Capítulo 4 El recado #2
La frase, por desgracia, era cierta. Constanza recuperó aire con una dignidad incompleta y miró hacia sus manos.
La derecha seguía cerrada sobre la rienda; la izquierda tenía una raspadura fina donde la rama había roto el guante.
No dolía mucho, pero sangraba lo suficiente para convertir el incidente en evidencia.
Anselmo vio la sangre y no hizo el comentario esperable sobre damas, prudencia o fragilidad, lo cual le evitó a ella la necesidad de despreciarlo de inmediato.
En cambio, mantuvo a Mora quieta un momento más, murmuró algo que la yegua pareció comprender mejor que cualquier argumento humano y solo entonces levantó la vista hacia Constanza.
—¿Puede bajar? —preguntó.
—Puedo seguir.
—No pregunté eso.
Constanza lo miró con irritación, pero descubrió que la irritación llegaba tarde, detrás del susto, y por lo tanto con menos fuerza.
Bajó despacio, cuidando de no temblar en el último movimiento.
Apenas tocó suelo, las piernas le recordaron que el orgullo no siempre gobierna los músculos.
Anselmo tuvo la cortesía de mirar hacia Mora en vez de hacia ella.
Esa pequeña delicadeza, más útil que cualquier galantería, la incomodó porque no confirmaba el retrato que había hecho de él.
Un hombre soberbio habría aprovechado la ocasión para dar instrucciones.
Uno vanidoso habría esperado gratitud. Anselmo, en cambio, revisaba la cincha de la yegua como si el mundo pudiera arreglarse por partes y sin discursos.
—La alforja se abrió —dijo.
Constanza giró de inmediato. El paquete de Presentación seguía sujeto, pero el libro había caído sobre el polvo y algunas hojas sueltas, entre ellas el sobre de Fernando, estaban esparcidas junto al borde del camino.
Anselmo se agachó antes que ella y recogió primero el sobre.
Lo vio, porque era imposible no ver el nombre, pero no permitió que los ojos se demoraran.
Se lo entregó cerrado, con los dedos sobre el borde y la mirada en otra parte.
Ese gesto, por mínimo que fuera, tuvo para Constanza la gravedad de una puerta que alguien decide no abrir aunque pueda.
—Gracias —dijo ella, y la palabra le salió demasiado formal.
—No tiene que agradecerme por no leer lo que no me pertenece.
—Algunas personas considerarían eso una virtud suficiente para mencionarla.
—Entonces conviene no darles papeles ajenos.
Constanza guardó el sobre de nuevo, esta vez dentro del corpiño, donde ninguna caída accidental pudiera ofrecerlo al camino.
Anselmo recogió el libro y sacudió con cuidado la tierra de la cubierta.
Era un ejemplar de Eugenia Grandet, gastado en las esquinas, con algunas páginas marcadas por hilos oscuros y un papelito donde Constanza había anotado una frase que no quería olvidar.
Al verlo en manos de Anselmo sintió una vergüenza más íntima que la del susto, como si le hubiera encontrado una carta no enviada.
Él leyó el título, no la nota, y levantó apenas las cejas.
—Balzac —dijo—. No esperaba encontrarlo en una alforja camino al pueblo.
—Los libros no tienen obligación de quedarse donde se los espera.
—Eso explicaría varios problemas de las bibliotecas.
La respuesta fue tan seca y tan rápida que Constanza tardó medio segundo en entender que no se burlaba de ella, sino con ella.
Ese matiz, que en otros hombres solía llegar acompañado de una mirada satisfecha por la propia gracia, en Anselmo apareció y desapareció casi sin dejarse reclamar.
Constanza tomó el libro, revisó que el papelito siguiera dentro y se obligó a no sonreír.
No convenía sonreírle a alguien cuya ayuda uno aún no había decidido aceptar del todo.
—¿Lo ha leído? —preguntó, más para recuperar control que por curiosidad.
—Sí. En una traducción alemana bastante severa. Sospecho que el traductor desconfiaba de toda emoción que no pudiera sentarse correctamente a la mesa.
—Una condición muy Brandt.
Anselmo bajó la mirada un instante, y Constanza pensó que había vuelto a herirlo. Pero cuando él respondió no lo hizo con defensa ni ofensa, sino con una especie de aceptación cansada.
—Probablemente. Aunque en mi familia las emociones se sientan a la mesa, solo que nadie les ofrece conversación.
La frase, por primera vez, le permitió imaginar una casa Brandt distinta de la fachada ordenada que había visto desde fuera.
No una casa fría, exactamente, sino una donde las cosas importantes debían presentarse limpias, derechas y a una distancia manejable del plato.
Constanza no quiso seguir esa imagen demasiado lejos.
Aún le resultaba más seguro recordar la trilla, la frase sobre las familias antiguas, la sensación de haber visto a su padre disminuido bajo el juicio ajeno.
Sin embargo, Anselmo tenía en la mano su propio sombrero cubierto de polvo por haber sujetado a Mora, y eso dificultaba sostener la idea de un hombre intacto por el mundo.
—¿Puede montar de nuevo? —preguntó él.
—Puedo.
—Eso tampoco responde si debe.
—Señor Brandt, si usted acostumbra distinguir entre poder y deber en todas las conversaciones, entiendo por qué algunas terminan mal.
Esta vez él sí sonrió. No mucho. Apenas una línea que le cambió el rostro lo suficiente para volverlo más joven y menos inaccesible.
Constanza sintió una molestia absurda ante esa transformación, como si la sonrisa le hubiera quitado el derecho a perseverar en una opinión cómoda.
Anselmo llamó a uno de los hombres del molino, pidió un poco de agua para limpiar la raspadura y recibió de una mujer que había salido a mirar el incidente un paño limpio, que entregó a Constanza sin intentar tocarle la mano.
Ella se limpió como pudo, rechazó una venda improvisada con más orgullo que criterio y volvió a montar.
Mora, ya recuperada, parecía ofendida por el recuerdo de su propio susto.
—Voy hacia el pueblo —dijo Anselmo—. Puedo cabalgar a cierta distancia, si eso le parece menos insoportable que admitir compañía.
—Qué considerado. ¿La distancia sería para proteger mi reputación o su paciencia?
—Ambas cosas merecen algún cuidado.
Habría sido fácil negarse. Constanza lo consideró de hecho durante un instante, por respeto a la versión de sí misma que había salido de Los Robles convencida de no necesitar a nadie.
Pero el camino seguía hasta el pueblo, la yegua todavía movía las orejas con desconfianza cada vez que una carreta crujía y su mano ardía con un pulso discreto.
Además, Anselmo no había ofrecido escoltarla como quien concede favor, sino como quien reconoce una dificultad sin usarla contra ella.
Esa diferencia era demasiado pequeña para agradecerla y demasiado clara para ignorarla.
—Puede cabalgar donde quiera —dijo—. El camino no es mío.
—Entonces abusaré de la libertad pública.
Partieron despacio, con Mora al centro del camino y el caballo de Anselmo unos pasos atrás al comienzo, como si él quisiera demostrar que entendía la palabra distancia de manera literal.
El molino quedó detrás con sus ruidos de sacos y madera; el polvo volvió a asentarse; el campo recuperó esa normalidad que siempre parece inocente después de un sobresalto.
Durante un trecho no hablaron. Constanza oyó el paso de los caballos, el agua de la acequia corriendo paralela al camino y, de vez en cuando, el grito de un hombre en los potreros.
Pensó que el silencio de Anselmo era distinto al de otros hombres.
No era vacío ni reproche. Era más bien una habitación cerrada donde había luz por debajo de la puerta.
—No sabía que leía novelas francesas —dijo él al fin.
—Hay muchas cosas que usted no sabe de mí.
—Eso no ha impedido que usted se forme opiniones sobre mí.
La frase podía haber sido un ataque. No lo fue.
Lo dijo con una sobriedad que aceptaba su parte en la culpa y dejaba espacio para la de ella sin exigir confesión.
Constanza miró al frente. Hubiera preferido que sonara más arrogante, porque entonces la respuesta habría sido sencilla.
El problema de Anselmo Brandt, empezó a sospechar, no era que fuera insoportable todo el tiempo, sino que elegía momentos muy inoportunos para no serlo.
—Las opiniones provisorias son una defensa necesaria —dijo.
—¿Y cuánto duran antes de volverse definitivas?
—Depende de la conducta del acusado.
—Entonces aún estoy en juicio.
—No se felicite. El tribunal es severo y no siempre justo.
Anselmo soltó una risa baja, casi sorprendida.
Constanza no pudo evitar mirarlo. A la luz del camino, con polvo en la manga y el cabello algo desordenado por el incidente, parecía menos extranjero que en la trilla.
No menos Brandt; eso era imposible, porque llevaba la educación familiar como otros llevan el color de ojos.
Pero sí menos hecho de líneas rectas. Había algo en él que se torcía hacia adentro, una tensión que no era vanidad sino esfuerzo.
Ella recordó entonces la manera en que había bajado la mirada hacia sus manos en la fiesta y sintió de nuevo aquella incomodidad de haber visto quizá un gesto verdadero y haberlo archivado como soberbia.
—Lo de la trilla —dijo él, sin prepararla.
Constanza apretó apenas la rienda. Mora movió una oreja.
—Ya intentó disculparse una vez.
—Lo intenté mal. Esta vez diré menos.
—Eso mejora muchas empresas humanas.
Él aceptó la interrupción con una inclinación leve, como quien concede justicia a una observación incómoda.
Cabalgaron unos pasos más antes de que hablara.
Al costado del camino, un hombre y una niña recogían leña fina junto a una cerca; la niña levantó la vista hacia ellos con curiosidad, y Constanza agradeció esa presencia porque impedía que la conversación se volviera demasiado encerrada.