Capítulo 11 Las cuentas de Fernando #4
Fernando la miró y, por primera vez esa noche, sintió una ternura que no venía mezclada de culpa.
Mercedes era insoportable, sí. Estratégica, implacable, capaz de convertir una visita dominical en campaña militar y una frase imprudente en sentencia doméstica.
Pero estaba allí, a medianoche, frente a las cuentas que él había querido cargar solo, dispuesta a mirar la vergüenza sin apartarse.
Esa forma de amor, pensó, rara vez aparecía en los libros que leían las muchachas.
Tal vez porque era menos hermosa que necesaria.
—Mercedes —dijo.
Ella se detuvo junto a la puerta.
—¿Sí?
—No soy el hombre que creí prometerte.
La frase salió baja, sin preparación. Mercedes volvió despacio. Durante un segundo, Fernando temió que ella intentara consolarlo. No lo hizo. Caminó hasta él, le tomó la cara entre las manos con una firmeza que no tenía nada de juvenil y lo obligó a mirarla.
—Ninguno de los dos es lo que prometió —dijo—. Yo tampoco soy la muchacha que entró a esta casa creyendo que bastaba con quererla. Pero seguimos aquí. Eso no paga a Molina, ya lo sé. Pero tampoco es poco.
Lo besó en la frente. No en la boca. Ese gesto, casi maternal, casi de compañera de guerra, lo conmovió más de lo que habría soportado admitir. Luego salió del escritorio, llevándose la vela. Fernando quedó solo con las lámparas, los papeles y el mapa.
No volvió a sumar de inmediato. Sacó una hoja limpia y escribió el nombre de Wilhelm Brandt en la parte superior.
La pluma se quedó allí. No sabía si estaba comenzando una carta, una solicitud de visita, una confesión o una rendición tardía.
Durante mucho tiempo miró el nombre, igual que Anselmo, en otra casa, había mirado el de Constanza sin saber cómo seguir.
Fernando no conocía esa coincidencia. La tierra, si recordaba, la guardó para sí.
Al fin escribió apenas una línea: Necesito hablar contigo de lo que no terminamos de decir en 1899.
La frase le pareció pobre. También verdadera. La dejó secar. No la dobló. No la envió. No todavía. Pero por primera vez en muchos años, una parte de la deuda había pasado del silencio al papel, y ese tránsito, aunque mínimo, cambió el aire del cuarto.
Afuera, la lluvia empezó a disminuir. Fernando abrió la ventana lo suficiente para que entrara el olor del patio mojado.
El nogal goteaba sobre la mesa larga, los corrales dormían, el camino hacia el bajo debía estar convertido en barro y, más lejos, la casa Brandt tendría alguna luz encendida para un viejo que tosía y un muchacho que quizá preparaba su partida.
Los Robles seguía en pie. No limpio, no seguro, no salvado.
En pie. Por deudas, por trabajo, por mujeres que administraban el miedo, por hombres que habían pedido ayuda tarde, por promesas hechas en galpones y por hijas que aún creían estar eligiendo solo entre su orgullo y sus sentimientos.
Fernando cerró los ojos. Pensó en Presentación, en la dulzura posible de Tomás; en Josefina y Amparo, todavía demasiado jóvenes para saber cuánto puede costar una frase oportuna; en Constanza, con harina en los guantes y preguntas que él no se atrevía a provocar.
Pensó en Joaquín, no como heredero perdido, sino como niño: el peso tibio de su cuerpo dormido, la mano pequeña cerrada sobre un botón de su chaqueta, la fiebre que no pudieron bajar.
Durante años había dejado que la muerte de su hijo se transformara en argumento económico dentro de su cabeza.
Esa noche intentó devolverlo a su tamaño verdadero.
Un hijo no era una solución que había faltado. Era un niño que habían amado y perdido.
Cuando volvió al escritorio, tomó la libreta de Molina y la cerró.
Las cifras seguirían allí al día siguiente.
No por cerrar la libreta dejarían de exigir.
Pero esa noche, al menos, Fernando entendió que las cuentas de Los Robles no podían seguir ordenándose solo alrededor del miedo.
Si había que perder algo, vender algo, pedir algo, confesar algo, debía hacerlo él antes de permitir que sus hijas aprendieran demasiado tarde que la casa las había estado usando como muros de contención.
Apagó una lámpara. Dejó encendida la otra junto a la hoja para Wilhelm.
Después salió al corredor y caminó despacio hacia la escalera.
Al pasar frente a la pieza de Constanza, vio una línea de luz bajo la puerta.
Levantó la mano, casi golpeó, casi preguntó si seguía despierta.
No lo hizo. No por cobardía esta vez, o no solamente.
Comprendió que aún no tenía una verdad suficientemente limpia para entregarle.
Pero apoyó la mano un instante sobre la madera, como si pudiera decirle a través de ella lo que ninguna hija debería tener que adivinar: que su padre estaba intentando llegar a tiempo.
La luz se apagó del otro lado antes de que él se moviera. Fernando bajó la mano y siguió hacia su cuarto. En el escritorio, la hoja con el nombre de Wilhelm quedó secándose bajo la lámpara, mientras la lluvia, afuera, terminaba por volverse apenas un goteo sobre la tierra cansada.