Capítulo 6 Lo que se escucha a medias
La casa de doña Elvira Urrutia tenía la virtud de parecer más amplia cuando estaba llena de visitas, como si las paredes, acostumbradas a recibir conversaciones ajenas, supieran retirarse un poco para no estorbar.
Quedaba a la entrada del pueblo, detrás de una reja baja y de un jardín donde las rosas sobrevivían más por orgullo que por clima, y los jueves de mayo se convertía en punto de reunión para señoras, hijas en edad conveniente, viudas con noticias, primas de paso y una cantidad imprecisa de tazas que circulaban con menos inocencia que el té.
Doña Elvira llamaba a esas tardes “trabajo para la parroquia”, porque siempre había un mantel que remendar, flores de tela que preparar o ropa pobre que doblar en nombre de alguna virtud cristiana.
Constanza había aprendido que la caridad, en aquellas reuniones, ocupaba la mesa central, pero las noticias se sentaban en todas las sillas.
Mercedes llegó con sus cuatro hijas a media tarde, no demasiado temprano para no parecer ansiosa ni demasiado tarde para no permitir que otra mujer instalara primero su versión de los acontecimientos.
Presentación llevaba una bolsa con puntillas destinadas al altar y una serenidad nueva, apenas visible, que Constanza atribuía al segundo domingo de visita de Tomás Rioseco y Mercedes a la Providencia cuando estaba de buen humor.
Josefina y Amparo habían recibido instrucciones explícitas de hablar poco, comer menos y no repetir nada que hubiesen oído en el molino, lo cual equivalía a ordenar a dos gatos que no miraran un plato de crema.
Constanza, por su parte, llevaba un libro pequeño escondido bajo el chal, no con la esperanza ingenua de leerlo, sino como quien porta una navaja sabiendo que quizá no tendrá ocasión de usarla.
Doña Elvira las recibió con besos, exclamaciones y una mirada rápida sobre los vestidos, las cintas, las manos y los rostros, inventario silencioso que las mujeres de cierta edad realizaban con más precisión que cualquier tasador.
La sala olía a azúcar quemada, cera, almidón y flores secas.
En una mesa se apilaban piezas de tela blanca; en otra, platos con pan dulce, queso fresco y membrillo; cerca de la ventana, dos sobrinas de Chillán se disputaban el derecho de parecer aburridas antes que las demás.
Constanza saludó, se dejó besar por una tía lejana cuyo parentesco nadie podía explicar sin un árbol genealógico y terminó sentada junto a Presentación, frente a una bandeja de hilos, con la sensación de haber sido colocada allí no por azar sino por una de esas geometrías sociales que las madres trazan en el aire con el abanico.
—Qué gusto verla, doña Mercedes —dijo doña Adelaida Fuentes, que ya estaba instalada con la comodidad de quien llegó temprano para no perder el primer rumor—. Su Presentación está cada día más compuesta. El domingo pasado, según me dijeron, la visita en Los Robles fue de lo más agradable.
Presentación inclinó la cabeza sobre la costura. Mercedes sonrió con una naturalidad admirable, como si no hubiese dirigido aquella visita desde antes del alba ni elegido personalmente la jarra donde se pusieron las flores del nogal.
—Tomás Rioseco es un joven correcto —respondió—. Y su madre, una señora de criterio. En estos tiempos, encontrar ambas cosas en una misma familia ya parece exceso de fortuna.
—La fortuna hay que recibirla antes de que se arrepienta —dijo doña Elvira, sirviendo té—. Las muchachas buenas no deben quedarse esperando que los hombres brillantes se vuelvan prudentes. Por lo general, antes se vuelven calvos.
Josefina soltó una risa y la disimuló tarde.
Amparo, a quien la frase le pareció una revelación científica, miró de inmediato la frente de todos los hombres imaginarios conocidos por la familia.
Constanza bajó la vista hacia el hilo para no celebrar demasiado la crueldad exacta de doña Elvira.
Había tardes en que el mundo de las señoras le resultaba insoportable, con su manía de convertir cada gesto en anuncio matrimonial; y había otras, menos frecuentes, en que reconocía en ellas una inteligencia práctica, entrenada por años de no poseer los instrumentos oficiales del poder y obligada, por lo mismo, a inventar otros.
Bajo el té, los bordados y las frases de apariencia liviana, esas mujeres administraban destinos con la única autoridad que les habían dejado: mirar, recordar y hablar.
Durante la primera hora, la conversación giró alrededor de Tomás con una delicadeza que habría engañado a cualquier hombre presente y a ninguna mujer de la sala.
Se habló de su madre viuda, de sus tierras, de sus caballos, de su asistencia regular a misa y de su defecto más grave, que según una de las sobrinas consistía en tener orejas ligeramente grandes.
Presentación soportó el examen con una paciencia admirable.
No parecía enamorada, al menos no en el sentido de los libros que Constanza ocultaba bajo el chal, pero tampoco parecía víctima.
Cuando le preguntaron si Tomás había llevado de verdad partituras para el coro, contestó que sí, que eran copias limpias y cuidadosamente ordenadas.
Mercedes recibió ese dato como quien recibe un certificado moral.
Un hombre que copiaba música sin manchar la página difícilmente sería brutal con una esposa, aunque Constanza sospechó que el razonamiento, como tantos de su madre, era discutible y útil al mismo tiempo.
El nombre de Rodrigo Ovalle apareció después, como aparecen los nombres peligrosos: no desde la boca que más los espera, sino desde una esquina donde alguien finge hablar de otra cosa.
Fue doña Adelaida quien lo dejó caer, envuelto en una observación sobre la cosecha y los caminos.
Dijo que Rodrigo había estado en el pueblo consultando por unos herrajes, que se lo veía bien de salud y que la viudez, cuando se llevaba con dignidad y buena administración, podía volver a un hombre más interesante que triste.
Mercedes bebió un sorbo de té sin apuro.
Constanza sintió en la nuca la atención de su madre antes incluso de verla.
—Don Rodrigo siempre ha sido un caballero —dijo Mercedes.
—Y un caballero solo es un vecino hasta que empieza a preguntar por la salud de una joven —añadió doña Elvira con una inocencia criminal.
—Preguntó por mi mano porque me raspé con una rama —dijo Constanza, dejando la aguja sobre la tela.
—Exactamente, querida —respondió doña Adelaida—. Los hombres empiezan por preocuparse por una mano y terminan queriendo administrar la casa entera.
La sala rió, no con malicia abierta, sino con ese placer social que produce ver a una joven inteligente obligada a ocupar por un momento el centro del blanco.
Constanza sintió subir el calor por el cuello.
Rodrigo era decente; precisamente por eso la irritaba la facilidad con que todos parecían usar su decencia como argumento a favor de un futuro que ella no había pedido imaginar.
Miró a Mercedes, esperando encontrar allí una advertencia o un gesto de defensa.
Encontró, en cambio, una calma demasiado cuidadosa.
Su madre no la empujaba todavía, pero ya había puesto la mano en la espalda.
—Rodrigo puede preguntar por cuantas manos quiera —dijo Constanza—. Mientras no se le ocurra decidir qué hacer con ellas, seguiremos todos en paz.
—Hija —murmuró Mercedes.
—No he dicho nada impropio.
—Eso es lo más inquietante de tus frases. Casi nunca se las puede condenar sin concederles alguna razón.
Doña Elvira intervino con habilidad para cambiar el foco antes de que la pequeña tensión familiar se volviera demasiado aprovechable por terceros.
Mandó traer más agua caliente, pidió a Presentación que revisara una puntilla y preguntó por la salud de Wilhelm Brandt, porque en una tarde destinada a coser para la parroquia ninguna noticia debía quedar sin aguja.
El apellido produjo un movimiento leve en Constanza.
No se sobresaltó, no levantó la vista demasiado rápido, pero sintió que el hilo entre los dedos se volvía de pronto más fino y más difícil de manejar.
Desde el recado al pueblo había pensado en Anselmo menos de lo que habría querido admitir y más de lo que podía justificar.
Lo recordaba sujetando a Mora, entregándole el sobre sin leerlo, hablando de Balzac como quien abre una ventana sin invitar a nadie a entrar del todo.
Ninguno de esos recuerdos merecía el privilegio de alterar una costura. Sin embargo, lo hizo.
—Wilhelm ha estado delicado —dijo una señora de apellido Molina, prima del comerciante y dueña de una voz que parecía fabricada para trastiendas—. Mi cuñado vio a Otto en la tienda. Compró miel, alcanfor y no sé qué remedio que llegó de Concepción. Dicen que la tos no lo deja.
—Los hombres viejos se aferran a la vida cuando todavía les quedan mandatos por repartir —dijo doña Elvira—. Mi suegro duró tres años más de lo razonable solo para decirnos dónde guardar una vajilla que nadie usaba.
—Wilhelm Brandt no es de los que se van sin dejar todo amarrado —comentó doña Adelaida—. Y menos ahora, con ese compromiso de Alemania.
La palabra cayó sobre la mesa con una apariencia común.
Compromiso. Podía significar cualquier cosa: obligación, negocio, deuda, promesa, matrimonio.
En la sala, donde las agujas entraban y salían de la tela con una regularidad casi religiosa, bastó esa ambigüedad para que varias mujeres levantaran apenas la cabeza.
Constanza siguió mirando su costura, pero todos sus sentidos se ordenaron hacia el rincón donde doña Adelaida hablaba más bajo.
No quería escuchar. Esa fue la primera mentira que se dijo.
Quería escuchar sin que nadie notara que escuchaba, que era muy distinto.
—¿Compromiso? —preguntó doña Elvira.