Capítulo 8 La invitación de Rodrigo #3
Constanza sintió que la defensa preparada se quedaba sin objeto.
Con Anselmo, incluso cuando él era amable, todo parecía rodeado por algo no dicho: Hamburgo, Ilse, Hartmann, la familia Brandt, una ruta invisible.
Con Rodrigo, lo no dicho existía también —viudez, conveniencia, edad, dinero, expectativas de Mercedes—, pero él parecía dispuesto a dejarlo sobre la mesa sin exigir que ella lo negara para preservar la delicadeza.
Esa claridad no producía vértigo. Producía una calma que quizá otra mujer, o ella misma en otra vida, habría confundido con destino.
—Aceptaré acompañar a la visita parroquial —dijo.
Rodrigo no sonrió de inmediato. La miró con una gratitud contenida, como si entendiera que la aceptación era pequeña en apariencia y no tanto en sustancia.
—Me alegra.
—No se alegre demasiado. Irán mi madre, el padre Anacleto, probablemente doña Elvira y al menos una señora capaz de convertir un paquete de harina en genealogía.
—Entonces será una excursión segura para mi vanidad.
—No prometo eso.
Ahora sí sonrió. Constanza también, aunque menos.
La conversación pudo haber terminado allí con éxito razonable, pero el mundo, que rara vez respeta los finales discretos, decidió traer otro nombre por el camino.
Un mozo llegó desde la entrada con un mensaje para Rodrigo: un peón de los Brandt esperaba junto al portón con una nota sobre las maderas de la sacristía y la entrega de clavos pendientes.
El apellido, pronunciado en medio del corredor, alteró la temperatura de la escena.
Constanza miró hacia el patio como si Capitán exigiera vigilancia urgente.
Rodrigo recibió la nota, la leyó y frunció apenas el ceño.
—¿Algún problema? —preguntó ella, más fría de lo necesario.
—Ninguno grave. Otto Brandt confirma que podrá enviar la madera el jueves. Añade que Anselmo pasará por el pueblo a revisar la lista con el padre Anacleto.
Anselmo pasará por el pueblo. La frase no significaba nada.
Precisamente por eso logró significar demasiado.
Constanza sintió que todo el equilibrio conseguido en el corredor se volvía frágil.
Había aceptado acompañar a Rodrigo a una visita parroquial; había tenido una conversación limpia, adulta, sin trampas; había imaginado, incluso, una calma posible.
Bastó el nombre de Anselmo para que esa calma mostrara su costura.
Se irritó consigo misma con una fuerza que casi la hizo hablar mal.
—Los Brandt parecen siempre disponibles para sostener el orden del mundo con clavos, mapas y compromisos —dijo.
Rodrigo la miró. No con reproche. Con atención.
—¿Compromisos?
Constanza comprendió tarde que había dicho demasiado. Podía retirarse, pero retirarse confirmaría la importancia del lapsus. Eligió una ligereza que le salió menos convincente que otras veces.
—Alemania, Hamburgo, Hartmann. Ya sabe. En este pueblo los rumores viajan con más rapidez que los carruajes.
Rodrigo dobló la nota. Durante un instante pareció considerar cuánto tenía derecho a decir. Esa prudencia, que en otro momento le habría parecido virtud, la molestó porque reproducía el mismo muro de los demás.
—Sé poco —dijo—. Lo suficiente para no repetirlo como noticia.
—Una respuesta muy correcta.
—A veces lo correcto evita daños.
—Y otras veces los deja crecer en silencio.
Rodrigo no respondió enseguida. El corredor pareció más frío.
Desde la sala llegó la risa de Mercedes, probablemente fingida y por lo tanto más sonora.
Presentación tocó unas notas en el piano de la casa; Tomás murmuró una corrección o una alabanza; Amparo gritó algo sobre el perro; el mundo insistió en continuar alrededor de una conversación que acababa de torcerse.
—Si Anselmo tiene algo que explicar —dijo Rodrigo con cuidado—, debería hacerlo él.
Constanza sintió vergüenza antes que rabia.
No porque Rodrigo defendiera a Anselmo, sino porque se negó a usar la ventaja que ella acababa de ofrecerle.
Un hombre menos decente habría alimentado su duda, habría dejado caer una insinuación sobre los Brandt, habría aprovechado el resentimiento de una joven para parecer más claro por contraste.
Rodrigo no lo hizo. La nobleza de esa abstención la incomodó hasta casi dolerle.
—No le pedí explicación —dijo.
—No. Pero parecía pedir permiso para desconfiar.
La frase fue suave, y aun así la alcanzó con precisión.
Constanza apartó la vista. Durante un segundo, el deseo de defenderse fue tan fuerte que pudo haberlo herido a propósito.
Pudo decirle que no tenía derecho a leerla, que su paciencia era una forma más elegante de intromisión, que ninguna mujer estaba obligada a agradecer a un hombre por no portarse mal.
Pero Rodrigo no estaba portándose mal. Ese era el problema de nuevo: la dejaba sin enemigo cómodo.
—Perdone —dijo, sorprendida de que la palabra saliera.
—No hay nada que perdonar.
—Eso también es irritante.
—Lo tendré presente como defecto.
La tensión se alivió apenas. No desapareció.
Quedó entre ambos como una marca de realidad: Rodrigo había visto algo, no todo, pero bastante.
Y en vez de convertirlo en arma, lo había dejado en sus manos.
Constanza comprendió que aceptando su invitación no solo aceptaba una excursión parroquial; aceptaba también ser mirada por un hombre que sabía distinguir entre herida y mal carácter.
Eso, en términos prácticos, era peligrosísimo.
Regresaron a la sala cuando Mercedes ya había empezado a sospechar que toda conversación fuera de su vista podía producir consecuencias no autorizadas.
Doña Inés Rioseco servía café; Tomás revisaba una partitura con Presentación; Fernando hablaba con Rodrigo sobre la madera de Brandt y los clavos; Josefina y Amparo entraron despeinadas, con Capitán detrás y una felicidad que sugería daños no confesados.
El resto de la tarde transcurrió con una tranquilidad que habría satisfecho a cualquier observador externo.
Constanza respondió cuando le hablaron, aceptó café, evitó mencionar Hamburgo y logró no mirar demasiadas veces hacia la nota doblada que Rodrigo había dejado junto al plato.
Sin embargo, al despedirse, Rodrigo la acompañó hasta el carruaje con la misma corrección de siempre.
Mercedes observó desde un punto estratégico; Fernando fingió revisar la hebilla de un arnés; Presentación se ocupó de impedir que Amparo subiera al vehículo con una rama destinada al perro.
Rodrigo entregó a Constanza un pequeño paquete envuelto en papel oscuro.
—Para el camino —dijo.
Ella lo miró con sospecha.
—¿Debo abrirlo delante de mi madre para garantizar la moral pública?
—Puede hacerlo. Son manzanas. Compradas a un niño que cobra menos caro que el del pueblo.