Capítulo 5 El pretendiente de Presentación #3
Mercedes la miró con atención. El apellido había salido demasiado rápido, demasiado natural, y la sonrisa de Constanza se cerró apenas comprendió su propio descuido.
Ahí estaba. No una confesión, no siquiera una inclinación visible, pero sí una hebra que Mercedes no recordaba haber dejado en el tejido.
Anselmo Brandt. El muchacho formal de la trilla, el del camino, el de la familia próspera y la sombra extranjera.
Mercedes no sabía todavía qué lugar ocupaba en los pensamientos de su hija, pero supo que ocupaba alguno, y eso bastó para que Rodrigo Ovalle dejara de ser solo una posibilidad conveniente y se volviera también una urgencia preventiva. No por crueldad. Por miedo.
—Los Brandt saben de zapatos —dijo con ligereza calculada—. Caminan como si el polvo tuviera que pedirles disculpas.
—Algunos caminan mejor de lo que hablan.
—Qué frase tan específica para una opinión general.
Constanza se puso de pie con el libro bajo el brazo.
—Voy a ver si Presentación necesita ayuda.
—Presentación necesita que nadie la haga reír mientras prepara dulce para la visita de su pretendiente.
—Entonces mandaré a Amparo.
—Constanza.
La joven se detuvo. Mercedes quiso decir algo más, algo menos útil y más verdadero: que no deseaba apagarle nada, que el orgullo no alimentaba una casa, que una mujer podía equivocarse tanto obedeciendo como resistiendo, que ella misma había amado a Fernando antes de aprender a temer sus cuentas.
Pero ninguna de esas frases encontró una forma que no sonara a sermón.
Constanza esperó un segundo, y al no recibir nada que pudiera combatir, siguió hacia la casa.
Mercedes quedó bajo el nogal con el pan partido, la libreta cerrada y la sensación de haber empujado una puerta apenas para descubrir que del otro lado había otra cerradura.
El domingo de Tomás Rioseco llegó con sol y viento frío.
Mercedes dirigió la casa desde antes del alba con una precisión que habría hecho llorar de orgullo a cualquier comandante de guarnición.
Rosa amasó doble; Presentación arregló flores silvestres en un jarro sin caer en excesos sentimentales; Josefina recibió la orden de no opinar sobre caballos, herencias ni bigotes; Amparo fue advertida de que una sola frase imprudente la condenaría a desgranar arvejas hasta que Cristo volviera.
Fernando se vistió con su mejor chaqueta, que Mercedes había mandado cepillar hasta extraerle una dignidad casi nueva, y Constanza aceptó permanecer en la sala con la promesa de no mirar a Tomás como si estuviera siendo evaluado para un cargo menor.
Tomás llegó con su madre, doña Inés Rioseco, una mujer de negro correcto y mirada práctica, que saludó a Mercedes con la cordialidad de quien conocía perfectamente el propósito de la visita y tenía la elegancia de no manosearlo.
El joven era alto sin imponerse, moreno, de manos grandes y voz amable.
Trajo para Presentación un pequeño libro de devociones encuadernado en tela azul, regalo tan adecuado que Josefina estuvo a punto de desmayarse de aburrimiento y Mercedes de alivio.
Presentación lo recibió con un rubor tranquilo.
Tomás no hizo comentario brillante; dijo apenas que había pensado que a ella podía gustarle, porque la había oído hablar con el padre Anacleto sobre los cantos de Semana Santa.
Esa precisión, humilde y atenta, valió para Mercedes más que cualquier flor cara.
La visita transcurrió sin sobresaltos mayores, lo cual en Los Robles podía considerarse intervención divina.
Tomás habló con Fernando sobre el estado de los caminos, con Mercedes sobre la salud de su madre, con Presentación sobre el bordado del altar y con Constanza solo lo justo para no parecer intimidado por ella.
Amparo derramó una cucharada de dulce sobre el mantel y Josefina preguntó si los Rioseco tenían un caballo llamado General, pero ambas faltas quedaron dentro del margen de lo humano.
Bajo el nogal se sirvió pan caliente, chocolate y queso fresco; el viento movía las hojas nuevas, y por un rato la casa pareció lo que Mercedes deseaba que todos vieran: una familia antigua, viva, con hijas educadas, mesa generosa y ningún acreedor esperando detrás de la puerta.
Al despedirse, doña Inés apretó las manos de Mercedes un poco más de lo necesario.
—Volveremos, si no incomodamos —dijo.
—Esta casa se incomoda solo cuando la olvidan —respondió Mercedes.
Tomás pidió permiso a Fernando para traer, el domingo siguiente, unas partituras que su hermana había copiado y que Presentación quizá podría revisar para el coro de la parroquia.
El pretexto era tan transparente y tan decoroso que incluso Constanza, desde el corredor, tuvo la delicadeza de no sonreír.
Presentación bajó los ojos. Fernando concedió el permiso.
Mercedes sintió que algo, por fin, avanzaba sin tener que ser empujado a golpes.
Esa noche, cuando la casa ya se había recogido y las niñas supuestamente dormían, Mercedes y Fernando volvieron a la sala.
Él se sentó con lentitud. Ella recogió una taza olvidada, enderezó una silla, apagó una lámpara que no necesitaba apagarse todavía y terminó por quedarse de pie junto a la ventana.
Afuera, el nogal era apenas una sombra grande sobre el patio.
Durante un rato no hablaron de Tomás ni de Presentación.
No hacía falta. Ambos habían visto lo mismo: una posibilidad tranquila, casi benigna, entrando por la puerta principal.
—Eso puede salir bien —dijo Fernando.
—No lo digas muy fuerte. Las cosas que pueden salir bien son tímidas y se asustan.
—Mercedes.
—Sí. Puede salir bien.
La admisión los dejó en silencio. Después Fernando mencionó a Rodrigo, no con entusiasmo, sino con esa voz de quien deposita una piedra sobre una mesa porque ya no puede seguir llevándola en el bolsillo.
Dijo que quizá convenía invitarlo más adelante, no formalmente todavía, solo como vecino, como amigo de la casa, como hombre cuya presencia no haría sospechar nada si se manejaba con prudencia.
Mercedes lo miró. Habría podido celebrar la victoria.
No lo hizo, porque la manera en que Fernando pronunciaba esa concesión no tenía nada de triunfo.
Era un padre aceptando que el mundo tal vez pediría a su hija segunda una elección antes de que su corazón hubiera aprendido a defenderse.
—Con prudencia —repitió Mercedes—. Y sin decir una palabra delante de las niñas.
Naturalmente, las niñas estaban detrás de la puerta.
Josefina y Amparo habían salido de su cuarto con la excusa de buscar una cinta perdida, aunque la cinta en cuestión dormía perfectamente visible sobre la cómoda.
Agachadas junto al corredor, alcanzaron solo fragmentos: “Rodrigo”, “Constanza”, “invitarlo”, “prudencia”, “sin decir una palabra”.
Para dos imaginaciones jóvenes, alimentadas por visitas dominicales, medias frases y una absoluta falta de responsabilidad, aquellos fragmentos no constituían una posibilidad cautelosa, sino un hecho social en busca de público.
Se retiraron de puntillas, chocaron entre sí una vez, reprimieron dos risas y llegaron a la pieza convencidas de haber descubierto el secreto matrimonial del siglo.
Al día siguiente, Amparo se lo contó a Rosa bajo promesa de muerte, Josefina se lo insinuó a una prima Ovalle bajo promesa de discreción y Jacinto, que oyó la mitad mientras cargaba leña, lo repitió en el molino con la precisión propia de quien no entiende nada y por eso mejora todo.
Hacia la tarde, en el pueblo, alguien ya decía que don Rodrigo Ovalle visitaría pronto Los Robles por asuntos de familia.
No era una mentira completa, lo que la volvía mucho más peligrosa.
Mercedes, que había pedido silencio con la ingenuidad imperdonable de quien olvida haber criado hijas, no supo aún que el rumor había echado a andar.
La tierra recibió aquella pequeña semilla de confusión sin distinguir si venía de la imprudencia, del miedo o del cariño. Como hacía siempre, la guardó.