Capítulo 8 La invitación de Rodrigo #4
La referencia fue involuntaria o parecía serlo.
Constanza sintió que la memoria del recado con Anselmo aparecía entre ambos, no porque Rodrigo la conociera completa, sino porque algunos objetos saben traer consigo lo que una intenta dejar guardado.
Manzanas. La alforja. El camino del molino.
Anselmo diciendo que había comprado dos por incapacidad de discutirle a un niño.
Por un instante, la gentileza de Rodrigo se superpuso con otra, y eso fue injusto para los dos hombres. Constanza aceptó el paquete.
—Gracias —dijo—. Esta casa tiene talento para las frutas con consecuencias.
Rodrigo no entendió del todo, pero no preguntó.
—Hasta la visita parroquial, entonces.
—Hasta entonces.
El regreso a Los Robles estuvo lleno de interpretaciones.
Mercedes declaró que Rodrigo era un anfitrión impecable sin que eso significara nada, frase que significaba demasiado.
Josefina anunció que Capitán era el único varón verdaderamente admirable de Las Higueras.
Amparo preguntó si las viudas muertas se ponían celosas desde el cielo cuando sus maridos servían sopaipillas a visitas jóvenes, y Presentación tuvo que intervenir antes de que Mercedes transformara la catequesis en castigo físico.
Fernando guardó silencio casi todo el camino, pero una vez miró a Constanza con una tristeza que no supo leer.
Tal vez veía la posibilidad de Rodrigo como alivio; tal vez temía lo que ese alivio costaría; tal vez ambas cosas, porque los padres, descubría ella, podían amar y calcular con el mismo corazón cansado.
Al llegar a Los Robles, la tarde se había vuelto azul sobre los potreros.
Rosa salió a recibir los paquetes, escuchó el resumen mínimo de Mercedes y tomó las manzanas de Constanza con una mirada que no preguntó nada y por eso pareció entender demasiado.
La casa olía a leña, pan guardado y humedad futura.
Constanza subió a su pieza con la excusa de cambiarse el vestido.
Una vez sola, dejó el paquete sobre la mesa y lo abrió.
Tres manzanas pequeñas, firmes, amarillas con manchas rojizas.
Ninguna tenía importancia. Precisamente por eso resultaba insoportable que una le recordara a Anselmo y las otras dos a Rodrigo.
Se sentó junto a la ventana. Desde allí veía el nogal del patio, la mesa vacía y, más allá, las sombras de los corrales.
Pensó en Rodrigo apoyado en la baranda, diciendo que no le pediría ser su solución.
Pensó en su forma de no usar contra Anselmo lo poco que sabía.
Pensó en la serenidad de Las Higueras, en el retrato de la esposa muerta, en la posibilidad de una vida respetuosa donde nadie le exigiría arder para ser considerada viva.
Luego pensó en Anselmo, aunque intentó demorarlo hasta el final: Anselmo frente a una ruta que ella imaginaba elegida por él; Anselmo hablando de libros; Anselmo callando cuando debía explicar; Anselmo tal vez ligado a Ilse Hartmann por una expectativa que nadie quería nombrar.
La comparación no favorecía a nadie. Rodrigo ofrecía claridad, y ella seguía buscando una sombra.
Rodrigo le hablaba desde un lugar disponible, y ella se preguntaba por un hombre que quizá ya pertenecía al mar.
Rodrigo era casa, mesa, camino firme, invitación con testigos.
Anselmo era carta no escrita, media frase, mapa ajeno, una puerta que no se abría.
Cualquier mujer prudente habría sabido dónde sentarse.
Constanza, que no se consideraba imprudente sino exigente con las explicaciones, descubrió que la prudencia no siempre ayudaba cuando el corazón se negaba a consultar los mismos libros que la razón.
Abrió Eugenia Grandet y leyó dos páginas sin comprender una sola.
Después cerró el libro. El cuarto estaba frío, pero no lo bastante para justificar el temblor leve de sus manos.
Tomó una de las manzanas, la hizo girar sobre la mesa y se dijo que aceptaría la invitación parroquial de Rodrigo, que sería amable, que permitiría a su madre respirar durante unos días y a su padre mirarla sin esa mezcla de esperanza y culpa.
Se dijo también que Anselmo Brandt podía ir a Hamburgo, a los Hartmann, a Ilse o al extremo del mundo si así lo deseaban sus mapas familiares.
Ella no era una muchacha de novela esperando junto a una ventana por un hombre lleno de silencios.
La frase sonó muy bien dentro de su cabeza. Lástima que el cuerpo no siempre obedeciera a las frases bien construidas.
Bajó a la cena con una decisión razonable y una inquietud intacta.
Mercedes la observó apenas entrar y entendió, o creyó entender, que la tarde había hecho avanzar algo.
Fernando le preguntó si estaba cansada. Presentación le sonrió con dulzura.
Josefina y Amparo discutían todavía sobre el perro.
Rosa puso pan sobre la mesa y luego se retiró hacia la cocina, dejando detrás ese olor cálido que hacía parecer posible cualquier permanencia.
Constanza tomó asiento bajo la lámpara y aceptó sopa, conversación y futuro con la mejor educación de que fue capaz.
Pero en algún lugar de la noche, mientras la familia comía y el viento golpeaba las ventanas, una parte de ella seguía oyendo el nombre de Hamburgo como se oye un carro lejano en el camino: todavía invisible, pero acercándose sobre la tierra.