Capítulo 6 Lo que se escucha a medias #4
En el carruaje, Josefina y Amparo comentaron la tarde con la alegría de quienes habían reunido suficiente material para sobrevivir a una semana sin novedades.
Presentación escuchaba, intervenía poco y de vez en cuando miraba a Constanza con una preocupación que no se atrevía a formular.
Mercedes permanecía extrañamente callada.
Fernando, que se había unido a ellas para el regreso, parecía más pendiente de sus propios papeles que de las conversaciones de sus hijas, aunque Constanza sabía que los hombres silenciosos de su familia oían más de lo que admitían.
Afuera, el camino hacia Los Robles se oscurecía entre cercos y potreros, y el aire traía olor a leña encendida desde alguna casa de inquilinos.
—Qué interesante lo de Anselmo Brandt y Alemania —dijo Amparo al fin, incapaz de obedecer incluso a los silencios más evidentes—. ¿Se casará allá?
Mercedes giró la cabeza con una rapidez que habría detenido un caballo.
—Amparo.
—Solo pregunté.
—Eso suele ser el principio de tus peores delitos.
Josefina, que hasta entonces había intentado parecer inocente, añadió en voz baja:
—Dijeron que había una Ilse.
Constanza miró por la ventana. El nombre, repetido por su hermana, se volvió más real y por eso más absurdo.
Mercedes no respondió de inmediato. Esa pausa confirmó demasiadas cosas en la imaginación de Constanza.
Si no había nada, ¿por qué no negarlo? Si solo era un negocio, ¿por qué no decirlo con claridad?
Su madre escogía las palabras como quien escoge cuchillos en la cocina: no por adorno, sino según el corte necesario. La falta de corte era también decisión.
—Se dijeron muchas cosas —respondió Mercedes al fin—. Y una dama prudente no convierte media frase ajena en verdad completa.
—Entonces el pueblo entero no es una dama prudente —dijo Josefina.
—El pueblo entero rara vez es dama y casi nunca prudente.
Amparo rió. Constanza no. La advertencia de Mercedes era sensata, pero llegó tarde y demasiado general.
Media frase ajena. Eso era exactamente lo que había escuchado.
Lo sabía. Y aun así la media frase ya trabajaba dentro de ella como semilla en tierra húmeda.
No necesitaba ser verdad completa para doler un poco; le bastaba con parecer posible.
Al llegar a Los Robles, Constanza se retiró antes de la cena con la excusa de un dolor de cabeza.
Mercedes la dejó ir, lo que significaba que la conversación pendiente sería peor al día siguiente.
En su pieza, encendió la lámpara, dejó el libro sobre la mesa y se quitó los guantes despacio.
La raspadura de la mano casi había desaparecido.
Quedaba apenas una línea rosada, prueba mínima de una mañana que ahora le parecía más lejana que la trilla.
Abrió el libro por la página marcada y trató de leer, pero las frases francesas, traducidas a su castellano íntimo, se llenaron de Hamburgo, de Ilse, de compromisos y de una caja de clavos llevada a la casa de doña Elvira como si nada importante estuviera ocurriendo debajo.
Se sentó junto a la ventana. Desde allí podía ver el nogal, la mesa recogida, la sombra de los corrales y una luz en el escritorio de su padre.
Pensó en Rodrigo, en su forma de no invadir el silencio.
Pensó en Tomás y Presentación, cuya historia parecía avanzar con la modestia de un arroyo claro.
Pensó en Anselmo, aunque se prohibió usar su nombre durante varios minutos inútiles.
Estaba comprometido, quizá. O comprometido con una familia, una deuda, un viaje, una mujer, una promesa.
La diferencia importaba, pero no estaba a su alcance.
Y si no estaba a su alcance, lo digno era retirarse antes de quedar en ridículo ante sí misma.
Esa fue la conclusión que eligió. No la más verdadera, pero sí la más manejable.
Desde ese momento, decidió, Anselmo Brandt volvería a ser lo que había sido antes del camino del molino: un joven formal, extranjero a medias, demasiado dueño de sus silencios y destinado a una vida que no le concernía.
Si alguna vez le había parecido menos insoportable, la culpa era de una yegua asustada, de Balzac y de una mañana mal interpretada.
Apagó la lámpara antes de dormir, pero el cuarto no quedó completamente oscuro.
La luna entraba por la cortina y caía sobre el libro abierto, sobre la mano casi curada, sobre el borde de la silla donde había dejado el chal.
Constanza cerró los ojos con firmeza. No pensaría en Ilse Hartmann.
No pensaría en Hamburgo. No pensaría en el modo en que Anselmo había dicho “probablemente no” cuando ella lo acusó de no entender.
Y, sobre todo, no pensaría que la educación de un hombre podía ser a veces una forma triste de pedir que alguien preguntara mejor.
No pensó en nada de eso, por supuesto. Solo permaneció despierta mucho más de lo necesario, escuchando cómo la casa respiraba alrededor de ella y cómo una media frase, oída entre tazas, agujas y rumores, empezaba a pesar más que una verdad completa.