Capítulo 9 La carta no enviada #2
—La vergüenza es tuya. La torpeza es tuya. El deseo de no ser mal entendido también. Empieza por ahí si encuentras modo. Lo demás no lo toques todavía.
Anselmo miró la hoja. Por primera vez, la posibilidad de una carta breve no le pareció una salida cobarde sino una disciplina.
Tal vez podía escribir sin revelar el pacto.
Tal vez podía decir que había hablado mal, que su viaje no era lo que los rumores hicieran de él, que lamentaba no saber explicarse mejor.
Tal vez. Pero incluso esa palabra —viaje— llevaría a Hamburgo dentro, y Hamburgo llevaba a Ilse, a Hartmann, al noventa y nueve y a la mesa donde Wilhelm había puesto una promesa que ahora le pesaba en el bolsillo.
—¿Usted le escribiría? —preguntó.
Wilhelm lo miró con una cansada ironía.
—Yo hice suficientes daños escribiendo y no escribiendo. No me uses como ejemplo de correspondencia.
La respuesta habría sido cómica en otra boca. En Wilhelm sonó como una confesión lateral. Anselmo guardó la hoja. Antes de salir, el viejo lo llamó con un movimiento de la mano.
—Si vas a pedir perdón, no lo hagas para que te quieran. Hazlo porque es lo único decente que queda cuando ya no puedes corregir el primer golpe.
Anselmo asintió. No confió en su voz para responder.
El camino al pueblo estaba más pesado que en abril.
No había llovido bastante para convertirlo en barro, pero sí lo suficiente para que las ruedas dejaran huellas oscuras y para que las patas del caballo hundieran un sonido más blando en la tierra.
A un lado se extendían potreros de rastrojo bajo un cielo bajo; al otro, cercos donde la humedad había oscurecido la madera.
Pasó frente al molino y vio la lona bien amarrada, los sacos apilados bajo techo y a dos hombres reparando la rueda que semanas antes había protestado junto al camino.
El lugar parecía no recordar el susto de Mora, la mano raspada de Constanza ni la manzana ofrecida al borde de la plaza.
O tal vez los recordaba del modo en que la tierra recordaba todo: sin mostrarlo.
En el pueblo, dejó primero la nota de Otto al padre Anacleto.
El párroco lo recibió en la sacristía, rodeado de tablas, listas y una cantidad de clavos que habría bastado para sujetar la fe de medio departamento si la fe dependiera de la ferretería.
Anselmo explicó la entrega de maderas del jueves, revisó medidas y aceptó una indicación sobre la carreta destinada a la visita parroquial al bajo.
El padre Anacleto, que tenía el don de parecer distraído solo cuando estaba reuniendo información, mencionó que doña Elvira, doña Mercedes y quizá algunas de las señoritas Zúñiga asistirían con mantas y harina.
—También don Rodrigo Ovalle ha ofrecido ayuda —dijo el cura, doblando una lista—. Hombre útil. A veces la viudez vuelve a los hombres inútiles o santos. Él ha elegido una tercera opción, que es pagar cosas sin pedir demasiadas alabanzas.
—Eso es raro.
—Mucho. Por eso conviene aprovecharlo antes de que se arrepienta.
Anselmo sonrió apenas, pero la información le quedó clavada.
Constanza asistiría quizá a una visita parroquial organizada con Rodrigo.
No había razón para que eso le importara.
Rodrigo era decente, todos lo sabían; viudo, estable, amable, útil.
Un hombre que podía quedarse. Un hombre que no llevaba cartas de Hamburgo en los bolsillos ni promesas heredadas como piedras.
Si Constanza se sentía segura a su lado, sería injusto reprochárselo incluso en secreto.
Anselmo pensó todo eso con admirable sensatez y descubrió, con menos admiración, que la sensatez no impedía sentir celos. Solo los volvía más humillantes.
—¿Le ocurre algo? —preguntó el padre Anacleto.
—No, padre.
—Eso suelen decir quienes necesitan que uno no pregunte todavía.
Anselmo levantó la vista. El cura lo observaba con esa mezcla de bondad y puntería que volvía difícil mentirle sin sentirse infantil.
—Entonces agradezco su obediencia.
—No confunda paciencia pastoral con obediencia. Son parientes, pero no se hablan mucho.
El párroco no insistió. Le entregó una lista de maderas, bendijo de manera distraída el trabajo de los Brandt y lo dejó salir con una mirada que parecía saber lo suficiente para esperar.
Anselmo agradeció esa espera. Últimamente todos parecían exigirle algo: Hartmann, Wilhelm, Otto, el mapa, la carta incompleta, su propia vergüenza.
Que alguien eligiera no cobrar de inmediato una verdad fue una misericordia pequeña.
En la oficina de correos lo esperaba el paquete de Valparaíso.
Venía envuelto en papel grueso, con marcas de viaje y una letra comercial que no pertenecía a nadie íntimo.
El encargado lo entregó junto con dos cartas menores: una para Otto, otra para Frida, ambas reenviadas por la casa consignataria.
Anselmo las guardó sin abrir. Al salir, se detuvo bajo el alero porque empezó una llovizna fina, casi invisible, de esas que no justifican refugio pero terminan mojando igual.
Frente a la plaza, la tienda de Molina tenía la puerta entornada.
Un niño vendía manzanas bajo el corredor de al lado, esta vez con una hermana menor sujetándole la canasta.
Anselmo compró una sin discutir el precio.
La manzana era pequeña, más verde que madura.
La sostuvo en la mano y pensó en la última que había ofrecido a Constanza.
Recordó que Rodrigo también podía ofrecer manzanas, tal vez con más derecho, tal vez sin el peso de aquella mañana compartida por accidente.
La imagen lo incomodó por absurda. No se podía competir por una fruta.
No se podía competir, en realidad, por nada.
Constanza no era un premio en disputa, y pensarla bajo esa lógica habría sido traicionarla antes incluso de conocerla.
Sin embargo, el corazón, como las señoras de doña Elvira, tenía facilidad para convertir objetos mínimos en asuntos de familia.
Entró a la botica, pidió el preparado de Wilhelm en frasco grande y soportó la explicación del boticario sobre la calidad de los remedios con una paciencia heredada de su madre.
Después pasó por la tienda de Molina para comprar tinta, porque la suya estaba casi seca.
Esa decisión, tomada frente al estante de papeles y plumas, le pareció ridícula y grave al mismo tiempo.
Comprar tinta para escribir una carta que quizá no debía existir era una forma modesta de esperanza o de imprudencia.
Don Molina lo atendió con una cortesía lenta, observándolo por encima de los lentes.
—¿Tinta negra o azul, don Anselmo?
—Negra.
—La azul viene más fina. Llegó de Concepción.
—Negra está bien.
Molina envolvió el frasco. Sus dedos manchados de tinta recordaron a Anselmo el sobre de Fernando, el nombre visto y no leído, la forma en que Constanza lo guardó contra el pecho después del incidente.
Molina no mencionó a los Zúñiga. Eso hizo que el nombre estuviera más presente.
En esa tienda, las deudas parecían respirar detrás de cada paquete, incluso de los que contenían botones o azúcar.
Anselmo pagó y salió con una sensación de suciedad que no venía del barro.
Cuando regresó a la casa Brandt, la llovizna había cesado.
Otto recibió el paquete de Valparaíso en el escritorio y lo abrió con un cuchillo pequeño.
Dentro había facturas, listas de embarque, una carta de la consignataria y, entre papeles comerciales, un sobre más fino dirigido a Frida.
La letra era extranjera, femenina, inclinada, y Anselmo supo antes de ver el remitente que venía de Ilse Hartmann.
Frida lo tomó con calma, pero una sombra le cruzó el rostro.
No lo abrió allí. Se lo llevó a la sala, y durante un rato la casa pareció esperar lo que una muchacha desconocida al otro lado del mundo pudiera decir.
Al anochecer, Frida llamó a Anselmo al corredor. No estaban Otto ni Karl. Desde arriba llegaba la tos intermitente de Wilhelm. La lámpara de la sala dejaba sobre las paredes una luz amarilla y quieta. Frida tenía la carta abierta entre las manos.
—Ilse escribe en castellano —dijo.
Anselmo sintió un rechazo inmediato, injusto.
Le molestó que Ilse supiera castellano. Le habría resultado más cómodo imaginarla lejana incluso en la lengua, inaccesible, rígida, hecha de una blancura extranjera que justificara su resistencia.
Una carta en castellano la acercaba demasiado a la humanidad.
—¿Para usted? —preguntó.
—Para mí. Con saludos para todos. Y para ti, especialmente.
Frida no le ofreció la carta. Él agradeció y lamentó esa discreción. Su madre miró el papel un momento, como si eligiera qué parte podía decir sin convertirse en mensajera de otra expectativa.
—No escribe como una muchacha tonta —dijo al fin—. Eso te incomodará.
—Casi todo me incomoda últimamente.
—Dice que Heinrich le ha hablado de tu posible llegada. Que comprende lo extraño que debe ser para alguien venir a una casa donde todos parecen conocer su nombre antes que su voz. Dice también que, si viajas, procurará no tratarte como huésped exhibido.
Anselmo miró hacia el patio oscuro. La lluvia había dejado un brillo bajo en las piedras.
Ilse, desconocida y distante, acababa de cometer la imprudencia de ser considerada.
Eso anulaba una defensa más. No era una rival de novela ni una ambición de los Hartmann con vestido blanco.
Era una joven al otro lado del mar que entendía, quizá, algo de lo que significaba ser anunciado antes de llegar.
—Eso es amable —dijo.
—Sí.
—Y muy inconveniente.
Frida dobló la carta con una tristeza leve.
—La bondad de otras personas suele ser inconveniente cuando uno necesita odiarlas para respirar.
Anselmo pensó en Rodrigo. En Ilse. En Wilhelm. En todos los personajes secundarios de su rabia empeñados en no volverse despreciables. Era difícil ser joven en un mundo donde los obstáculos tenían rostro humano.
—No quiero hacerle daño a nadie —dijo.