El peso de la tierra Capítulo 10 Harina para el bajo #3
13%

Capítulo 10 Harina para el bajo #3

Esa vez el golpe no fue accidental. La frase llevaba Hamburgo adentro, Ilse, la tertulia, las medias respuestas, todo lo que ella no podía preguntar sin quedar expuesta.

Anselmo levantó los ojos. Había cansancio en ellos, no enojo.

Ese cansancio la desarmó durante un segundo y luego la irritó más, porque parecía pedirle que adivinara una carga cuyo nombre se le negaba.

—No todas las promesas se organizan desde la voluntad de quien las cumple —dijo él, muy bajo.

La frase abrió una puerta y la cerró al mismo tiempo.

Constanza sintió que algo en su pecho se detenía.

Pudo haber preguntado qué significaba. Pudo haber dicho Ilse.

Pudo haber dicho Hamburgo. Pudo haber dicho, incluso, que estaba cansada de hablar con él como si cada palabra llegara envuelta en otra.

Pero Rodrigo apareció entonces con un saco al hombro y el momento se quebró.

—Anselmo, si dejamos las tablas largas en mi galpón, puedo mandar dos hombres mañana para llevarlas a la sacristía cuando el camino esté firme —dijo Rodrigo.

—Se lo agradeceré. Padre prefirió no arriesgar la madera en el pueblo.

—Hizo bien.

Los dos hablaron de medidas, caminos y humedad.

Constanza se quedó junto a la carreta con la lona ya entregada y una frase ajena latiéndole en la cabeza: No todas las promesas se organizan desde la voluntad de quien las cumple.

No era una explicación. Era peor: una grieta.

Y ella estaba cansada de grietas. Las grietas dejan pasar luz, sí, pero también frío.

La comitiva decidió no visitar más casas ese día.

Doña Elvira protestó lo justo para que constara su temple, pero aceptó que la lluvia volvía imprudente continuar.

Quedaban paquetes por repartir, y Rodrigo prometió llevarlos con dos hombres al día siguiente.

Anselmo ofreció dejar bajo techo parte de la madera en Las Higueras y acompañar luego la carreta de los Brandt por el tramo peor.

El padre Anacleto bendijo la decisión con la solemnidad de quien en realidad está agradecido de no terminar en una acequia.

Las señoras subieron de nuevo, las mantas se cubrieron, las ruedas avanzaron con esfuerzo y el bajo quedó atrás poco a poco, no como una postal triste sino como un conjunto de casas concretas donde esa noche algunas personas tendrían harina seca, una manta más y quizá un techo pendiente de arreglo.

Durante el regreso, Constanza permaneció sentada junto a Presentación, con el vestido húmedo en el borde y las manos frías bajo los guantes.

Presentación no habló de Anselmo. Esa omisión fue tan deliberada como habría sido una pregunta.

Miró, en cambio, hacia Tomás, que cabalgaba a un costado de la carreta protegiendo con el cuerpo la parte donde entraba más lluvia.

Había en su rostro una suavidad nueva, no soñadora, sino agradecida.

Constanza pensó que Presentación estaba aprendiendo a querer un gesto antes que una idea de amor.

Tal vez esa era una forma sabia de empezar.

Tal vez ella, en cambio, estaba empecinada en querer una pregunta sin respuesta.

Rodrigo cabalgaba adelante, indicando el tramo menos malo del camino.

A veces volvía la cabeza para asegurarse de que la carreta siguiera; una vez se acercó a preguntar si Constanza tenía frío, y aceptó su “no” sin discutir aunque ambos supieran que mentía.

Anselmo iba detrás con la carreta menor, más lejos, cubierto de lluvia y trabajo, de tal modo que su presencia no podía llamarse compañía ni ausencia.

Constanza se descubrió escuchando el ruido de sus ruedas con más atención que las palabras de doña Elvira.

Se reprendió a sí misma. Luego volvió a escucharlas.

Cerca del pueblo, las comitivas se separaron.

Rodrigo llevaría la carreta de paquetes restantes a Las Higueras; Anselmo desviaría la madera hacia el mismo galpón y luego regresaría a la casa Brandt.

El padre Anacleto bajó de su mula con la dignidad de quien ha sobrevivido a una campaña militar y prometió recordar en misa que la caridad bajo lluvia contaba doble, aunque no especificó ante quién.

Mercedes ordenó a Presentación y Constanza subir al coche cubierto de doña Elvira para el último tramo, porque el viento se estaba volviendo frío.

Antes de hacerlo, Constanza quedó un momento junto a la carreta, sola en apariencia, quitándose harina húmeda del guante.

Anselmo se acercó para dejar una lista en manos del padre, pero el cura había entrado a la sacristía. La lista quedó entre ellos. Él la sostuvo, dudó y finalmente habló.

—Lamento si mi frase de antes fue otra media explicación.

Constanza miró la harina pegada al cuero del guante. No quería verlo. Lo vio.

—Al menos esta vez reconoce la mitad.

—Reconozco más de lo que puedo decir.

—Eso no mejora las cosas para quien escucha.

—Lo sé.

Había tanta verdad cansada en esas dos palabras que Constanza sintió que la rabia se le quedaba sin filo.

Pero no podía aceptar otra puerta cerrada solo porque la llave pareciera dolerle a él también.

Levantó la cabeza. La lluvia le había oscurecido el cabello en las sienes; el rostro de Anselmo estaba pálido de frío, o de otra cosa.

Durante un segundo, lejos de las señoras, de Rodrigo, de Hamburgo y de Ilse, parecieron dos personas a punto de decir algo sencillo.

Pero lo sencillo no tenía espacio en esa historia todavía.

—Entonces no diga nada que parezca pedir confianza —dijo ella—. La confianza no se puede construir con partes omitidas.

Anselmo recibió la frase como si no fuera un reproche nuevo, sino la formulación exacta de uno que ya se había hecho a sí mismo. Miró hacia la sacristía, luego hacia Las Higueras, donde Rodrigo organizaba la carreta con los peones, y finalmente volvió a ella.

—Tiene razón —dijo.

Constanza casi habría preferido que no la tuviera.

—Buenas tardes, señor Brandt.

—Buenas tardes, señorita Zúñiga.

La despedida fue correcta. Otra vez. Siempre lo correcto entre ellos, cuando lo único que parecía tener alguna esperanza era precisamente lo que no cabía en la corrección.

Constanza subió al coche de doña Elvira con las manos húmedas y el paquete de Rosa ya entregado, sintiendo que la jornada había dejado más cosas en el bajo de las que había llevado: harina, mantas, madera, una imagen de Dominga sosteniendo pan, Rodrigo arrodillado junto a un poste vencido, Anselmo empujando una rueda en el barro, una promesa que no nacía de la voluntad y otra frase imposible de ordenar.

Al llegar a Los Robles, Rosa salió a recibirlas antes de que Mercedes pudiera llamar.

Constanza bajó con cuidado, cansada, mojada y con los zapatos pesados.

Le dijo que el paquete había sido entregado en mano.

Rosa no preguntó más. Solo asintió y miró hacia la cocina, como si allí pudiera guardar la noticia hasta entender qué parte de sí misma había regresado con ella.

—Dijo que usted era mandona para querer bien —añadió Constanza.

Rosa soltó una risa breve, casi una tos de alegría, y se limpió las manos en el delantal.

—La Dominga siempre fue mala agradeciendo.

—No parecía mala. Parecía exacta.

—Eso es peor para algunos.

Mercedes, demasiado cansada para intervenir, entró hacia la sala pidiendo ropa seca, chocolate caliente y una vida menos inclinada al barro.

Presentación siguió detrás con una sonrisa pequeña que probablemente tenía nombre de Tomás.

Constanza quedó un instante en el corredor, mirando la lluvia caer sobre el patio y la mesa bajo el nogal, ahora vacía y brillante de agua.

Pensó en las casas del bajo, en Dominga, en Rodrigo, en Anselmo.

Pensó que su mundo era más ancho de lo que las tertulias permitían ver y más estrecho de lo que su orgullo necesitaba para respirar.

Esa noche, antes de dormir, encontró harina seca en la costura de un guante.

La raspó con la uña y el polvo cayó sobre la mesa como una memoria mínima.

No era la harina del pan de Rosa ni la del saco de Rodrigo ni la que Anselmo había llevado pegada en la manga después de empujar la carreta.

Era todas y ninguna. Una señal pobre, casi ridícula, de que el día había mezclado cosas que ella prefería mantener separadas: caridad y orgullo, seguridad y deseo, verdad y media frase, la casa propia y las casas ajenas. Apagó la lámpara sin abrir el libro.

En la oscuridad, la frase de Anselmo volvió una vez más, obstinada como lluvia sobre techo bajo: no todas las promesas se organizan desde la voluntad de quien las cumple.

Constanza no quiso creerle. Todavía no. Pero por primera vez desde que oyó el nombre de Ilse Hartmann, la posibilidad de que hubiera entendido mal no le pareció una derrota.

Le pareció algo peor: una responsabilidad.