Capítulo 10 Harina para el bajo
La mañana de la visita parroquial amaneció con un cielo bajo, de un gris tan parejo que parecía haber sido extendido con cuchillo sobre los cerros.
En Los Robles, el frío entraba por las junturas de las ventanas antes de que Rosa alcanzara a encender bien la cocina, y el olor de la leña húmeda se mezclaba con el del pan reciente, la lana guardada y la harina que Mercedes había mandado separar desde la víspera en dos sacos más pequeños, “para no llegar con manos de señoritas inútiles”, según dijo, aunque ninguna de sus hijas supo si la frase iba dirigida a ellas, a las vecinas o a sí misma.
La visita al bajo, organizada por el padre Anacleto y doña Elvira, tenía oficialmente un propósito sencillo: repartir mantas, harina, algo de grasa, ropa usada y remedios menores a familias que pasarían el invierno con más barro que techo.
Pero en una casa como Los Robles nada era nunca solo lo que decía ser, y Constanza sintió desde el desayuno que aquella excursión llevaba adentro demasiadas cosas: la invitación de Rodrigo, la vigilancia de Mercedes, la posibilidad de encontrarse con Anselmo y la obligación, más incómoda que todas, de mirar de cerca una pobreza que en las conversaciones de salón solía viajar convertida en virtud cristiana.
Rosa preparó un paquete aparte, envuelto en un paño oscuro y atado con una cinta sin adorno.
Lo puso sobre la mesa de la cocina mientras Constanza buscaba sus guantes y Mercedes daba instrucciones desde el corredor como si el bajo quedara al otro lado del mundo y no a unas leguas de caminos malos.
El paquete no tenía la apariencia ordenada de la caridad parroquial.
Era más pequeño, más personal, y eso bastó para que Constanza lo mirara con atención.
Rosa se dio cuenta, como se daba cuenta de casi todo, y apoyó una mano sobre el nudo antes de empujarlo hacia ella.
—Si pasan por la casa de Dominga Millacura, déjele esto —dijo—. Es prima de mi madre. No está en la lista del padre, porque a la gente que no molesta siempre se le olvida ponerla en las listas.
Constanza tomó el paquete. Pesaba poco: quizá un pan, algo de grasa, dos ovillos de lana, alguna medicina doméstica que Rosa no nombraría delante de doña Mercedes para no provocar discusiones sobre superstición y botica.
Sintió una incomodidad inmediata, no por el encargo, sino porque el paquete volvía concreta una red que ella había tratado muchas veces como paisaje de fondo.
Rosa no era solo la mujer que amasaba en Los Robles ni la voz baja que decía verdades junto al fogón.
Tenía primas, muertos, obligaciones, memorias y personas que podían quedar fuera de una lista redactada en la mesa de una señora bien intencionada.
Esa constatación no debía sorprenderla. Precisamente por eso le dio vergüenza.
—Se lo entregaré —dijo.
—En mano, si está.
—En mano.
Rosa asintió, satisfecha no por la promesa sino por la forma en que Constanza la había repetido.
Luego volvió al horno, y el momento terminó sin solemnidad.
Así ocurría a menudo con las cosas importantes en la cocina: se decían entre pan, brasas y órdenes prácticas, y solo después, cuando una ya estaba en el camino, descubrían su peso.
Mercedes decidió acompañar a Constanza, no porque dudara de su capacidad para entregar mantas y harina, sino porque dudaba profundamente de la capacidad del mundo para no interpretar mal cualquier escena en que su hija apareciera cerca de Rodrigo Ovalle.
Presentación también iría, con la excusa de ayudar a clasificar ropa; Tomás Rioseco se había ofrecido a llevar unos paquetes desde su casa y Mercedes aceptó con una expresión tan serena que Constanza comprendió que su madre llevaba días esperando exactamente esa oferta.
Josefina y Amparo protestaron por quedar excluidas hasta que Fernando, con la paciencia cansada de quien prefería enfrentar una deuda antes que dos hijas aburridas, les prometió llevarlas otro día al molino si no convertían la visita parroquial en juicio público.
Esa promesa las contuvo, aunque Amparo declaró que la caridad parecía mucho más interesante cuando se la negaban.
La carreta de Rodrigo las esperaba cerca de la iglesia.
No era una carreta elegante, sino firme, ancha, con los costados reforzados y una lona limpia preparada por si la llovizna decidía volverse lluvia.
Sobre ella ya estaban acomodados sacos de harina, mantas dobladas, paquetes de ropa y dos cajones de remedios que el padre Anacleto vigilaba con la expresión de quien desconfía tanto de la enfermedad como de los voluntarios.
Doña Elvira estaba allí, envuelta en un mantón oscuro, organizando a las señoras con una energía que contradecía cualquier idea de fragilidad femenina.
Rodrigo hablaba con un peón sobre el estado del camino; al ver llegar a los Zúñiga, se quitó el sombrero y saludó sin prisa.
Su mirada encontró a Constanza apenas un instante, no más de lo correcto, y esa moderación le produjo a ella una gratitud que se negó a mostrar.
—Buenos días —dijo él—. El camino está pesado después de la llovizna, pero pasaremos si nadie intenta discutir con el barro.
—El barro rara vez pierde discusiones —respondió Constanza.
—Entonces iremos con diplomacia.
Mercedes oyó el intercambio y fingió revisar una manta para no sonreír.
Presentación subió a la carreta con ayuda de Tomás, quien lo hizo con tal cuidado que doña Elvira miró a Mercedes como si acabaran de firmar un documento invisible.
Constanza aceptó la mano de Rodrigo solo porque la alternativa era ensuciarse el vestido antes de empezar, y él tuvo el tacto de soltarla de inmediato.
Ese tipo de corrección seguía desarmándola.
Rodrigo no intentaba convertir cada gesto en avance, y en una época donde tantas atenciones masculinas parecían cobrarse antes de completarse, esa abstención era casi una forma de inteligencia.
Partieron hacia el bajo en una pequeña comitiva: la carreta de Rodrigo al centro, un coche liviano de doña Elvira detrás, dos hombres con caballos para ayudar en los tramos malos y el padre Anacleto montado en una mula gris que parecía compartir su opinión pesimista sobre la humanidad.
El camino descendía hacia terrenos más húmedos, donde las acequias se ensanchaban, los cercos se vencían con mayor facilidad y las casas aparecían más separadas, bajas, pegadas a la tierra como si el viento hubiese intentado arrancarlas varias veces sin conseguirlo del todo.
No era miseria de estampa, de esa que las señoras podían convertir en suspiro antes de volver al chocolate.
Era algo más silencioso y más difícil: ropa tendida que no alcanzaba a secarse, niños con los pies en el barro, gallinas flacas, techos remendados con tablas de distinto origen, mujeres que salían a recibirlos con una mezcla de gratitud y prevención.
Constanza entendió pronto que llegar con harina no autorizaba a nadie a mirar demasiado.
La primera casa pertenecía a una viuda llamada Jacinta, madre de cinco niños y de una resignación que no parecía resignación sino estrategia.
Recibió la manta con una inclinación de cabeza, agradeció al padre Anacleto y preguntó de inmediato si Rodrigo podía mandar a alguien a mirar el poste vencido del corral, porque el último temporal había soltado una parte y las cabras se estaban pasando al sembrado de un vecino.
Rodrigo dejó el saco que llevaba sobre el suelo, miró el poste, preguntó dos cosas concretas y prometió enviar madera al día siguiente.
No lo hizo con tono de benefactor, sino de hombre que reconoce un problema práctico y lo pone en una lista mental.
Constanza lo observó hablar con Jacinta y vio, con cierta sorpresa, que él la trataba como a una persona capaz de explicar su propia necesidad, no como a una escena triste que hubiera que resolver desde arriba.
Esa diferencia, pequeña en apariencia, le pareció enorme.
—Don Rodrigo conoce estos caminos mejor que algunos que viven en ellos —dijo doña Elvira, acercándose a Constanza mientras Tomás y Presentación ordenaban paquetes de ropa sobre una banca—.
Su difunta esposa venía mucho al bajo. No de esas que reparten una sábana y se sienten santas hasta Pascua. Venía de verdad. Él continuó después.
Constanza miró hacia Rodrigo, que en ese momento se arrodillaba en el barro para revisar la base del poste.
La mención de la esposa muerta volvió a rodearlo de una gravedad respetuosa.
No era solo un viudo decente en busca de una segunda mesa; era un hombre que había aprendido ciertas formas de cuidado junto a alguien que ya no estaba.
Eso le dio a su presencia una profundidad que no convenía ignorar.
—Entonces la visita de hoy no es una ocurrencia reciente —dijo.
—Nada útil lo es, querida. Las ocurrencias recientes sirven para sombreros, no para inviernos.
El padre Anacleto, que pasaba cerca con una caja de remedios, añadió sin detenerse:
—Y aun en sombreros he visto daños irreparables.