El peso de la tierra Capítulo 6 Lo que se escucha a medias #2
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Capítulo 6 Lo que se escucha a medias #2

—Eso dicen. Algo antiguo. Con los Hartmann, de Hamburgo. Usted sabe cómo son esas familias: una cree que han cruzado el mundo y todavía tienen la mitad del corazón guardado en un escritorio del puerto.

—Hartmann —repitió la señora Molina—. Ese apellido lo vi en un sobre una vez. Papel grueso, tinta azul. Muy extranjero todo.

—Y hay una hija, me parece —añadió una de las sobrinas de Chillán, que hasta entonces había fingido no interesarse por nada—. Ilse. O Elsa. Uno de esos nombres que parecen hechos para bordarse en pañuelos blancos.

Constanza pinchó la tela fuera del dibujo.

La aguja entró donde no debía y dejó una marca mínima, corregible, pero ella la vio como si hubiera arruinado el mantel entero.

Ilse. El nombre no significaba nada para ella, y quizá por eso pudo llenarse de significado con una rapidez ridícula.

Una hija de Hamburgo. Un compromiso de Alemania.

Un apellido dicho por señoras que sabían demasiado poco y, precisamente por eso, podían completar las sombras con una imaginación peligrosa.

El recuerdo de Anselmo diciendo que no todos los que llegan de fuera vienen a despreciar lo que encuentran volvió con una luz nueva y desagradable.

Tal vez no defendía su origen por orgullo, sino porque allí lo esperaba una vida ya decidida.

Tal vez la distancia que llevaba encima no era soledad, sino fidelidad a otra mesa.

—No inventen matrimonios donde puede haber negocios —dijo Mercedes, con una ligereza que pretendía cerrar el asunto.

Constanza la miró. ¿Por qué su madre decía eso con tanta rapidez?

¿Para proteger la verdad o para impedir que ella oyera más?

La sospecha nació injusta y encontró alimento de inmediato, como nacen tantas cosas que uno después llama intuición para no confesarlas resentimiento.

Mercedes sabía observar. Mercedes había notado el nombre de Anselmo en su boca bajo el nogal.

Si ahora desviaba la conversación, tal vez no era por prudencia social sino porque sabía algo.

—Negocios, matrimonios, deudas —dijo doña Adelaida—. En las familias antiguas todo termina pareciéndose. Lo cierto es que el muchacho debe partir antes de que el asunto se enfríe. Eso escuché.

—¿Anselmo? —preguntó Amparo, con la fatal claridad de quien no ha aprendido a fingir indiferencia.

Todas las miradas cayeron sobre ella. Amparo se puso roja y mordió un pan dulce como si pudiera esconderse detrás.

Josefina le dio un golpe con el codo. Mercedes cerró los ojos un instante.

Constanza habría querido desaparecerla con la fuerza de su pensamiento o abrazarla por haber formulado la pregunta que ella no tenía derecho a hacer.

Doña Elvira, que olía el interés joven con la precisión de un perro de caza, respondió sin mirar a Constanza, lo cual fue una crueldad refinada.

—Anselmo, sí. El hijo segundo. Karl queda aquí con el fundo, según se entiende. El otro muchacho tendrá que mirar hacia Alemania. En esas casas, los segundos nacen con maleta aunque duerman en cuna chilena.

La frase habría podido darle pena si no le hubiera llegado envuelta en el nombre de Ilse.

Constanza recordó el camino del molino, la manzana comprada al niño, el modo en que Anselmo había esperado a distancia frente a la tienda de Molina.

¿Había sido todo eso simple educación de un hombre que ya pertenecía a otra historia?

La pregunta era absurda. Nadie le había prometido nada.

Nadie le debía explicación. La conversación entre ellos no había sido más que una mañana, un susto y algunos libros.

Sin embargo, la noticia produjo una punzada tan definida que la obligó a enderezarse en la silla.

No era dolor, se dijo. Era humillación anticipada.

Le irritaba haber concedido humanidad a alguien cuya vida quizá estaba ordenada en otro continente, junto a una mujer de nombre blanco y apellido sólido.

—Pobrecita la muchacha alemana, si existe —dijo Josefina, tal vez para reparar la imprudencia de Amparo con otra peor—. Esperar a un hombre que demora años en llegar debe ser triste.

—Más triste sería que llegara y resultara insoportable —murmuró Constanza.

Lo dijo lo bastante bajo para que no toda la sala oyera, pero Mercedes sí lo oyó.

También Presentación, que dejó un momento la puntilla y miró a su hermana con una atención suave, no acusadora.

Constanza evitó ambas miradas. No quería que su madre viera en su irritación una prueba de interés ni que Presentación, con su bondad quieta, le ofreciera comprensión antes de que ella misma supiera qué necesitaba comprender.

La tertulia siguió. Las señoras pasaron del compromiso de Alemania a la tos de Wilhelm, de la tos a los remedios, de los remedios a la cosecha guardada antes de las primeras lluvias y de allí a una discusión sobre si la harina del molino nuevo salía más fina o solo más cara.

Constanza participó poco. Cada vez que intentaba volver a la conversación general, las palabras escuchadas se ordenaban otra vez: compromiso, Hartmann, Hamburgo, hija, Ilse, partir.

No eran una prueba. En cualquier otro asunto ella habría despreciado una cadena tan débil de información.

Pero el corazón, cuando desea defenderse de algo que todavía no acepta sentir, tiene un talento mezquino para convertir rumores en sentencias.

A media tarde llegaron los hombres, o más bien algunos de ellos, porque ninguna reunión de mujeres permanecía puramente femenina si había asuntos de parroquia que pudieran resolverse con firmas, caballos o saludos oportunos.

Entró primero el padre Anacleto, con una carpeta bajo el brazo y la expresión de quien venía a recoger caridad y probablemente a dejar dos consejos no solicitados.

Detrás apareció Rodrigo Ovalle, convocado por doña Elvira para revisar el traslado de unas maderas destinadas a reparar la sacristía.

Su llegada produjo un movimiento inmediato en la sala: Mercedes se enderezó, doña Adelaida sonrió, Josefina miró a Constanza con una falta completa de misericordia y Amparo abrió tanto los ojos que Presentación tuvo que tocarle la manga.

Rodrigo saludó con su corrección habitual, preguntó por la mano de Constanza con sobriedad suficiente para no alimentar demasiado el chisme y se puso a hablar con el padre sobre medidas, carpinteros y costos.

Constanza le respondió con amabilidad. Le debía eso y, quizá, algo más.

Rodrigo no había provocado el rumor de sus visitas ni la ansiedad de su madre ni la sensación de que el mundo empezaba a ubicarla en una mesa antes de que ella eligiera silla.

Era un hombre decente, y lo decente, como Mercedes insistía, no debía ser tratado como delito.

Sin embargo, mientras él hablaba de maderas, ella sentía detrás de cada frase otra palabra: Alemania.

La comparación era injusta y no favorecía a nadie.

Rodrigo estaba allí, presente, disponible, claro; Anselmo era un conjunto de contradicciones, una voz que pedía disculpas tarde, un destino cubierto por nombres extranjeros.

Precisamente por eso el pensamiento volvía a él con una obstinación que la enfurecía.

No esperaba verlo esa tarde. Tal vez por eso, cuando Anselmo Brandt entró en la sala de doña Elvira con Karl y Otto, trayendo unos papeles para el padre Anacleto y una caja de clavos prometida para la reparación de la sacristía, Constanza sintió que la escena entera se reorganizaba contra su voluntad.

No hizo nada. Siguió sentada. Pero la taza que sostenía pareció volverse demasiado frágil y caliente entre los dedos.

Anselmo saludó primero a la dueña de casa, luego a las señoras mayores, después a Mercedes y a Fernando, que había llegado por otro asunto y conversaba cerca del corredor con Rodrigo.

Cuando sus ojos encontraron a Constanza, la inclinación de cabeza fue leve, correcta, apenas más detenida que las demás.

Ese “apenas” fue lo que ella no pudo perdonarle.

—Señorita Zúñiga —dijo él.

—Señor Brandt.

La frialdad de su voz no fue escandalosa.

Fue peor: perfectamente educada. Anselmo la percibió de inmediato, porque tenía, bajo su rigidez, una sensibilidad que ella habría preferido no reconocerle.

Algo cambió en su rostro, no bastante para que otros lo notaran, sí bastante para que Constanza supiera que había sido eficaz.

La eficacia le produjo una satisfacción pobre y, enseguida, una vergüenza más pobre todavía.

—Espero que Mora no haya vuelto a sufrir ataques contra el orden público —dijo él, intentando una ligereza que quizá habría funcionado el día anterior.

—Mora es selectiva con sus sobresaltos. No acostumbra repetirlos sin motivo.

—Eso habla bien de ella.

—De algunos animales se puede decir mucho con poco.

Anselmo calló. La frase no lo insultaba directamente, pero levantaba una cerca.

Él miró un instante hacia el libro que ella había dejado sobre la silla, como si buscara el camino de regreso a la conversación del molino, y luego retiró la mirada con prudencia.

Constanza sintió el movimiento como una pérdida y se irritó por sentirlo.

Si estaba comprometido con una Ilse Hartmann de Hamburgo, no tenía derecho a entrar en una sala chilena y hablarle de libros como si las palabras no fueran también una forma de tocar.

La acusación era absurda, exagerada y secreta.

Por eso mismo resultaba difícil contradecirla.