Capítulo 5 El pretendiente de Presentación
Doña Mercedes Zúñiga no había nacido casamentera, aunque sus hijas, si se les hubiese pedido declaración bajo juramento, habrían afirmado lo contrario con la tranquilidad de quien confunde la costumbre con la naturaleza.
En su juventud había sido una muchacha menos práctica de lo que ahora convenía recordar, capaz de creer que una mirada sostenida durante un baile podía valer más que una escritura bien inscrita y que el amor, con suficiente buena voluntad, terminaba encontrando sábanas limpias, cuentas pagadas y techos sin goteras.
La vida, que poseía un talento deplorable para corregir a las mujeres sin pedirles permiso, le había enseñado otra cosa.
No le había quitado la ternura, porque una casa con cuatro hijas no permite semejante lujo; solo se la había vuelto vigilante, administradora, capaz de esconder el miedo debajo de una broma y de pronunciar la palabra “porvenir” con la misma gravedad con que otros pronunciaban “enfermedad”.
Aquella mañana de mayo, Los Robles amaneció cubierto por una neblina baja que convertía los cercos en líneas inciertas y hacía parecer más antigua la casa de lo que era.
Mercedes recorrió el corredor con un chal sobre los hombros, una libreta doméstica bajo el brazo y una determinación que los perros reconocían mejor que sus propias hijas.
Se detuvo junto al nogal del patio, miró la mesa larga todavía húmeda por el rocío y pensó, con una mezcla de orgullo y angustia, que allí cabían muchas cosas: panes de Rosa, platos de sopa, costuras, discusiones, niños que aún no existían, velorios que no quería imaginar y tal vez, si Dios se portaba con la decencia mínima que una madre podía exigirle, algún futuro menos estrecho que el presente.
La mesa estaba firme. La casa, no tanto.
Esa diferencia era una de las muchas que Mercedes procuraba no decir en voz alta.
Rosa Painemal salió de la cocina con un canasto de pan recién hecho, y el olor tibio de la harina quebró la frialdad de la mañana con una eficacia que ningún sermón habría conseguido.
Mercedes la vio acomodar los panes bajo el paño limpio, revisarlos como si fueran criaturas dormidas y reservar dos piezas pequeñas para Josefina y Amparo, que no merecían recompensa alguna pero la recibirían de todos modos porque en Los Robles la justicia doméstica tenía menos poder que el hambre.
Rosa no preguntó por qué doña Mercedes llevaba la libreta.
Eso, en una mujer inteligente, equivalía a preguntar bastante.
Mercedes agradeció el silencio con un movimiento mínimo de cabeza y continuó hacia la sala, donde Fernando fingía leer el periódico y Presentación bordaba junto a la ventana.
—Fernando —dijo Mercedes, sentándose frente a él sin preámbulo—, necesito hablar contigo de asuntos prácticos.
—Cuando una mujer anuncia asuntos prácticos a esta hora, por lo general ya decidió la mitad y viene a cobrarme la otra —respondió Fernando, sin bajar el periódico.
—Qué manera tan injusta de describir un matrimonio eficiente.
Presentación levantó los ojos con cautela.
Era demasiado bien criada para preguntar si debía retirarse y demasiado sensata para creer que su presencia era accidental.
Mercedes la miró un instante y sintió una ternura casi dolorosa.
Su hija mayor tenía veintiún años, una belleza serena, manos laboriosas y una inclinación a obedecer sin humillarse que haría feliz a cualquier casa razonable.
Ese era precisamente el problema: las casas razonables eran menos numerosas que las hijas casaderas, y cada año que pasaba volvía a una muchacha menos “promesa” y más “responsabilidad” en la boca de las vecinas.
Mercedes detestaba esa aritmética, pero la detestaba como se detesta la lluvia cuando una necesita que el trigo se seque: con rabia inútil y paraguas preparado.
—Tomás Rioseco vendrá el domingo con su madre —dijo, abriendo la libreta—.
No lo ha pedido formalmente, por supuesto.
Hoy en día los hombres creen que dar tres vueltas alrededor de una casa mirando las ventanas constituye intención suficiente.
Pero su madre me escribió, y cuando una madre escribe por un hijo que ya tiene veintisiete años, la tinta no viene sola.
Fernando dobló el periódico con resignación.
Presentación se puso rosada de un modo tan delicado que Mercedes casi lamentó tener que seguir hablando como si no hubiera notado nada.
Tomás Rioseco era un pretendiente adecuado en el sentido más tranquilizador de la palabra: familia conocida, carácter apacible, tierras suficientes sin exceso de ostentación, ninguna afición peligrosa salvo una tendencia a hablar de caballos con más entusiasmo que variedad.
No era un héroe de novela, gracias a Dios.
Mercedes desconfiaba de los héroes de novela porque solían necesitar demasiadas páginas para volverse útiles.
—Tomás es buen muchacho —dijo Fernando—. Y Presentación no parece descontenta cuando se lo menciona.
—Presentación no parece descontenta ni cuando Amparo le clava alfileres por accidente. La expresión de una hija prudente no basta como documento.
—Mamá —murmuró Presentación.
—No te avergüences, hija. En esta casa hemos sobrevivido a cosas peores que un hombre decente interesado en visitarte. Sobrevivimos, por ejemplo, a que Josefina creyera que la lejía servía para aclarar encajes puestos todavía en el vestido.
Desde el corredor llegó un “¡no fue así!” que demostró que las paredes de Los Robles conservaban menos discreción que memoria.
Mercedes cerró los ojos un segundo, no para rezar sino para no salir a perseguir a Josefina con la libreta.
Fernando sonrió con ese cansancio suyo que a veces le hacía parecer más viejo de lo que era y más querido de lo que Mercedes se permitía confesar en mitad de una estrategia.
Ella lo miró y vio, como veía siempre aunque fingiera no verlo, la sombra que las cuentas le dejaban bajo los ojos.
Aquel hombre había sido alegre de joven.
No ruidoso, nunca ruidoso, pero sí capaz de entrar en una sala con la seguridad de quien no debía disculparse ante sus propios muebles.
Ahora medía cada palabra como si pudiera costar intereses.
—No me mires así —dijo él, más bajo.
—¿Cómo?
—Como si estuvieras calculando cuántas hijas caben entre un vencimiento y otro.
Mercedes sostuvo la pluma sobre la libreta.
Presentación bajó la mirada hacia el bordado, y la aguja atravesó la tela con una lentitud excesiva.
Durante un instante la comicidad se retiró de la sala como una criada prudente.
Mercedes pensó en Joaquín, el hijo que había vivido lo bastante para enseñarles a imaginar un heredero y no lo suficiente para permitirles conservar esa ilusión.
No lo evocaba a menudo; no porque doliera menos, sino porque una madre con cuatro hijas vivas no podía instalarse demasiado tiempo junto a la tumba de un hijo muerto sin faltar a quienes todavía la llamaban desde las piezas.
Pero la ausencia de Joaquín estaba en todos los cálculos: en las herencias, en las conversaciones de los hombres, en la fragilidad del apellido frente a los acreedores, en esa sensación injusta de que una familia llena de mujeres parecía, para el mundo, una familia incompleta.
—No calculo hijas —dijo al fin—. Calculo techos. Calculo inviernos. Calculo la manera de que ninguna tenga que sonreírle al primer imbécil con bodega llena porque su padre y su madre no supieron cuidar lo que recibieron.
Fernando no respondió de inmediato. Apoyó el periódico sobre las rodillas y miró hacia la ventana, donde la neblina empezaba a levantarse sobre los potreros.
Había en él una vergüenza tan limpia que Mercedes sintió el impulso de desarmar la frase, volverla chiste, ofrecerle la salida que tantas veces le ofrecía para que pudiera seguir siendo padre sin quedar reducido a deudor.
Pero esa mañana no lo hizo. Tal vez porque la carta de Molina había llegado dos días antes con su cortesía venenosa; tal vez porque Presentación ya no era una niña; tal vez porque Constanza, desde el recado al pueblo, caminaba por la casa con una reserva nueva que a Mercedes le parecía menos lectura que secreto.
—No te di la tranquilidad que prometí —dijo Fernando.
—Me diste cuatro hijas que hablan demasiado, comen como si las alimentara el Estado y creen que los vestidos se arreglan por intervención divina. No confundas eso con poco.
Esta vez la sonrisa de Fernando llegó entera, aunque breve.
Presentación dejó escapar un suspiro pequeño que Mercedes fingió atribuir al bordado.
En esa familia, como en tantas otras, el amor rara vez entraba por la puerta principal cuando había asuntos económicos sobre la mesa.
Se colaba por frases torcidas, por bromas, por una taza servida sin preguntar o por el modo en que un hombre cansado aceptaba que su mujer hablara de pretendientes porque ambos sabían que hablaban de supervivencia.
—Tomás vendrá el domingo —continuó Mercedes, recuperando su tono operativo—.
Se servirá chocolate si Rosa consigue leche suficiente, pan bajo el nogal si el tiempo acompaña y, por ningún motivo, Amparo hablará de caballos delante de él.
A Tomás se le iluminan los ojos con los animales y temo que mi hija menor confunda entusiasmo con llamado divino.
—Amparo confunde cualquier cosa con llamado divino si la conversación la incluye —dijo Fernando.
—Es una niña imaginativa.
—Es un peligro con trenzas.