Capítulo 9 La carta no enviada
El primer borrador de la carta amaneció arrugado dentro del cajón, como si durante la noche hubiera intentado huir de sí mismo y no hubiese encontrado salida.
Anselmo lo descubrió antes del desayuno, cuando abrió la gaveta para buscar una navaja y encontró la hoja doblada bajo un paquete de sobres nuevos, todavía con la frase única que llevaba semanas acusándolo desde el papel: Señorita Zúñiga.
Nada más. Dos palabras correctas, limpias, inútiles.
Había noches en que una frase incompleta parecía más honesta que una explicación entera, y aquella era quizá la razón por la que no la había roto.
Una carta terminada podía mentir con facilidad; una carta interrumpida, en cambio, conservaba la decencia incómoda de aquello que todavía no se atreve a disfrazarse.
La casa Brandt estaba despierta desde temprano.
El invierno se anunciaba en los vidrios empañados, en la tos de Wilhelm que bajaba desde el piso alto antes que cualquier conversación y en el olor más denso del café, preparado por Frida como si cada taza debiera sostener no solo el cuerpo sino alguna parte del ánimo familiar.
En el patio, los hombres cargaban sacos hacia el galpón cubierto, revisaban cinchas, apartaban herramientas y discutían con una carreta que parecía tener opinión propia sobre el barro futuro.
Todo era trabajo ordinario, y justamente por eso más cruel.
Mientras el mundo pedía manos, clavos, animales, cuentas y decisiones prácticas, Anselmo llevaba dentro una frase que no sabía ordenar sin volverse culpable ante alguien.
Desde la conversación del escritorio, Hamburgo había dejado de ser posibilidad y se había vuelto clima.
No se hablaba de ello en cada comida, pero estaba en el modo en que Otto le pedía revisar cartas comerciales “para ir acostumbrándose”, en la forma en que Karl callaba cuando alguien mencionaba la próxima temporada, en la mirada de Frida cuando doblaba ropa que no necesitaba doblar aún y en el cansancio de Wilhelm, que parecía haber gastado una reserva antigua al decir por fin lo que había mantenido bajo llave durante años.
La fecha seguía sin clavarse como el alfiler sobre el mapa, pero ya no era una fecha imaginaria.
Antes de fin de año, decía Hartmann. Antes de fin de año, repetían los papeles.
Antes de fin de año, pensaba Anselmo cada vez que veía un camino conocido y entendía que verlo no lo hacía suyo.
Se vistió despacio, guardó la hoja inconclusa en el bolsillo interior de la chaqueta y bajó al comedor.
Karl estaba ya sentado, comiendo pan con una concentración que cualquier desconocido habría confundido con hambre y Anselmo sabía reconocer como prudencia.
Frida servía café junto a la ventana. Otto revisaba una lista de embarques, no porque la mesa del desayuno fuera lugar adecuado para esas cosas, sino porque en su padre la preocupación tenía la costumbre de invadir los manteles con la naturalidad de un perro bien tratado.
Wilhelm no había bajado. Su silla vacía ocupaba más espacio que cuando él estaba sentado en ella.
—Hoy irás al pueblo —dijo Otto, sin levantar la vista de la lista—. Hay que dejar respuesta al padre Anacleto sobre las maderas de la sacristía y preguntar en la oficina de correos si llegó el paquete de Valparaíso.
—¿De Hartmann? —preguntó Anselmo.
—De la casa consignataria. Pero puede traer correspondencia reenviada.
Karl untó mantequilla con excesiva atención. Frida dejó la cafetera sobre la mesa. Otto, quizá consciente de que la frase había alterado el aire, dobló la lista y la puso a un lado.
—No tienes que leer nada antes de tiempo —añadió.
Anselmo soltó una risa breve.
—En esta casa, padre, casi todo llega tarde o antes de tiempo. Nunca cuando corresponde.
Otto aceptó el golpe sin responder. Esa aceptación empezaba a ser una forma nueva de conversación entre ambos, y Anselmo no sabía si agradecerla o resentirla.
Antes habría preferido una orden clara, una reprimenda, algo contra lo cual apoyar la rabia.
Ahora encontraba en su padre cansancio, contención y cierta tristeza silenciosa que lo obligaba a recordar que nadie allí estaba completamente a salvo de la promesa.
Frida se sentó por fin y le pasó el pan.
Tenía los ojos más sombríos que de costumbre.
—Pasa también por la botica —dijo—. El preparado de Wilhelm se acaba. Y no dejes que te den el frasco pequeño. La última vez parecía remedio para pájaros.
—Le diré al boticario que mi madre ha desconfiado de su capacidad volumétrica.
—Dile que tu madre sabe leer etiquetas y cuentas. Eso suele asustar más.
Karl sonrió, agradecido por el alivio. Anselmo también habría sonreído si el nombre de Constanza no le hubiera llegado en el mismo instante, sin ser llamado.
La imaginó en el pueblo, entregando un sobre a Molina, guardando un libro cubierto de polvo, aceptando una manzana con desconfianza.
La imagen apareció tan precisa que tuvo que mirar su taza para no revelar nada.
No la había visto desde la tertulia de doña Elvira.
No había escrito. No había preguntado. No había hecho lo único que, según cierta idea juvenil de la valentía, correspondía hacer cuando una mujer nos cerraba la puerta sin explicar por qué.
Pero cuanto más pensaba en acercarse, más claro veía que cualquier palabra suya llegaría contaminada por el secreto de 1899.
Después del desayuno subió a ver a Wilhelm.
Frida le había pedido que llevara el caldo, pero ambos sabían que el encargo era menos alimenticio que moral.
El viejo estaba sentado junto a la ventana, envuelto en una manta oscura, mirando los manzanos desnudos como si en las ramas pudiera leer una respuesta antigua.
La pieza olía a alcanfor, papel y madera húmeda.
Sobre la mesa menor había una carta doblada, un pañuelo limpio y el libro alemán abierto boca abajo en el mismo sitio de días anteriores.
Wilhelm había empezado a dejar libros sin terminar.
Ese detalle, más que la tos, inquietaba a Anselmo.
—Vas al pueblo —dijo Wilhelm, sin saludar.
—Eso parece.
—El pueblo es un lugar peligroso para quien lleva una carta en el bolsillo.
Anselmo se quedó inmóvil. La mano se le fue, casi sin querer, hacia la chaqueta. Wilhelm lo vio. No sonrió. La enfermedad no había disminuido su capacidad de encontrar el sitio exacto donde un silencio intentaba esconderse.
—No es una carta —dijo Anselmo.
—Entonces pesa demasiado para tan poco papel.
Dejó el caldo sobre la mesa. Durante un momento pensó en negar, pero Wilhelm ya había envejecido lo suficiente como para que mentirle pareciera una falta de imaginación.
Sacó la hoja doblada y la puso junto al plato.
El viejo la abrió despacio. Leyó las dos palabras.
Señorita Zúñiga. No hizo comentario inmediato.
Ese era otro de sus talentos: dejar que la vergüenza ajena se sentara antes de hablarle.
—Es una dirección correcta —dijo al fin.
—Y nada más.
—A veces empezar correctamente impide continuar con verdad.
Anselmo recuperó la hoja con un movimiento más rápido de lo necesario.
—No puedo escribirle lo que sé.
—No.
—No puedo decirle que su casa fue sostenida por una promesa que ahora me arrastra a Hamburgo.
—No.
—No puedo dejar que crea lo que quizá cree.
Wilhelm volvió la cabeza hacia él. La luz fría de la ventana le marcaba los huesos del rostro, pero sus ojos seguían claros.
—¿Y qué cree?
Anselmo no respondió de inmediato. No podía decirlo sin sentirse ridículo.
Creía, quizá, que él estaba comprometido con Ilse Hartmann.
Creía, quizá, que su viaje era elección, ambición o fidelidad a una vida europea que lo esperaba con mesa puesta.
Creía, quizá, que hablar con él en el camino del molino había sido una concesión peligrosa a un hombre que ya pertenecía a otra parte.
O tal vez no creía nada de eso, y todo el edificio de su sospecha era solo orgullo herido buscando una forma elegante de explicar una frialdad pasajera.
La ignorancia tenía muchas habitaciones y Anselmo recorría todas sin encontrar puerta.
—No lo sé —dijo—. Pero algo escuchó.
—Las personas escuchan siempre menos de lo que creen y más de lo que uno desea.
—Entonces debería corregirlo.
—¿Corregir qué? ¿La parte falsa? ¿La parte cierta? ¿La parte que te duele? Ten cuidado, Anselmo. Una explicación parcial puede ser una mentira con mejor ropa.
La frase lo irritó porque nombraba exactamente el borde del problema.
Si escribía “no estoy comprometido con Ilse Hartmann”, diría algo verdadero y, al mismo tiempo, insuficiente hasta la deshonestidad.
No estaba prometido, pero su viaje lo conduciría a la casa de ella; no había contrato, pero sí expectativa; no había amor, pero sí una trama familiar que podría fabricar consecuencias con la paciencia de una tela bien tejida.
Si escribía “no viajo por deseo”, tendría que explicar por qué viajaba.
Si escribía “no desprecio a su familia”, tendría que reconocer que su propia casa había salvado a Los Robles de una ruina que Constanza ignoraba.
Cada frase honrada abría una puerta prohibida. Cada frase prudente parecía cobardía.
—¿Entonces no hago nada? —preguntó.
Wilhelm tosió antes de responder. Esta vez no rechazó el pañuelo, pero sí la mano que Anselmo acercó por instinto. Cuando recuperó el aire, bebió un sorbo de caldo y cerró los ojos un segundo, como si la conversación le costara más que la enfermedad y aun así fuera menos evitable.
—No dije eso. Dije que no uses una carta para pedirle a otro corazón que cargue lo que tú todavía no sabes nombrar sin excusas. Si debes hablarle, habla de lo que es tuyo. No de lo que pertenece a Fernando, a Hartmann o a mí.
—Lo que es mío parece bastante poco.