El peso de la tierra Capítulo 6 Lo que se escucha a medias #3
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Capítulo 6 Lo que se escucha a medias #3

Rodrigo se acercó entonces, tal vez por cortesía o porque doña Elvira lo empujó con los ojos desde la mesa del té.

Saludó a Anselmo con amabilidad masculina, comentó algo sobre la trilla y la reparación del molino de un vecino, y en pocos segundos los dos quedaron conversando frente a Constanza de una manera que a ella le pareció, injustamente, un pequeño juicio de alternativas.

Rodrigo era abierto, razonable, dueño de una edad que lo hacía menos vehemente y quizá menos peligroso.

Anselmo respondía con precisión, cada frase cuidada como una herramienta que podía cortar a quien la usara mal.

Ninguno de los dos competía, porque no había competencia declarada.

Eso no impidió que Mercedes mirara desde la otra mesa con una atención insoportable.

—Me dijeron que pronto viajará usted —dijo Rodrigo, no con intención oculta, sino como quien retoma una noticia circulante.

Anselmo miró a Otto antes de responder. Ese gesto, pequeño y obediente, confirmó para Constanza más de lo que debía. Ningún hombre mira a su padre antes de desmentir un viaje si el viaje le pertenece del todo.

—Es posible —dijo Anselmo—. No hay fecha cerrada.

—Alemania, según entiendo.

—Hamburgo primero, si se concreta.

Si se concreta. Constanza sintió que la frase tenía la cobardía elegante de los compromisos ya acordados y todavía no anunciados.

Había oído suficiente. Dejó la taza sobre el plato con demasiado cuidado y se levantó.

Mercedes la vio. Presentación la vio. Anselmo también.

La sala, por suerte, estaba ocupada en muchos asuntos y solo algunas miradas siguieron su movimiento hacia el corredor.

Afuera, el aire era más frío. La luz de mayo caía oblicua sobre el jardín de doña Elvira, donde las rosas amarillas parecían empeñadas en no admitir la estación.

Constanza caminó hasta la reja baja y apoyó una mano en el hierro, no porque necesitara mirar la calle sino porque necesitaba dejar de mirar la sala.

Se sintió ridícula. Esa fue la primera emoción que pudo nombrar sin peligro.

Ridícula por haberse inquietado ante una noticia que no la concernía; ridícula por recordar una disculpa como si hubiese contenido algo más que buena educación; ridícula por sentir celos de una mujer cuyo nombre quizá ni siquiera había oído correctamente.

Ilse. Elsa. Un sonido extranjero bastaba, al parecer, para desordenarle la tarde.

—¿Está todo bien? —preguntó una voz detrás.

No era Anselmo. Era Rodrigo. Por un instante, Constanza agradeció con una fuerza casi desproporcionada que fuese él. Rodrigo no la obligaba a sentir algo que no quería mirar. Su presencia tenía la decencia de una silla firme: no prometía viaje, incendio ni revelación, solo soporte.

—Sí —respondió—. Solo necesitaba aire. Las salas de doña Elvira tienen más conversación que ventanas.

—Y menos salidas que intenciones.

Constanza lo miró. Rodrigo sonreía apenas, no para conquistarla sino para acompañar la observación.

Había en él una tranquilidad que no era tonta.

Quizá Mercedes tenía razón en una cosa: algunos caminos decentes no eran cárceles.

El problema era que un camino podía no ser cárcel y aun así no ser propio.

Ese pensamiento la entristeció sin motivo visible.

—Mi madre debe estar satisfecha de verlo aquí —dijo ella.

—Su madre es una mujer difícil de satisfacer del todo. Eso, sospecho, la mantiene joven.

—La mantiene peligrosa.

—También.

Rodrigo no se acercó más. Apoyó una mano en la reja, a una distancia correcta, y miró hacia la calle donde pasaba una carreta vacía.

Durante un rato guardaron silencio. Constanza descubrió que con Rodrigo el silencio no exigía defensa.

No buscaba entrar por ninguna grieta. Era descanso, y el descanso tenía su propia forma de tentación para una muchacha cansada de vigilarse.

—Le debo una disculpa —dijo él al fin.

—¿Usted? Esta tarde todos parecen muy inclinados a disculparse por crímenes no formulados.

—Por haber preguntado por su mano delante de personas que viven de convertir manos en asuntos de familia.

Constanza se rió, a pesar suyo. La risa salió más fácil con Rodrigo que con Anselmo, quizá porque no llevaba detrás el peso de ninguna pregunta secreta. Él recibió la risa con agrado, pero no la cobró. Ese detalle, también, era una virtud.

—No fue culpa suya —dijo ella—. En este pueblo una puede rasparse un dedo y al día siguiente tener ajuar.

—Entonces procuraré no preguntar por su salud completa.

—Se lo agradeceré.

Desde la sala llegó un murmullo más alto.

Alguien había pronunciado “Hamburgo” otra vez; o eso creyó Constanza.

No pudo evitar volver la cabeza. A través de la ventana vio a Anselmo junto al padre Anacleto, sosteniendo unos papeles, mientras Otto hablaba con Mercedes.

Anselmo no miraba hacia el jardín. Esa ausencia de mirada debería haberla tranquilizado.

Le produjo, en cambio, una desilusión tan breve y tan nítida que tuvo que convertirla de inmediato en enojo.

Qué derecho tenía él a no mirarla después de haber notado que se iba.

Qué derecho tenía ella a esperar que la mirara.

—¿Quiere volver? —preguntó Rodrigo.

—No todavía.

—Entonces no volveremos todavía.

La frase fue amable y peligrosa por lo mismo.

Constanza entendió, con una claridad incómoda, por qué su madre pensaba en Rodrigo.

Había hombres que conquistaban ocupando espacio, y otros que lo ofrecían.

Rodrigo pertenecía a los segundos. Para una familia endeudada, una madre temerosa y una joven orgullosa, esa clase de hombre podía parecer una respuesta.

Pero una respuesta no siempre correspondía a la pregunta correcta.

Cuando regresaron a la sala, la conversación sobre Alemania ya se había disuelto en asuntos de parroquia.

Otto y Karl se despedían. Anselmo quedó un instante más porque el padre Anacleto le hizo una pregunta sobre la caja de clavos y el traslado de las maderas.

Constanza volvió a su silla y tomó la costura.

No miró hacia él. Notó, sin embargo, que se acercaba antes de oírlo, porque algunas presencias tienen la mala educación de modificar el aire.

—Me alegra ver que su mano está mejor —dijo Anselmo.

—Rodrigo ya recibió el informe médico completo, puede consultarlo con él.

La frase salió más dura de lo previsto. Anselmo se quedó quieto.

Presentación, sentada cerca, levantó la vista con una sorpresa leve.

Mercedes, desde la mesa de doña Elvira, fingió no haber oído con una perfección que confirmaba lo contrario.

Constanza sintió que había cometido una torpeza, pero ya era tarde.

Anselmo bajó la mirada hacia la tela en sus manos, luego hacia el jardín, donde Rodrigo aún conversaba con doña Elvira.

—Entiendo —dijo.

No entendía. Eso era evidente. Y, sin embargo, su respuesta volvió a sonar como si aceptara una condena sin pedir ver la prueba.

Esa mansedumbre repentina enfureció a Constanza más que cualquier defensa.

¿Por qué no preguntaba? ¿Por qué no decía que ella estaba siendo injusta?

¿Por qué dejaba que el malentendido creciera con esa educación que lo hacía parecer víctima y culpable al mismo tiempo?

—Dudo que entienda —respondió ella, más bajo.

—Probablemente no. Pero no parece usted dispuesta a explicarme.

Por fin, algo en su voz se había tensado.

No era ira abierta; era cansancio de ser herido por una puerta que no sabía haber cerrado.

Constanza levantó la vista. Durante un segundo se miraron sin la protección de las frases.

Ella pudo haber preguntado entonces: ¿quién es Ilse Hartmann?

¿Qué compromiso lo llama a Hamburgo? ¿Por qué habla conmigo como si no estuviera ya prometido a otra vida?

Pero ninguna de esas preguntas podía pronunciarse sin revelar que le importaban las respuestas.

Prefirió la dignidad cobarde de no preguntar.

—Tiene razón —dijo—. No estoy dispuesta.

Anselmo asintió. La educación regresó a su rostro como una persiana bajada.

—Buenas tardes, señorita Zúñiga.

—Buenas tardes, señor Brandt.

Él se inclinó ante Mercedes, se despidió de las señoras y salió con Otto y Karl.

Solo cuando la puerta se cerró, Constanza sintió que había estado respirando a medias.

Presentación guardó una puntilla en la bolsa y no dijo nada.

Esa fue su forma de misericordia. Josefina, que no poseía ninguna forma de misericordia estable, se acercó un poco después para preguntar si Anselmo Brandt estaba enfermo, porque tenía cara de haber tragado harina seca.

Constanza respondió que todos los Brandt parecían alimentarse de harina seca cuando no tenían un libro de cuentas cerca, y la frase produjo la risa esperada en Amparo.

Pero Presentación no rió. Mercedes tampoco.

La tertulia terminó al caer la tarde. Las mujeres recogieron telas, envolvieron sobrantes, repartieron encargos para la parroquia y dejaron tras de sí ese cansancio satisfecho de las reuniones donde se hizo menos de lo anunciado y se supo más de lo conveniente.

Doña Elvira besó a Mercedes con una expresión de triunfo moderado; doña Adelaida prometió pasar por Los Robles la semana siguiente, amenaza que disfrazó de visita; Rodrigo se ofreció a acompañarlas hasta el carruaje y recibió de Mercedes una gratitud tan pulida que Constanza sintió deseos de pedir perdón por ella.

Anselmo ya no estaba. Eso debería haber simplificado el regreso. No lo hizo.