Capítulo 4 El recado #4
Anselmo bajó la cabeza para ocultar una sonrisa.
El padre Anacleto lo vio, porque veía todo cuando le convenía, y le preguntó por la salud de Wilhelm.
La respuesta fue correcta y breve: días buenos, días malos, una tos que no terminaba de retirarse.
Constanza escuchó sin mirar directamente.
La palabra Wilhelm trajo consigo la sombra de una historia más grande que ambos, pero ese tramo de esa historia seguía cerrado para ella.
Solo notó que Anselmo, al hablar de su abuelo, perdía parte de la rigidez y ganaba una preocupación que no pedía testigos.
Regresaron poco después, otra vez por el camino del molino.
Esta vez Anselmo no se puso detrás ni delante, sino a un costado, dejando entre ambos una distancia suficiente para la decencia y escasa para fingir que no conversaban.
La tarde empezaba a inclinarse; los sacos habían sido recogidos; la lona estaba asegurada con una cuerda nueva; Mora pasó frente al lugar del susto con una dignidad exagerada, como si el incidente hubiera sido inventado por otros.
Constanza la acarició en el cuello y sintió que el temblor de la mañana se había ido, dejando en su lugar una fatiga suave.
—Su yegua me desprecia —dijo Anselmo.
—Mora desprecia a todo aquel que la haya visto perder la compostura.
—Entonces tenemos algo en común.
Constanza quiso responder de inmediato, pero la frase quedó suspendida con una honestidad inesperada.
Los dos miraron al camino. Había un humor posible allí, pero también algo más, una confesión pequeña que no debía tocarse si se quería conservarla.
A veces, pensó ella, las conversaciones más peligrosas no son las que dicen demasiado, sino las que dejan ver que podrían hacerlo.
Al llegar a la bifurcación donde el camino de los Brandt se separaba del de Los Robles, ambos detuvieron los caballos.
No había razón práctica para seguir juntos.
Tampoco había una frase preparada para concluir lo ocurrido sin volverlo más importante de lo que convenía.
Anselmo se quitó el sombrero. Constanza acomodó la rienda, revisó la alforja, tocó sin querer el paquete de hilos y recordó el sobre de Fernando ya entregado, la respuesta prometida para el martes, el rostro de Molina sin sorpresa.
El mundo real regresó con sus cuentas, sus padres, sus casas y sus caminos separados.
—Gracias por lo de Mora —dijo ella al fin.
—Su yegua hizo casi todo.
—Hizo la parte que no convenía.
—Entonces aceptaré la parte restante.
Constanza asintió. Debió despedirse ahí.
La educación ofrecía suficientes fórmulas para retirarse sin dejar huella: buenas tardes, señor Brandt; recuerdos a su familia; que mejore su abuelo.
Pero ninguna le parecía adecuada. Las fórmulas antiguas servían bien cuando las personas permanecían dentro del lugar que uno les había asignado.
Anselmo, esa mañana, había tenido la descortesía de moverse.
—Espero que Wilhelm mejore —dijo, y se sorprendió de haber usado el nombre sin el apellido.
Anselmo lo notó. No hizo nada con ello salvo mirarla un instante con una gratitud demasiado sobria para ser incómoda y demasiado clara para pasar inadvertida.
—Gracias —respondió—. Se lo diré si encuentro una forma de hacerlo sin que crea que estoy anunciando su muerte.
—Los abuelos suelen resistir mejor la enfermedad que la compasión.
—En eso Wilhelm es casi invencible.
La sonrisa volvió, leve. Esta vez Constanza no la combatió con suficiente rapidez.
Después inclinó la cabeza, apretó las piernas contra Mora y tomó el camino de Los Robles.
No miró atrás de inmediato. Se prohibió hacerlo con una severidad que habría honrado a su madre.
Solo cuando el ruido del otro caballo se perdió hacia el camino de los Brandt permitió que el pensamiento ordenara la mañana, y entonces el resultado le pareció francamente inconveniente.
Había sido asustada, auxiliada, contrariada, disculpada, acompañada y escuchada.
Peor aún: había disfrutado parte de todo eso.
Cabalgó de regreso entre rastrojos y cercos, con la mano ardiendo, el libro de Balzac cubierto aún por un polvo fino y la manzana de Anselmo guardada en la alforja como una prueba ridícula que no pensaba explicar a nadie.
Al acercarse a Los Robles, vio el nogal del patio recortado contra la luz de la tarde y la casa antigua esperándola con sus corredores, sus voces y sus secretos.
Mercedes preguntaría por el hilo, Presentación por el paño, Fernando por la respuesta de Molina aunque fingiera no hacerlo, y Josefina y Amparo por cualquier detalle que oliera a aventura.
Constanza decidió, con toda la firmeza disponible, que no diría nada de importancia.
Pero mientras cruzaba la tranquera, comprendió que el verdadero problema no era guardar silencio.
Eso sabía hacerlo cuando quería. El problema era que, por primera vez desde la trilla, la idea de Anselmo Brandt no le produjo solamente irritación.
Había algo más allí, no bastante para nombrarlo y demasiado incómodo para negarlo sin esfuerzo.
Una grieta pequeña, tal vez. Una falta mínima en el muro de una opinión bien construida.
Y como todas las grietas que importan, no hacía ruido. Solo dejaba pasar luz.