Capítulo 5 El pretendiente de Presentación #2
Presentación sonrió al fin, y Mercedes sintió alivio.
Esa sonrisa importaba. No era pasión ni novela; era comodidad, una aceptación tranquila ante la idea de Tomás Rioseco sentado bajo el nogal, tomando chocolate sin exigirle a nadie que brillara más de lo necesario.
Mercedes sabía que existían matrimonios levantados sobre grandes declaraciones y derrumbados por pequeñas mezquindades.
También sabía que una mujer podía vivir con dignidad junto a un hombre que no le incendiara el pecho, siempre que no le apagara la voz.
Tomás, según todo indicio disponible, no apagaría a Presentación.
Tal vez ni siquiera advertiría del todo cuánta luz llevaba ella, pero había hombres cuya mayor virtud consistía en no dañar aquello que no sabían nombrar.
El problema, naturalmente, era Constanza.
Mercedes no tenía hijas fáciles, pero Constanza era la única que parecía haber confundido la inteligencia con un permiso para estar siempre en desacuerdo con la providencia.
Desde el incidente del camino —porque Mercedes sabía, pese a la versión abreviada recibida, que había habido más que una lona, una yegua y una manzana inexplicable hallada después por Amparo en la alforja— su segunda hija le producía una inquietud distinta.
No estaba más dócil. Dios no concedía milagros de esa magnitud en un mes cualquiera.
Pero estaba más callada en ciertos momentos, y una Constanza callada no tranquilizaba: anunciaba pensamientos con andamiaje propio.
—Y Rodrigo Ovalle —dijo Mercedes, como quien deja caer una cucharilla en una taza y no una bomba doméstica— preguntó por la mano de Constanza.
Fernando se enderezó. Presentación alzó la vista tan rápido que se pinchó un dedo.
Desde el corredor, donde evidentemente Josefina había avanzado dos pasos para oír mejor, se produjo un ruido de respiración mal escondida.
Mercedes disfrutó durante un segundo del efecto antes de corregir con una serenidad impecable.
—Por la mano herida de Constanza —precisó—. La raspadura del recado. No se entusiasmen todos al mismo tiempo o la casa se nos viene abajo.
—Mercedes —dijo Fernando, con una mezcla de alivio y reproche.
—¿Qué? Es importante medir las reacciones familiares. Una madre trabaja con los datos que consigue.
Presentación se llevó el dedo a la boca para no reír.
Fernando negó con la cabeza, pero no parecía verdaderamente molesto.
Mercedes volvió una página de la libreta, aunque allí no tenía nada escrito sobre Rodrigo; no necesitaba escribir lo que la preocupaba de verdad.
Rodrigo Ovalle era un hombre decente, viudo, dueño de una casa ordenada y de tierras que no dependían de la misericordia mensual de Molina.
No era joven, pero tampoco viejo. No era brillante, pero la brillantez en los hombres solía ser una forma de pedir aplauso por acciones que las mujeres realizaban sin público.
Había tratado a Presentación con respeto en la trilla y a Constanza con una paciencia que no parecía cálculo.
Eso, en la lista íntima de Mercedes, lo convertía en posibilidad.
—No empieces con Rodrigo —dijo Fernando, más cansado que severo.
—No empiezo. Observo.
—Observas como los cañones observan una muralla.
—Exagerado. Rodrigo no ha dado motivo para una sola queja seria. Es educado, estable, no bebe más de lo conveniente, no se ríe de sus propios chistes antes de terminarlos y tiene la bondad de no ser un muchacho de veinte años convencido de que el mundo nació para escucharlo.
—Tiene casi el doble de edad que Constanza.
—No seas dramático. Si fuera el doble, ella tendría diecinueve y él treinta y ocho. Y todavía no los tiene.
—Mercedes.
—Está bien. Pasados los treinta y tantos, concedo eso. Pero la edad, en un marido, es un defecto que mejora si viene acompañada de respeto. La tontera, en cambio, suele empeorar con los años y no deja herencia útil.
Fernando la miró largamente. Mercedes sostuvo la mirada porque sabía que debajo de aquella objeción había algo más noble que la simple resistencia a su plan.
Fernando amaba a Constanza de un modo distinto: la veía como una criatura difícil, sí, pero también como una inteligencia que no quería ver reducida a moneda de cambio.
Mercedes también la veía así. Esa era la injusticia secreta de su papel: todos creían que ella empujaba a sus hijas al matrimonio porque no entendía sus almas, cuando en verdad las empujaba porque entendía demasiado bien el precio que el mundo cobraba a las almas sin respaldo.
—No la forzaremos —dijo Fernando.
—No he dicho que vayamos a forzarla.
—Lo digo antes de que encuentres una palabra más elegante para lo mismo.
Mercedes cerró la libreta con suavidad. La frase le dolió porque no era absurda.
Tenía muchas palabras elegantes para cosas feas: conveniencia, prudencia, resguardo, oportunidad.
Las había aprendido no por malicia sino por necesidad.
Una madre sin fortuna y con hijas hermosas debía dominar ese vocabulario o resignarse a que otros lo usaran contra ellas.
—Fernando, yo tampoco quiero entregar a Constanza como quien entrega un saco de trigo para pagar una cuenta —dijo, cuidando que la voz no subiera—.
Pero tampoco quiero verla un día orgullosa, sola y empobrecida, usando su inteligencia para explicarse por qué rechazó todas las puertas mientras todavía estaban abiertas.
Rodrigo no es castigo. Es una casa posible.
Presentación se levantó entonces, quizá porque entendió que su presencia ya no protegía a nadie.
Besó a su madre en la frente con una delicadeza que Mercedes no esperaba y salió con el bordado apretado contra el pecho.
El gesto dejó tras de sí una quietud rara.
Fernando miró la puerta por donde se había ido su hija mayor y luego volvió a Mercedes con una tristeza que no necesitaba palabras.
Ambos sabían que el domingo de Tomás Rioseco podía iniciar una despedida lenta.
Las hijas no se iban el día del matrimonio; empezaban a irse cuando la casa imaginaba por primera vez la silla que ocuparían en otra mesa.
A media tarde, Mercedes encontró a Constanza bajo el nogal, leyendo el mismo libro francés que parecía haber sobrevivido a un ataque de polvo, y con la mano ya casi curada apoyada sobre la falda.
El pan de Rosa estaba al centro de la mesa, cubierto con un paño; Josefina y Amparo, por milagro o agotamiento, habían desaparecido hacia el gallinero; Presentación ayudaba en la cocina a preparar dulce de membrillo para el domingo.
El momento parecía ideal para una conversación maternal, lo cual significaba que probablemente terminaría mal.
Mercedes se sentó frente a Constanza sin pedir permiso.
Las madres, después de haber enseñado a caminar a una criatura, conservaban cierta sensación de derecho sobre todas las superficies donde esa criatura decidiera hacerse la misteriosa.
—Rodrigo Ovalle preguntó por ti —dijo.
Constanza no levantó la vista del libro.
—Qué amable. Espero que alguien le haya contestado que sigo existiendo.
—Preguntó por tu mano.
Ahora sí levantó la vista. Mercedes permitió que la alarma durara exactamente lo suficiente para resultar instructiva.
—La mano herida —añadió—. Pero veo que la especificación no es inútil.
—Mamá, algún día va a producir una desgracia únicamente para disfrutar la pausa anterior a explicarla.
—Si la desgracia viniera bien vestida y con tierras saneadas, al menos la recibiría en la sala.
Constanza cerró el libro sobre un dedo para no perder la página.
Mercedes vio en ese gesto algo que la inquietó: no era simple irritación.
Era defensa. Una defensa levantada antes de saber contra qué.
Su hija tenía dieciocho años y ya sabía mirar como si una propuesta cualquiera pudiera ser una trampa contra su libertad.
Mercedes comprendió, con una lucidez que no la hizo más amable, que Constanza no estaba hecha para aceptar una casa posible sin preguntarse qué ventana se cerraba a cambio.
—Rodrigo es un buen hombre —dijo.
—No he dicho lo contrario.
—Eso, en tu idioma, equivale casi a una declaración de amor.
—Entonces ruego que nadie traduzca mi idioma en público.
Mercedes tomó un pan pequeño, lo partió en dos y le ofreció una mitad.
Constanza dudó un segundo antes de aceptarla.
Aquel gesto simple, compartir pan bajo el nogal, desarmó un poco la conversación; no porque resolviera nada, sino porque recordaba a ambas que antes de ser madre estratégica e hija resistente eran dos mujeres de la misma casa, sentadas en una mesa que había visto discusiones peores y seguiría recibiendo migas después de ellas.
—No te estoy pidiendo nada —dijo Mercedes.
—Todavía.
—Todavía —admitió, porque mentirle a Constanza solo servía para hacerla más inteligente—. Pero quiero que mires a los hombres decentes antes de decidir que todos los caminos que no eliges son cárceles.
Constanza bajó la mirada hacia el pan. Por un instante pareció más joven que en sus respuestas, casi la niña que Mercedes recordaba escondiendo libros en el costurero para no tener que bordar flores que consideraba intelectualmente ofensivas. Luego volvió la ironía, aunque menos filosa.
—¿Y si un camino decente sigue siendo el camino equivocado?
Mercedes no contestó de inmediato. La pregunta era demasiado buena para una madre que necesitaba respuestas útiles.
Miró hacia los potreros, donde un peón llevaba dos bueyes hacia el bajo, y pensó que la vida rara vez ofrecía caminos correctos en el momento en que una debía elegirlos.
A veces entregaba apenas senderos transitables y exigía gratitud por no estar llenos de barro.
—Entonces habrá que tener buenos zapatos —dijo al fin.
Constanza sonrió a su pesar.
—Eso suena a consejo Brandt.