Capítulo 8 La invitación de Rodrigo
La invitación de Rodrigo Ovalle llegó a Los Robles en una mañana de junio, doblada con una corrección tan impecable que a Constanza le pareció, desde antes de abrirla, una pequeña alianza entre el papel y su madre.
No venía dirigida a ella, por supuesto. Ningún hombre con educación suficiente para merecer la aprobación de doña Mercedes habría escrito directamente a una joven soltera para invitarla a nada que no pudiera sobrevivir al examen de una tía, un cura y dos vecinas malintencionadas.
La carta estaba destinada a Fernando Zúñiga y formulada en términos familiares: Rodrigo agradecía de nuevo la ayuda prestada para las maderas de la sacristía, mencionaba una visita pendiente del padre Anacleto a su fundo, recordaba la antigua amistad entre las casas y ofrecía un almuerzo sencillo el domingo siguiente, si la familia tenía a bien aceptar.
La palabra sencillo, escrita por un hombre con graneros llenos, servidumbre estable y manteles sin remiendos visibles, produjo en Mercedes una expresión que mezclaba gratitud, estrategia y una desconfianza doméstica hacia todo adjetivo modesto.
—Un almuerzo sencillo —leyó Mercedes en voz alta, sosteniendo la carta junto a la ventana—.
Eso dicen siempre las casas que tienen vajilla para doce aunque inviten a seis.
Cuando una casa pobre dice sencillo, significa caldo; cuando una casa solvente dice sencillo, significa que no quiere parecer que está tomando decisiones.
Fernando estaba sentado en la sala con la chaqueta puesta pese al frío, como si el cuerpo necesitara recordar ciertas formas aun dentro de su propia casa.
Tomó la carta después de Mercedes, la leyó sin prisa y no hizo comentario inmediato.
Constanza, desde la mesa donde fingía ordenar unos hilos de Presentación, observó la línea de su mandíbula y se preguntó si su padre leía allí una cortesía o una salida.
Desde hacía semanas todos en Los Robles parecían hablar con frases dobles: las invitaciones eran oportunidades, las visitas eran ensayos, las preguntas por la salud eran tanteos matrimoniales, las cuentas eran silencios.
Solo Josefina y Amparo conservaban la bendición temeraria de decir casi todo lo que pensaban, y aun ellas habían aprendido, a fuerza de miradas maternas, que la palabra Rodrigo debía manejarse con el cuidado de una lámpara cerca de cortinas secas.
—Es una invitación correcta —dijo Fernando al fin.
—No he dicho que no lo sea —respondió Mercedes—. Precisamente por eso me preocupa. Las invitaciones incorrectas se rechazan y una duerme tranquila. Las correctas hay que interpretarlas, vestirlas y, peor todavía, agradecerlas.
Presentación, sentada junto al brasero con una partitura sobre las rodillas, sonrió sin levantar demasiado la vista.
Desde que Tomás Rioseco había empezado a visitar Los Robles con el pretexto cada vez más transparente del coro parroquial, la hija mayor se movía por la casa con una serenidad distinta.
No estaba transformada por una pasión súbita, sino por algo quizá más durable: la sensación de ser mirada con atención y no solo evaluada por conveniencia.
Tomás hablaba poco, pero recordaba lo que ella decía; y en una familia donde muchas conversaciones se convertían pronto en estrategia, esa memoria sencilla había empezado a parecer una forma de ternura.
Constanza la observaba con cariño y una envidia que le avergonzaba, porque Presentación parecía avanzar hacia un destino claro sin perderse por dentro, mientras ella se defendía de un hombre ausente, de una mujer alemana apenas imaginada y de un viudo chileno que cometía el error imperdonable de ser bueno.
—¿Debo suponer que iremos? —preguntó Constanza.
—Debes suponer que tu padre decidirá —dijo Mercedes.
Fernando levantó la mirada con una ironía leve.
—Qué generosa ficción matrimonial.
—Una conserva las formas aunque la verdad sea conocida por todos.
Amparo, que había entrado justo a tiempo para oír la última frase y nada del contexto, preguntó si la verdad conocida por todos era que Rodrigo quería casarse con Constanza.
Josefina, detrás de ella, se llevó una mano a la boca demasiado tarde.
Presentación dejó caer la partitura. Fernando cerró los ojos.
Mercedes giró lentamente, con la calma terrible de las madres que han imaginado durante años todas las formas posibles de asesinar a una hija sin dejar huellas sociales.
—Amparo Zúñiga —dijo—, si las imprudencias pudieran venderse por saco, esta casa habría pagado a Molina antes de Pascua.
La frase dejó la sala en silencio. No por la reprensión, que habría sido corriente, sino por el apellido.
Molina apareció donde no debía, escapado de la boca de Mercedes como un hilo suelto de una costura demasiado tirante.
Fernando bajó la vista hacia la carta de Rodrigo.
Constanza sintió que el cuarto se contraía.
Nadie habló de la respuesta prometida por el comerciante, ni del sobre entregado en la tienda, ni de las veces que don Eulogio había entrado al escritorio con papeles y salido con el sombrero apretado entre las manos.
Pero el silencio mismo confirmó que Rodrigo no llegaba a Los Robles solamente como vecino atento.
Llegaba, al menos en la imaginación de sus padres, como una posibilidad de techo.
—Perdón —murmuró Amparo, esta vez de verdad.
Mercedes suavizó el rostro. No mucho, porque la educación de una hija requería constancia, pero sí lo suficiente para que la niña respirara. Luego dobló la carta y la dejó sobre la mesa.
—Responderemos que sí —dijo—. Iremos todos.
Presentación, no lleves el vestido nuevo; sería excesivo.
Josefina, no preguntes por los caballos de Rodrigo aunque alguno se te acerque con intenciones conversacionales.
Amparo, tú no preguntarás nada sobre matrimonios, compromisos, viudas, manos heridas ni verdades conocidas por todos. Constanza…
—¿Yo respiro con moderación?
—Tú intentarás recordar que un hombre decente no es una acusación personal.
Constanza habría querido responder de inmediato, pero la frase encontró una zona demasiado sensible.
Miró a su madre y vio, debajo de la ironía, una preocupación real.
Mercedes no estaba hablando solo de Rodrigo.
Hablaba de todos los caminos que una hija podía cerrar por orgullo antes de comprobar si eran puertas o muros.
Constanza bajó la vista hacia los hilos de Presentación, separados por colores sobre la mesa.
Había aprendido a distinguir matices mínimos en la lana y en la seda, pero la vida insistía en pedirle clasificaciones más difíciles: prudencia o cobardía, protección o control, libertad o aislamiento, Rodrigo o Anselmo.
Ese último par le pareció injusto apenas se le formó en la mente, porque Anselmo no había pedido ocupar ningún sitio, y quizá ni siquiera tenía sitio disponible en su propia vida.
—Haré el esfuerzo —dijo.
—Con que el esfuerzo no parezca martirio, me basta.
El domingo amaneció limpio, frío y luminoso.
El camino hacia el fundo de Rodrigo atravesaba potreros donde el invierno todavía no vencía del todo al dorado viejo de la cosecha; aquí y allá se veían carretas detenidas junto a galpones, perros echados al sol, mujeres colgando ropa con las manos rojas por el agua y hombres revisando cercos antes de que las lluvias volvieran barro lo que ahora era polvo firme.
Constanza iba en el carruaje junto a Presentación, con Josefina y Amparo enfrente, mientras Mercedes repasaba mentalmente una lista de advertencias que ya había pronunciado tres veces y Fernando miraba por la ventana.
La casa de Rodrigo, conocida como Las Higueras por unos árboles antiguos que sobrevivían cerca del patio, no tenía la severidad ordenada de los Brandt ni la nobleza cansada de Los Robles.
Era una casa de transición: sólida, amplia, bien sostenida, con corredores profundos y una luz doméstica que parecía no necesitar testigos para justificarse.
Rodrigo los esperaba en la entrada con ropa de domingo y un gesto que no exageraba la alegría.
A Constanza le agradó, a su pesar, esa falta de teatralidad.
No había en él la ansiedad de los hombres jóvenes por demostrar que una visita les importaba ni la suficiencia de los maduros que consideran honrar a una mujer con solo abrirle la puerta.
Saludó a Fernando primero, como correspondía; a Mercedes con respeto casi divertido, porque ya parecía entender que cada frase suya sería medida; a Presentación con una delicadeza consciente de que Tomás Rioseco había convertido su nombre en terreno ajeno; a Josefina y Amparo con una paciencia que ellas pusieron a prueba en menos de cuatro minutos; y a Constanza con una inclinación sencilla, sin mirar su mano ni convertirla de nuevo en pretexto.
—Gracias por venir —dijo.
—Gracias por invitar a toda mi familia y no solo a mi mano —respondió ella.
Rodrigo sonrió. No se ofendió ni buscó devolver ingenio por ingenio. Esa era otra de sus virtudes inquietantes: no competía con la inteligencia de Constanza, ni la celebraba como rareza de feria. La recibía, la dejaba existir y respondía solo cuando tenía algo que decir.
—Aprendí de mis errores —dijo—. Además, su familia completa ofrece más garantías contra las interpretaciones del pueblo.
—No subestime al pueblo. Es capaz de interpretar hasta una silla vacía.
—Entonces procuraré sentar a todos correctamente.