El peso de la tierra Capítulo 4 El recado #3
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Capítulo 4 El recado #3

—No debí hablar como si la pérdida de una propiedad pudiera explicarse siempre desde fuera —dijo Anselmo—. O como si quien conserva algo con dificultad necesitara la lección de quien no conoce su historia completa.

Constanza no respondió de inmediato. La disculpa era, por desgracia para su comodidad, bastante buena.

No contenía adornos, no pedía absolución, no se defendía con intención noble ni exigía que ella admitiera su propia dureza.

Era una frase puesta en el camino como se deja una herramienta limpia: disponible, no impuesta.

Eso la desarmó más que cualquier galantería.

—Eso está mejor —dijo al fin.

—No es un elogio abundante.

—Es un elogio Zúñiga. Adminístrelo con prudencia.

—Haré lo posible por no perderlo por descuido.

La alusión pudo haber arruinado la tregua, pero llegó con una humildad tan clara que Constanza, contra toda previsión, se rió.

No fue una gran risa; apenas una breve rendición del aire.

Aun así, Anselmo la miró como si acabara de oír un sonido que no esperaba merecer.

Ella se arrepintió de inmediato, no de la risa sino de haberle permitido verla, y buscó refugio en el libro.

—Balzac entiende muy bien las casas donde el dinero decide lo que las personas se atreven a sentir —dijo.

—Eso pensé al leerlo. En mi casa los libros de cuentas tienen menos imaginación, pero producen efectos parecidos.

—No imaginaba que un Brandt pudiera admitir semejante cosa.

—No imaginaba que una Zúñiga concediera que un Brandt pudiera leer a Balzac.

—Tampoco abuse de la tregua.

La conversación avanzó desde allí con una cautela nueva, como si ambos cruzaran un puente de tablas flojas y hubieran decidido, sin decirlo, no saltar encima para probar su resistencia.

Hablaron de novelas en las que las hijas obedecían demasiado tarde o demasiado pronto, de padres que convertían el cariño en destino, de mujeres inteligentes a quienes la sociedad perdonaba menos la lucidez que los errores, y de hombres que en los libros parecían libres solo porque la narración les abría puertas que la vida cerraba a otros personajes.

Constanza descubrió que Anselmo no leía como quien adorna una conversación, sino como alguien que había aprendido a pensar a través de historias porque en su casa ciertas verdades no podían decirse directamente.

Anselmo descubrió, aunque no lo formuló, que la ironía de Constanza no era un gusto por la crueldad, sino una forma de mantener a distancia aquello que podía humillarla si llegaba demasiado cerca.

El pueblo apareció con sus techos bajos, su campanario y el polvo reunido en las esquinas.

Al entrar por la calle principal, Anselmo volvió a tomar distancia sin que ella se lo pidiera.

Ese gesto, más que la ayuda en el camino, terminó de incomodarla.

En la trilla ella lo había imaginado incapaz de notar el efecto social de sus actos; allí, en cambio, entendió que notaba bastante y que a veces callaba precisamente para no poner a otros bajo una luz difícil.

Se detuvo frente a la tienda de Molina con el libro bajo el brazo, el paquete de Presentación todavía atado a la alforja y el sobre de su padre convertido en una presencia caliente contra el pecho.

—No tiene que esperarme —dijo.

—No lo haré frente a la tienda.

—Eso no es lo mismo.

—No. Pero es más correcto.

Anselmo inclinó la cabeza y siguió hasta el bebedero de los caballos, al otro lado de la plaza pequeña.

Constanza entró a la tienda antes de poder decidir si ese cuidado la irritaba o la protegía.

Don Molina estaba detrás del mostrador, con lentes bajos y dedos manchados de tinta, revisando una libreta.

La saludó con una cortesía espesa, de esas que convertían cada palabra en una posible cuenta, y recibió el sobre de Fernando sin mostrar sorpresa.

Eso fue lo peor: que no se sorprendiera.

Lo guardó de inmediato bajo la libreta, entregó el hilo encargado por Mercedes y añadió un paquete pequeño de botones que, según dijo, doña Mercedes había pedido “por si acaso”.

Constanza comprendió que las madres y los prestamistas compartían una fe común en las contingencias.

—Dígale a don Fernando que recibí su recado —dijo Molina—. Y que antes del martes tendrá respuesta.

—Se lo diré.

No preguntó respuesta a qué. Sintió el impulso, pero lo contuvo con una dignidad que se parecía demasiado al miedo.

Al salir, el aire de la plaza le pareció más frío.

Anselmo estaba donde había dicho, dando agua a su caballo y hablando con un niño que intentaba venderle manzanas demasiado golpeadas.

Compró dos, quizá por hambre, quizá por misericordia, y al verla acercarse le ofreció una sin comentario. Constanza miró la fruta, luego a él.

—¿Esto forma parte de su estrategia de reparación?

—No. Parte de mi incapacidad para decirle que el niño cobraba demasiado caro sin sentirme peor persona.

Aceptó la manzana. Esa fue otra imprudencia.

No por la fruta, sino porque la aceptación tuvo algo de naturalidad, como si llevaran más de una mañana compartiendo caminos y no una historia breve hecha de juicio, caída evitada y una conversación todavía frágil.

Caminaron con los caballos de la rienda hasta la iglesia para dejar el paño de Presentación.

El padre Anacleto los encontró en la entrada, miró primero la mano vendada a medias de Constanza, luego a Anselmo, después a los caballos, y tuvo la caridad de no entender en voz alta lo que podía entenderse mal.

—El altar agradece la puntualidad de su hermana —dijo, recibiendo el paquete—. Y yo agradezco que nadie me traiga bordados después de la lluvia, cuando todo llega oliendo a perro arrepentido.

—Presentación será informada de que su virtud ha sido comparada favorablemente con un perro seco —respondió Constanza.

—No sea impertinente dentro de la iglesia, hija. Espere al atrio, como hacen los fieles educados.