El peso de la tierra Capítulo 11 Las cuentas de Fernando #2
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Capítulo 11 Las cuentas de Fernando #2

Mercedes se sentó al fin, no frente a él sino a un costado, como si no quisiera convertir la conversación en juicio.

La luz de la lámpara le marcaba la cara con sombras más duras de las que el día permitía ver.

Fernando recordó de pronto a la muchacha con la que se había casado: el cuello erguido, la risa rápida, el orgullo de entrar a Los Robles como señora de una casa que todos respetaban.

No era que Mercedes hubiera perdido esa mujer.

La había doblado muchas veces, como se dobla una tela fina para que quepa en un baúl demasiado pequeño, y la seguía sacando en los días de visita, bien planchada, casi intacta a los ojos ajenos.

Él la había amado por su alegría. Ahora la amaba, aunque pocas veces supiera decirlo, por la forma en que había aprendido a mentir socialmente para que sus hijas no oyeran romperse el techo.

—Tomás Rioseco volverá el domingo —dijo ella.

—Lo sé.

—No lo digo como cifra.

—Pero entra en la libreta aunque no la escribamos.

Mercedes lo miró. La frase los dejó quietos.

Afuera, una rama del nogal raspó el muro con un sonido largo.

El nombre de Tomás, que durante el día había traído cierta dulzura alrededor de Presentación, se volvió de pronto parte de la misma mesa donde estaban Molina, la hipoteca y el trigo.

Fernando sintió un asco de sí mismo tan fuerte que tuvo que bajar la mirada.

—Presentación parece tranquila con él —dijo Mercedes, más bajo—. Eso importa.

—Importa más que todo lo demás.

—No más. Pero sí primero.

La corrección era exacta, y por eso dolorosa.

En otra vida, quizá habrían podido decir solo: nuestra hija quiere a un hombre bueno.

En esta debían añadir, aunque fuera en silencio: y ese hombre bueno pertenece a una familia que no nos hundirá más.

La decencia de Tomás no quedaba anulada por su conveniencia, pero la conveniencia manchaba el modo en que ellos la miraban.

Fernando pensó en Presentación inclinada sobre una partitura, en su rubor tranquilo, en la manera en que Tomás la escuchaba.

Rezó sin palabras para que allí hubiera algo real, algo que pudiera sobrevivir a las razones prácticas con que sus padres lo agradecían.

—Y Rodrigo —dijo Mercedes.

Fernando cerró los ojos. Había esperado el nombre. Aun así le pesó.

—Rodrigo es otra cosa.

—Sí.

—Constanza no lo quiere.

—Constanza no quiere que nadie decida qué puede querer.

—No es lo mismo.

—No. Pero se parece lo suficiente para confundir a una madre cansada.

Fernando se levantó otra vez, incapaz de permanecer sentado bajo ese nombre.

Rodrigo Ovalle era, quizá, la posibilidad más cruel precisamente porque no ofrecía un motivo claro para rechazarlo.

Era respetuoso, estable, dueño de una casa sana, viudo sin amargura visible, hombre de palabra en los asuntos concretos.

Había ayudado en el bajo sin teatro, había tratado a Constanza con cuidado y no parecía buscar en ella una muchacha dócil, sino una compañía que quizá sabía difícil.

Todo eso debería tranquilizarlo. En cambio, lo hacía sentirse peor.

Porque si un hombre indigno se acercara a su hija, Fernando podría defenderla con la autoridad que aún conservaba.

Frente a un hombre bueno, la defensa se volvía menos evidente y por eso más necesaria.

—No la empujes —dijo.

Mercedes respiró hondo.

—No soy una carreta, Fernando.

—A veces eres toda la yunta.

La frase salió más dura de lo que quería. Mercedes no se ofendió de inmediato. Eso fue peor. Se quedó mirándolo con una tristeza breve, como si hubiera encontrado bajo la irritación algo que ambos sabían y ninguno deseaba tocar.

—Si yo tiro —dijo ella— es porque siento que la casa se hunde y tú te quedas mirando el barro para no admitir que ya nos llegó a las rodillas.

Fernando apoyó una mano en el respaldo de la silla.

Quiso responder, pero no encontró nada justo.

Mercedes tenía razón en una parte y era injusta en otra, como suelen serlo las personas que hablan desde el miedo.

Él no se quedaba mirando el barro por indiferencia.

Lo miraba porque conocía el barro, porque había sentido durante años cómo subía de a poco, porque cada movimiento para salir parecía arrastrar a alguien más hacia abajo.

Pero también era cierto que su silencio había obligado a Mercedes a volverse voz, cálculo, estrategia y a veces empuje.

Tal vez las hijas resentían en ella lo que él, por amor o cobardía, no se atrevía a hacer abiertamente.

—No quiero que Constanza pague por mí —dijo.

—Yo tampoco.

—Pero lo estamos pensando.

Mercedes apretó los labios. No lloró. Mercedes rara vez lloraba donde el llanto pudiera ser usado contra la utilidad de una conversación.

Se levantó, caminó hacia el mapa del departamento y tocó con dos dedos el punto donde estaba marcado Los Robles.

Ese gesto, casi infantil, hizo que a Fernando le doliera el pecho.

—No pienso en venderla —dijo ella, de espaldas.

—¿A Constanza?

—A ninguna. Y no uses esa palabra conmigo si no quieres que te odie durante lo que queda de la noche.

Pienso en que sobrevivan. Pienso en Presentación con un hombre que no la humille.

Pienso en Constanza con una casa donde su inteligencia no sea tratada como enfermedad.

Pienso en Josefina y Amparo antes de que el pueblo aprenda a medirlas con nuestra pobreza.

Pienso en que Joaquín no está y todos fingen que eso solo nos rompió el corazón, cuando también nos cambió el lugar en el mundo.

El nombre de Joaquín entró en la habitación como entra el frío cuando se abre una puerta que nadie ha usado en años.

Fernando cerró los ojos. Su hijo había muerto a los cinco años, en un invierno que dejó dentro de Los Robles una humedad que nunca terminó de secarse.

Fiebre, tos, remedios tardíos, promesas a santos, Mercedes sentada junto a una cama pequeña durante noches que a Fernando le parecieron una sola noche sin borde.

Después vino el entierro, el silencio, las niñas demasiado pequeñas para entender del todo, los hombres del campo quitándose el sombrero.

Y luego, debajo del duelo, esa otra verdad indecente que nadie pronunció: sin Joaquín, la casa quedaba sin heredero varón, sin ese futuro que los vecinos daban por necesario aunque no se atrevieran a decirlo frente a una madre con los ojos secos de tanto llorar.

—No lo metas en esto —dijo Fernando, con voz quebrada.

Mercedes se volvió.

—Siempre estuvo en esto. Cada vez que alguien pregunta por el futuro de Los Robles y mira por encima de nuestras hijas como si buscara al hijo que falta.

Cada vez que tú firmas un papel sabiendo que ningún muchacho de esta casa vendrá después a defender el apellido con voz de hombre.

Cada vez que yo sonrío a una madre con hijo soltero y finjo que solo pienso en el chocolate.

Joaquín está en esto, Fernando, porque su ausencia también la cobran.

Él se cubrió la cara con una mano. No lloró.

Hizo algo peor: respiró como un hombre que intenta no hacerlo.

Mercedes no se acercó de inmediato. Le dio ese segundo de dignidad rota que a veces es lo único que una persona puede ofrecer a otra.

Luego se aproximó y apoyó una mano sobre su hombro. No era consuelo. Era permanencia.

—Perdóname —dijo ella.

—No. No pidas perdón por decir lo que yo no puedo.

Se quedaron así un rato, sin hablar. La lluvia llenaba los silencios con una constancia casi piadosa. Cuando Fernando recuperó la voz, no miró a Mercedes sino a la carpeta de Molina.

—En mil ochocientos noventa y nueve —dijo— yo creí que la humillación tenía fondo.

Mercedes retiró lentamente la mano de su hombro. No hizo preguntas. Sabía que él iba a hablar, y cualquier ayuda prematura podía cerrar la puerta.

—Mi padre había muerto hacía menos de un año.

Las cuentas que dejó no eran cuentas; eran trampas con firma antigua.

Todos hablaban de respeto, de apellido, de lo que los Zúñiga habían sido en esta zona, y yo apenas podía pagar el trigo que ya estaba comprometido antes de cosecharse.

Pedí plazo a unos, vendí animales que no debía vender, hipotecamos una parte menor con la esperanza de que la próxima temporada limpiara la anterior.

Ya sabes cómo terminan esas esperanzas cuando se las alimenta con orgullo.

Mercedes volvió a sentarse. Esta vez frente a él.

—Nunca me lo contaste así.

—Porque todavía quería que me miraras como al hombre con quien te habías casado.

—Te habría mirado igual.

—No. Me habrías querido igual. No es lo mismo.

La distinción quedó entre ellos, dolorosa y exacta.

Mercedes no la contradijo. Fernando abrió otro cajón, sacó una llave pequeña y, de una caja baja, retiró un sobre viejo, amarillento, atado con una cinta descolorida.

No contenía los papeles de Molina. Esos eran nuevos, vulgares, casi administrativos.

Este sobre pertenecía a otra clase de deuda.

Mercedes lo reconoció sin haberlo visto antes.

—Wilhelm —dijo.

Fernando asintió.

—Fui a buscarlo una noche de julio. No al escritorio. Al galpón. Durante años me dije que fue porque llovía y el galpón estaba más cerca del camino. Mentira. Fui al galpón porque un hombre puede arrodillarse más fácilmente donde huele a animales que donde hay libros y sillas para visitas.

No abrió el sobre todavía. Lo sostuvo entre las manos.

Recordó la noche con una precisión que los años no habían disminuido: la lluvia golpeando las tablas, el barro hasta los tobillos, la lámpara de aceite colgada de un clavo, Wilhelm más joven, ancho de hombros, con la camisa arremangada y la cara de quien ya ha entendido la desgracia ajena antes de que se la expliquen.

Fernando había llevado los papeles dentro de la chaqueta para que no se mojaran.

Qué absurdo cuidado, pensó ahora: proteger de la lluvia unos documentos que podían ahogar una casa entera.