Capítulo 9 La carta no enviada #3
—Entonces sufrirás más que quienes sí quieren. Pero quizá dormirás mejor algunos años después.
—No me ofrece un consuelo inmediato.
—Soy tu madre. No una vendedora de tónicos.
La frase le arrancó una sonrisa cansada. Frida tocó su brazo con la carta doblada, no como quien ordena ni como quien suplica, sino como quien recuerda que un hijo sigue teniendo cuerpo aunque la familia discuta su destino como si fuera ruta comercial.
—Si escribes a Constanza, no le escribas contra Ilse —dijo.
Anselmo la miró.
—¿Usted también lo sabía?
—Sé que desde hace semanas pronuncias el nombre Zúñiga incluso cuando callas. Eso basta.
—No sé qué escribir.
—Entonces escribe hasta descubrir qué no puedes decir. A veces el límite enseña más que la frase.
Esa noche, Anselmo cerró la puerta de su cuarto, encendió la lámpara y puso sobre la mesa el frasco nuevo de tinta negra.
El gesto tuvo una solemnidad desproporcionada.
Sacó la hoja antigua con “Señorita Zúñiga” y la dejó a un lado; no podía continuar en ella.
La primera frase llevaba demasiada vergüenza acumulada.
Tomó papel limpio, mojó la pluma y empezó de nuevo.
Señorita Zúñiga:
Es posible que esta carta no deba ser escrita, y esa sola posibilidad debería bastarme para no continuar.
Sin embargo, desde nuestra última conversación he tenido la impresión de haber sido condenado por una falta que no conozco completa y, al mismo tiempo, de merecer parte de esa condena por faltas que sí conozco.
Se detuvo. Demasiado elaborado. Demasiado ansioso por parecer honesto. Arrancó la hoja, la dobló y la dejó a un lado.
Señorita Zúñiga:
Le escribo para disculparme otra vez por lo ocurrido en la trilla. Sé que ya lo hice de palabra, y quizá insistir en una disculpa sea una forma de pedirle más atención de la que tengo derecho a reclamar.
Mejor, pensó. Pero la trilla ya no era el centro. La herida de ahora venía de Hamburgo, de Ilse, de algo que ella había oído y él no podía nombrar. Arrancó también esa hoja.
Señorita Zúñiga:
No estoy comprometido con Ilse Hartmann.
La frase quedó sola, desnuda, brutal. Anselmo la miró con el corazón golpeándole en el pecho.
Era verdad. Era, al mismo tiempo, imposible.
Parecía una confesión de interés antes de que nadie hubiera reconocido el interés; parecía exigirle a Constanza que revelara por qué esa información podría importarle; parecía usar a Ilse como objeto de aclaración y no como persona; parecía, sobre todo, una puerta abierta a preguntas para las que él no tenía derecho a entregar llave. Debajo, casi sin pensar, escribió:
Pero mi viaje a Hamburgo existe por razones que no puedo explicarle sin traicionar a otros.
Ahí estaba la mentira con mejor ropa. No podía explicar, pero escribía lo suficiente para obligarla a imaginar.
Traicionar a otros. Qué frase tan cómoda, tan noble en apariencia, tan injusta para quien la recibiera.
Constanza, que ya desconfiaba de las medias frases, recibiría otra media frase y tendría que agradecer el tono grave con que venía envuelta.
Anselmo dejó la pluma sobre la mesa con cuidado.
La tinta brillaba húmeda. Antes de que secara, tomó la hoja y la acercó a la lámpara.
No la quemó. La dobló, la guardó bajo el libro, como si enterrar una versión falsa fuera distinto de destruirla.
Probó otra vez.
Señorita Zúñiga:
No sé qué ha oído sobre mi viaje, ni tengo derecho a preguntárselo.
Solo puedo decirle que hay obligaciones familiares que, vistas desde fuera, se parecen demasiado a elecciones libres.
Si en algún momento le pareció que yo hablaba desde una vida tranquila, lamento no haber sabido mostrarle que no era así.
Eso no disculpa mis torpezas. Solo las vuelve menos limpias.
Esta vez no arrancó la hoja de inmediato.
La leyó varias veces. Había en ella algo verdadero y algo insufrible.
“Obligaciones familiares” sonaba a puerta cerrada con llave de plata.
“No era así” pedía compasión sin nombrarla.
“Menos limpias” era quizá una buena frase, y por eso mismo sospechosa.
Constanza habría reconocido el esfuerzo, tal vez; también habría visto el hueco.
Ella tenía talento para los huecos. Esa era una de las razones por las que él no podía escribirle mal.
Añadió:
No le pido que piense mejor de mí. Solo le pido que no acepte como verdad completa aquello que quizá llegó a usted como rumor.
Se detuvo. El pulso le subió a la garganta.
La frase era casi una acusación. No convierta medias frases en verdad completa, parecía decirle, igual que su madre quizá le había dicho.
Pero él no tenía derecho a corregir la manera en que Constanza se defendía de una información que nadie se había dignado ordenar frente a ella.
Arrancó la hoja con rabia y esta vez sí la rompió en cuatro partes.
Durante más de una hora escribió y desechó comienzos.
En uno pedía perdón por su silencio. En otro decía que Hamburgo no era una promesa matrimonial.
En otro hablaba de libros, como si Balzac pudiera servir de puente sobre una deuda que no cabía en una novela francesa.
En otro, el peor de todos, escribió: “Si pudiera quedarme…” y no pudo continuar porque esa frase no solo hablaba de la tierra.
Hablaba de ella. La rompió sin leerla de nuevo.
A medianoche, la mesa estaba cubierta de papeles doblados, rotos o tachados.
La tinta negra se había secado en el borde del frasco.
Afuera, la casa dormía mal: un paso de Karl en el corredor, una tos de Wilhelm, el crujido de una madera, la lluvia comenzando de nuevo sobre el techo.
Anselmo se levantó y abrió la ventana. El aire frío le golpeó la cara.
A lo lejos, invisible, estaba Los Robles.
Más lejos todavía, Hamburgo. Entre ambos, una ruta hecha de promesas, rumores y cartas que no sabían decir lo necesario sin lastimar a alguien.
Volvió a la mesa y tomó una hoja limpia. Esta vez no escribió “Señorita Zúñiga”. Escribió solo:
Constanza:
La palabra lo dejó inmóvil. Era inadmisible.
Era cierta. La tachó de inmediato con una línea firme, pero la tinta bajo la tachadura siguió existiendo.
Se quedó mirándola hasta que la vista se le cansó.
Después dobló la hoja, sin romperla, y la guardó en el cajón junto a la primera.
No por esperanza, se dijo. Por disciplina de archivo.
La explicación era tan absurda que casi sonrió.
No enviaría ninguna carta. Esa fue la decisión, al menos por esa noche.
No porque callar fuera noble, sino porque escribir desde la confusión habría sido pedirle a Constanza que ordenara un dolor que él mismo todavía sostenía mal.
Podía buscar una ocasión para hablar de algo suyo, como Wilhelm había dicho: su torpeza, su vergüenza, el deseo de no ser mal entendido.
Pero no podía hacerlo desde un papel que dejaba más sombras que luz.
La carta, comprendió, habría sido menos una reparación que una forma de entrar en la pieza de ella con los zapatos llenos de barro familiar.
Apagó la lámpara y se acostó sin desvestirse del todo.
En la oscuridad, la casa Brandt parecía hecha de respiraciones ajenas.
Pensó en Ilse escribiendo en castellano desde Hamburgo, con una cortesía que no merecía su resentimiento.
Pensó en Rodrigo ofreciendo ayuda a la parroquia, probablemente sin imaginar que su decencia podía ser una amenaza más eficaz que cualquier defecto.
Pensó en Constanza leyendo o fingiendo leer bajo la luz de una lámpara, quizá convencida de que él callaba por orgullo, quizá sin pensar en él en absoluto.
Esa última posibilidad debería haberle dado descanso. Le dio, en cambio, una tristeza seca.
Antes de dormir, si aquello fue dormir, decidió que al día siguiente llevaría personalmente al padre Anacleto la confirmación final de las maderas.
No porque esperara verla. No exactamente.
Lo haría porque había asuntos prácticos que cumplir y porque la vida, cuando uno no sabía resolver lo importante, al menos ofrecía clavos, tablas, listas y caminos.
Esa excusa era pobre. Pero era una excusa decente, y por ahora Anselmo no tenía otra cosa que ofrecerse.
En el cajón, bajo papeles rotos y hojas dobladas, quedaron dos palabras sin destino y un nombre tachado que todavía podía leerse si alguien lo miraba contra la luz.