dos cosas, que era una forma menor de madurez.
La visita terminó con más fórmulas, una recomendación sobre el vestido adecuado para el domingo y una advertencia de doña Elvira a Mercedes: no convertir el cortejo en campaña militar, porque hasta los buenos hombres huyen si se les pone demasiada artillería en la mesa.
Mercedes fingió ofenderse. Fernando sonrió hacia el suelo.
Y Constanza, al ver partir la cesta inútil de vuelta a la casa de doña Elvira, comprendió que Rodrigo Ovalle acababa de entrar formalmente en su vida con la aprobación de casi todos y la resistencia incompleta de la única persona que debía decidir.
El domingo llegó limpio, con un frío firme y una luz que hacía parecer más nítidos los cercos, los tejados y las insuficiencias de Los Robles.
Mercedes dirigió la casa con una contención heroica, lo que en su caso significaba dar solo la mitad de las órdenes que consideraba necesarias.
Rosa amasó temprano y dejó el pan bajo paño en la cocina; Presentación arregló flores secas en un jarro, porque las frescas escaseaban y porque un cortejo formal, según dijo Mercedes, no debía oler a funeral ni a feria.
Josefina y Amparo recibieron instrucciones tan detalladas que acabaron agotadas antes de vestirse.
Fernando pasó la mañana con don Eulogio en el granero occidental, revisando tablas húmedas y hablando en voz baja de animales que quizá habría que vender.
Constanza lo vio regresar con barro en las botas y una expresión de decisión gastada.
Supo, sin preguntar, que las cuentas habían vuelto a moverse bajo la superficie del día.
Se vistió con un traje oscuro de lana fina, ni nuevo ni demasiado sencillo, y se arregló el cabello sin la ayuda de Mercedes para evitar que el peinado se transformara en declaración política.
Mientras se miraba en el espejo, pensó en la noche clara con una claridad que no podía atribuirse a la memoria sino a la falta de defensa.
Anselmo no estaba comprometido con Ilse.
Anselmo partiría a Hamburgo antes de fin de año.
Anselmo no podía pedirle nada. No había promesas.
Esa ausencia, que debía dejar espacio libre para Rodrigo, parecía en cambio ocuparlo de otra manera.
Una promesa no dicha puede ser más difícil de mover que una pronunciada, porque no ofrece superficie donde romperla.
Rodrigo llegó a media tarde, solo, montado en su caballo y sin ningún gesto de conquista visible.
Traía un paquete pequeño para Fernando: un plano de reparación para la acequia del bajo, dibujado por uno de sus hombres, porque la visita parroquial había dejado pendientes que él no quería convertir en simple tema de conversación.
Para Mercedes traía una carta de doña Inés Rioseco sobre unas partituras destinadas a Presentación, detalle que permitió a todos hablar durante varios minutos de Tomás sin mencionar que Tomás era ya, para efectos prácticos, un pretendiente aceptado.
Para Rosa mandó, por medio de un peón que llegó después, un saco pequeño de harina del molino nuevo, “por si quería comparar”, frase que Rosa recibió con una ceja levantada y una aprobación que no concedió en voz alta. Para Constanza no traía nada.
Eso fue lo que más la desarmó.
No había flores, ni libro, ni fruta, ni objeto que pudiera ser observado, comentado, guardado o rechazado.
Rodrigo la saludó con la misma corrección de siempre y luego se sentó con Fernando a revisar el plano de la acequia.
Durante un rato habló de barro, caída de agua, postes, tablas, hombres disponibles y costo aproximado.
La escena habría resultado poco romántica para cualquiera que esperara música en un cortejo.
A Constanza le pareció, contra su voluntad, más seria que una declaración.
Rodrigo no entraba a su vida ofreciéndole adornos; entraba ordenando una necesidad que había visto junto a ella.
El bajo no había sido para él un escenario donde mostrarse noble.
Era una lista de problemas concretos que seguían existiendo después de que las señoras volvieran a sus casas.
—Don Rodrigo piensa como administrador —dijo Mercedes en voz baja, acercándose a Constanza junto a la ventana.
—Una cualidad muy emocionante.
—La emoción no repara acequias.
—Tampoco la falta de emoción debería dirigir matrimonios.
Mercedes guardó silencio. Constanza esperó una réplica rápida, una de esas frases maternas que convertían cualquier discusión en prueba de ingratitud juvenil. No llegó. Su madre miró hacia Rodrigo, luego hacia Fernando, y finalmente hacia las manos de su hija.
—Tienes razón —dijo.
Constanza se volvió hacia ella, sorprendida.
—¿En qué parte?
—En la que más me incomoda. No basta con que un hombre sea útil.
La admisión debería haberla tranquilizado.
En cambio, la entristeció. Mercedes no estaba derrotada ni arrepentida por completo; seguía creyendo que Rodrigo era una casa posible, un resguardo, una oportunidad que no debía despreciarse por orgullo.
Pero había empezado a distinguir, quizá por cansancio o por amor, que la utilidad no podía ocupar todo el sitio de la elección.
Constanza quiso tomarle la mano. No lo hizo.
En su familia, ciertas ternuras parecían más indecorosas que un reproche.