El peso de la tierra Capítulo 11 Las cuentas de Fernando #3
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Capítulo 11 Las cuentas de Fernando #3

—No tuve que terminar de hablar —continuó—.

Él vio las cifras. Vio a Molina, vio Concepción, vio el remate acercándose.

No me humilló. Eso fue lo más difícil de soportar.

Si me hubiera tratado con superioridad, yo habría podido odiarlo un poco y conservar algo.

Pero me ofreció una silla que no acepté, me dio aguardiente que no bebí y dijo que una casa no debía caer porque un hombre hubiera heredado mal y pedido ayuda tarde.

Mercedes escuchaba inmóvil. La lámpara dibujaba sombras en sus manos.

—¿Te pidió algo? —preguntó.

—No esa noche. O no como se piden las cosas en los negocios.

Dijo que hablaría con Hartmann, que podía mover créditos, adelantar pagos sobre trigo, comprar una parte de la deuda antes de que Molina cerrara el puño.

Dijo que habría condiciones, naturalmente.

Comercio preferente, embarques, fidelidad de trato.

Yo acepté antes de conocerlas todas, porque cuando un hombre ve el techo de su casa ardiendo no discute la marca del balde.

—¿Y después?

Fernando abrió el sobre. Dentro había una carta de Wilhelm, no la primera, sino una posterior, fechada meses después, con una letra firme, severa, casi sin tachaduras. No se la entregó a Mercedes; la puso sobre la mesa entre ambos. Ella no la tocó.

—Después pagué lo que pude. Durante años. Trigo, acuerdos, favores, respeto que quizá ya era deuda con otro nombre. Wilhelm nunca me cobró como Molina. Eso no significa que no haya cobrado. A veces la gratitud cobra más despacio y por eso cobra más hondo.

—¿Qué falta? —preguntó Mercedes.

Fernando miró la carta. Había leído sus frases tantas veces que algunas parecían escritas dentro de él.

No decían lo que Wilhelm, según Anselmo había aprendido, había prometido completo a Hartmann.

Fernando no conocía todos esos términos.

Pero sabía lo suficiente para sentir que la ayuda no había terminado de pagarse nunca.

—No lo sé entero —dijo—. Esa es la vergüenza.

Wilhelm siempre me dijo que lo arreglaría por su lado.

Hartmann no trató conmigo directamente más allá de lo indispensable.

Yo debía sostener comercio, cumplir embarques, no faltar a la palabra dada.

Lo hice mientras pude. Después vinieron otras malas temporadas, Joaquín, la enfermedad, reparaciones, el mal precio, Molina otra vez.

Cada vez que creí estar saliendo, encontraba una nueva forma de deber.

Pero hay algo más. Siempre hubo algo más en la manera en que Wilhelm hablaba de Hamburgo, de los hijos, de la siguiente generación.

Mercedes entendió antes de que él lo dijera. Fernando lo vio en su rostro.

—Anselmo —murmuró ella.

El nombre los dejó en un silencio más delicado que todos los anteriores.

Fernando pensó en el joven Brandt: correcto, serio, con los ojos de alguien que había recibido una noticia demasiado grande para su edad; lo había visto algunas veces junto a Otto, en la iglesia, en la trilla, en las conversaciones sobre la sacristía.

Y pensó, con una culpa que le revolvió el estómago, que quizá el muchacho cargaba algo nacido de su propia desesperación de 1899.

No sabía detalles. No tenía derecho a afirmar.

Pero los rumores de Hamburgo, los Hartmann, la urgencia de Wilhelm, el modo en que Otto cuidaba cada palabra, todo formaba una figura que Fernando habría preferido no reconocer.

—Si ese muchacho parte por una promesa que empezó conmigo —dijo—, entonces no sé cómo seguir mirándome como padre de Constanza.

Mercedes no respondió de inmediato. Su inteligencia, tan rápida para el salón, se volvió lenta ante lo que importaba.

—Constanza no sabe nada.

—No.

—Y si lo supiera, no sé qué haría con eso.

—Yo sí. Cargaría más de lo que debe y lo llamaría justicia para no admitir que la lastima.

Mercedes bajó la mirada. Ambos conocían a su hija.

Constanza no era de las que dejan una deuda moral en la mesa solo porque los adultos le dicen que no le corresponde tocarla.

Si supiera que Los Robles había sido sostenido por una promesa que ahora arrastraba a Anselmo hacia Hamburgo, no se limitaría a compadecerlo ni a perdonarlo.

Intentaría ordenar el daño, distribuir culpas, absolver a su padre o castigarlo, tal vez alejarse de Anselmo por orgullo, tal vez acercarse por responsabilidad.

Ninguna de esas posibilidades parecía limpia.

—Tampoco podemos usar la ignorancia de ella para empujarla hacia Rodrigo —dijo Fernando.

—No estoy empujándola hacia Rodrigo para esconder a Anselmo.

—Pero podríamos terminar haciéndolo.

Mercedes cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, había menos defensa en ellos.

—Rodrigo es bueno.

—Lo sé.

—Y Anselmo puede irse.

—Lo sé.

—Y Constanza puede sufrir por una sombra que ni siquiera sabe si la mira.

Fernando apoyó ambas manos sobre la mesa.

Había en esa frase una verdad que no quería admitir.

Una hija podía sufrir por un hombre que no se quedaba, pero también podía perder una vida tranquila por la esperanza de que se quedara.

Los padres, pensó con amargura, quieren para los hijos la felicidad y la seguridad, y cuando ambas se contradicen suelen llamar madurez a elegir la segunda.

—No quiero que Rodrigo sea un refugio contra una verdad que nosotros callamos —dijo.

—Entonces habla con Wilhelm.

La propuesta llegó sin preparación. Fernando la miró como si Mercedes acabara de abrir una ventana en pleno temporal.

—¿Ahora?

—No esta noche, hombre, que hasta la culpa necesita dormir. Pero sí. Habla con Wilhelm. Si hay algo que todavía pesa entre ustedes, al menos que deje de moverse en la oscuridad alrededor de nuestros hijos.

Nuestros hijos. No nuestras hijas. Hijos.

La palabra incluyó por un instante a Joaquín sin nombrarlo y a las cuatro muchachas sin reducirlas a destino matrimonial.

Fernando sintió que algo en él cedía. No era alivio.

Era más parecido al cansancio que sobreviene cuando uno deja de sostener una puerta cerrada con el cuerpo.

—Wilhelm está enfermo.

—Entonces habla antes de que la enfermedad se vuelva otra excusa honorable.

Fernando soltó una risa seca.

—Tienes un talento cruel para la exactitud.

—Lo desarrollé viviendo contigo.

Esta vez la risa fue de ambos, pequeña, rota, necesaria.

Después Mercedes se puso de pie y rodeó la mesa.

Tomó la carta vieja de Wilhelm y la leyó por encima, no cada línea, quizá porque todavía respetaba una intimidad masculina que había hecho demasiado daño pero seguía siendo intimidad. Luego la dejó donde estaba.

—Mañana manda llamar a don Eulogio —dijo—. Quiero saber, sin adornos tuyos ni delicadezas de él, qué parte de Los Robles puede respirar si vendemos animales, si guardamos trigo o si negociamos con Molina antes de septiembre. Y después ve donde Wilhelm.

—Das órdenes con mucha facilidad para alguien en camisón.

—El camisón no disminuye la autoridad. Solo la vuelve más honesta.