El peso de la tierra Capítulo 11 Las cuentas de Fernando
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Capítulo 11 Las cuentas de Fernando

La lluvia siguió cayendo sobre Los Robles después de la cena, no con violencia, sino con esa constancia humilde que a veces resulta más temible que un temporal.

En el comedor, las voces de las niñas se fueron apagando de a poco: primero Amparo, rendida por el barro y por la emoción de haber imaginado todas las desgracias posibles de la visita al bajo sin haber asistido; luego Josefina, que todavía intentó reconstruir con preguntas el encuentro entre Constanza, Rodrigo y Anselmo hasta que Mercedes la mandó a dormir con una severidad digna de mejores causas.

Presentación subió después, llevando consigo una partitura que Tomás le había prestado y una sonrisa tan leve que solo podía ser descubierta por quienes la querían demasiado.

Constanza fue la última en retirarse. Fernando la vio pasar junto al umbral de la sala, con el vestido ya cambiado, el cabello seco pero todavía algo oscuro en las sienes, y una expresión que no era cansancio simple.

Traía en los ojos el aspecto de quien ha visto algo que no cabe todavía en las palabras disponibles de la casa.

Él no la llamó. Habría podido preguntarle por la visita, por Rodrigo, por la mano que ya parecía curada, por el barro del bajo, por las familias que habían recibido harina.

Habría podido incluso preguntarle por Anselmo Brandt, porque los hombres silenciosos también oyen lo que nadie les cuenta directamente, y desde hacía semanas el apellido Brandt entraba en Los Robles con una frecuencia que no podía explicarse solo por clavos de sacristía y maderas mojadas.

Pero no la llamó. Una parte de su paternidad, quizá la más cobarde, consistía en no formular preguntas cuyas respuestas podían exigirle actuar.

Dejó que Constanza subiera la escalera y esperó a que el último crujido de madera se perdiera antes de tomar la lámpara y caminar hacia el escritorio.

El escritorio de Fernando Zúñiga había sido de su padre y antes, según una versión familiar repetida con más orgullo que documentos, de un tío abuelo que firmó papeles durante una guerra sin entender del todo de qué lado le convenía quedar la posteridad.

Era una habitación pequeña, con una ventana hacia el patio, estantes oscuros, olor a cuero viejo y un escritorio ancho que imponía más autoridad de la que su dueño sentía al sentarse frente a él.

Sobre la pared colgaba un mapa del departamento, amarillento en los bordes, donde Los Robles aparecía señalado con una tinta antigua que el tiempo había vuelto color ladrillo.

Fernando lo miró un instante antes de dejar la lámpara.

Le ocurría a menudo: necesitaba ver el nombre de la propiedad escrito en un papel para recordar que todavía no la había perdido.

Encendió la segunda lámpara, cerró la puerta y sacó del cajón la carpeta de Molina.

No era una carpeta grande. Eso era lo peor.

Las ruinas verdaderas, había aprendido, rara vez ocupaban mucho espacio.

Bastaban unos pagarés doblados, tres recibos, dos cartas con fórmulas de cortesía y una libreta donde las cifras se alineaban con esa obediencia cruel que no poseían las personas.

Molina escribía con una letra redonda, casi amable, y esa amabilidad volvía más odiosa cada línea.

Vencimiento prorrogado. Interés acumulado.

Garantía sobre cosecha futura. Eventual revisión de hipoteca.

Fernando pasó los dedos sobre las palabras sin leerlas de inmediato.

Las sabía. Las había leído tantas veces que ya no necesitaban ojos para herirlo.

Don Eulogio había dejado esa tarde, antes de la lluvia, una nota breve bajo la puerta: la acequia del bajo requería reparación antes de la próxima crecida; dos bueyes estaban cansados y convenía no exigirles más en invierno; una parte del granero occidental necesitaba tablas nuevas; el precio del trigo, según noticias del pueblo, no prometía mejorar lo suficiente para esperar milagros.

Don Eulogio no adornaba las malas noticias.

Las ponía en el papel como ponía los sacos en el granero: firmes, en orden, sin fingir que por ordenarlas pesaban menos.

Fernando agradecía esa lealtad y la temía.

Un administrador que miente por compasión puede arruinar una casa; uno que dice la verdad obliga al dueño a mirarse.

Se sentó. La madera de la silla crujió bajo su peso con una queja conocida.

Afuera, la lluvia golpeaba el nogal del patio y caía después sobre la mesa larga, donde durante el día había quedado el recuerdo húmedo de las botas de sus hijas, el paquete de Rosa, la harina del bajo y las frases que nadie había pronunciado en la cena.

Fernando abrió la libreta y tomó la pluma.

Sumó dos columnas, corrigió una cifra, restó lo que debía a lo que esperaba recibir y descubrió, por enésima vez, que la aritmética tenía menos misericordia que la peor de las vecinas.

Los Robles seguía en pie, pero no porque estuviera sano.

Seguía en pie como un hombre enfermo que sabe apoyarse en las paredes cuando otros lo miran.

La deuda con Molina era la más visible, pero no la única.

Había cuentas menores en el pueblo, compromisos con trabajadores que debían pagarse antes de cualquier dignidad doméstica, gastos de mantención postergados, reparaciones que la lluvia volvería urgentes y una cosecha que, aun siendo decente, no alcanzaba a borrar años de decisiones tomadas tarde.

Fernando conocía todos los argumentos que podían absolverlo parcialmente.

Su padre le había dejado una propiedad cargada de obligaciones; el mercado había cambiado; los caminos, los intermediarios y los créditos favorecían a quienes ya tenían espalda para esperar; la muerte de Joaquín había roto no solo el corazón de la casa sino también la continuidad que todos daban por segura.

Eran argumentos verdaderos. También eran inútiles a las tres de la madrugada, frente a una libreta donde una hija podía convertirse, sin que nadie escribiera su nombre, en la única salida practicable.

Apartó la pluma con brusquedad. No. Esa era la línea que todavía defendía, incluso de sí mismo.

Presentación no era una forma elegante de mejorar el crédito familiar.

Constanza no era una hipoteca con ojos inteligentes.

Josefina y Amparo no eran plazos futuros esperando marido.

Y, sin embargo, la vida no necesitaba que uno formulara una indecencia para hacerla actuar.

Bastaba con permitir que una visita correcta llegara en el momento oportuno, que un pretendiente decente encontrara la mesa bien puesta, que un viudo respetuoso ofreciera una casa donde la hija no sufriría miseria.

Nadie diría jamás “paguemos con ellas”. Mercedes no lo diría.

Él no lo diría. El mundo, que rara vez necesita ser nombrado para imponerse, se encargaría de hacer el resto.

Se levantó y caminó hasta la ventana. El vidrio devolvió su reflejo: un hombre de poco más de cincuenta años que parecía haber envejecido en saltos, no por el tiempo sino por los sobres.

Todavía conservaba cierta presencia de patrón antiguo, la estatura, la forma de llevar el chaleco, la voz que en el campo seguía ordenando sin gritar.

Pero en los ojos había una fatiga que no pertenecía al trabajo físico.

Sus trabajadores terminaban la jornada con la espalda rota y dormían, si la preocupación los dejaba; él pasaba el día casi sin levantar un saco y llegaba a la noche como si hubiera cargado todos.

Se avergonzó de esa comparación. La vergüenza era una costumbre tan instalada que a veces ya no sabía distinguir cuándo nacía de justicia y cuándo de simple orgullo herido.

La puerta se abrió sin golpe previo. Mercedes entró con un chal oscuro sobre el camisón y una vela en la mano.

No parecía sorprendida de encontrarlo despierto.

Tampoco él se sorprendió de verla allí. Después de tantos años, el matrimonio había aprendido a reunirse en los lugares donde el miedo se volvía más denso, aunque durante el día cada uno fingiera llevarlo por separado.

—Si sigues mirando las cuentas con esa cara, van a terminar cobrándote por compasión —dijo ella, cerrando la puerta detrás.

—Molina no conoce esa palabra.

—La conoce. La deletrea interés.

Fernando sonrió apenas. Mercedes dejó la vela sobre una repisa y se acercó al escritorio.

No tomó los papeles. Esa fue su primera delicadeza.

Tenía derecho a verlos, quizá más que nadie, porque administraba la casa con una precisión que muchas veces había impedido que la vergüenza masculina se transformara en hambre doméstica.

Pero no los tomó. Se quedó de pie junto a la silla vacía, mirando la carpeta como si fuera un animal dormido que convenía no despertar de golpe.

—¿Es peor de lo que dijiste? —preguntó.

—Casi siempre es peor de lo que digo.

—Entonces dime una versión útil. La verdad completa a esta hora suele volverse melodramática.

Fernando volvió a sentarse. Durante unos segundos buscó la forma de traducir cifras a una lengua que no destruyera más de lo necesario.

Mercedes sabía sumar, por supuesto; no era ignorante ni frágil.

Pero había diferencias entre saber que una casa estaba complicada y ver el tamaño exacto de la soga.

Él había protegido a su mujer de esa medida durante años, o eso se había contado.

Ahora sospechaba que Mercedes llevaba años protegiéndolo a él de tener que admitir que ella ya la conocía.

—Molina aceptaría prorrogar hasta primavera —dijo—, pero pide garantía sobre parte de la cosecha próxima y una revisión de la hipoteca si no cumplimos antes de septiembre.

Don Eulogio cree que con el precio actual del trigo no conviene vender todo ahora.

Si guardamos, arriesgamos humedad y gasto. Si vendemos, vendemos bajo.

—Siempre me ha molestado que la prudencia y la ruina usen a veces la misma ropa.

—Sí.