Capítulo 4 El recado
Un mes después de la trilla de los Ovalle, abril había entrado en Los Robles con esa discreción engañosa del otoño temprano, cuando el día todavía permite caminar sin chal y la tarde, apenas uno se confía, empieza a recordar que el invierno no necesita pedir permiso para acercarse.
Las mañanas olían a pasto húmedo, a humo bajo y a trigo guardado en sacos; en los patios, las gallinas escarbaban con una gravedad de funcionarias antiguas, y desde el granero llegaba a veces el golpe seco de alguna tabla que don Eulogio mandaba reforzar antes de las lluvias.
Constanza había aprendido a reconocer ese cambio de estación no por el calendario, que en una casa llena de mujeres servía sobre todo para medir santos, visitas y edades inconvenientes, sino por el humor de los adultos: su padre hablaba menos, Rosa amasaba más temprano y su madre revisaba baúles, mantas y cuentas domésticas con la expresión de quien sospecha que hasta las polillas conspiran contra la reputación familiar.
La mañana del recado empezó, como muchas desgracias menores, con una frase de doña Mercedes pronunciada desde el corredor.
Constanza estaba en la sala, intentando leer junto a la ventana mientras Josefina y Amparo discutían si una de las primas Ovalle había sonreído dos veces o tres al hermano menor de una familia de Nacimiento.
Presentación, sentada cerca del costurero, terminaba de envolver en papel una pieza bordada destinada al padre Anacleto, y lo hacía con esa paciencia suya que volvía ofensivo cualquier movimiento brusco.
Cuando Mercedes apareció con sombrero, guantes y una lista doblada entre los dedos, Constanza comprendió que la lectura acababa de perder la batalla antes de iniciarla.
En su casa, una madre con guantes no anunciaba salida propia, sino encargo ajeno.
—Constanza, hija, necesito que vayas al pueblo —dijo Mercedes—. Presentación terminó el paño para el altar y el padre Anacleto lo espera antes del sábado. Además, en la tienda de Molina deben tener ya el hilo que encargué, si es que don Molina recuerda algo que no venga acompañado de interés.
Fernando, que estaba sentado en el extremo de la sala con un periódico abierto desde hacía demasiado rato en la misma página, levantó apenas la vista al oír el apellido.
El gesto fue mínimo, casi nada, pero Constanza lo percibió porque desde la misa de marzo había adquirido la mala costumbre de observar los movimientos de su padre como quien busca grietas en un muro querido.
Don Molina era comerciante, prestamista cuando convenía y pariente lejano de varias personas que preferían llamarlo solo comerciante.
Tenía una tienda con mostrador alto, cajas de clavos, telas, azúcar, yerba, remedios de viaje y una trastienda donde, según Rosa, los papeles hablaban más bajo que los clientes.
Constanza no sabía cuánto de esa fama era injusticia popular y cuánto simple precisión.
—Puedo mandar a Jacinto —dijo Constanza, sin levantar del todo el libro.
—Jacinto confunde hilo crudo con hilo blanco y una vez trajo alcanfor en lugar de levadura —respondió Mercedes—. No voy a confiarle el altar del padre Anacleto ni mis costuras a un muchacho que cree que todos los paquetes envueltos son intercambiables.
—Una doctrina peligrosa, pero democrática.
—No empieces. Te hará bien salir. Desde la trilla has tenido una expresión demasiado literaria.
Josefina soltó una risita y Amparo preguntó de inmediato cómo era una expresión literaria, porque deseaba probarla frente al espejo.
Presentación bajó la cabeza para ocultar una sonrisa.
Constanza cerró el libro con un suspiro que quiso teatral y le salió apenas cansado.
Podía haberse negado con más energía si el encargo hubiera sido de simple vanidad doméstica; pero la pieza bordada era obra de Presentación, el hilo de Mercedes sostenía alguna reparación inevitable y el pueblo quedaba a una distancia suficiente para despejarle la cabeza.
Aceptó antes de que su madre encontrara una razón moral para obligarla, lo cual en Mercedes solía llevar menos de tres frases.
Cuando Constanza se puso de pie, Fernando dobló el periódico con cuidado excesivo.
Sacó del bolsillo interior del chaleco un sobre pequeño, cerrado con una presión fuerte pero sin lacre, y lo sostuvo unos segundos antes de extenderlo.
No miró a Mercedes. Tampoco la miró a ella de inmediato.
La escena habría pasado por un agregado práctico si el silencio no se hubiera vuelto, de pronto, demasiado visible.
—Ya que pasarás por la tienda —dijo—, entrega esto a don Molina. En mano, si está.
Constanza tomó el sobre. No pesaba nada, y sin embargo le ocupó la palma como una cosa viva.
No tenía escritura por fuera salvo el nombre de Molina trazado con la letra sobria de su padre.
Mercedes siguió acomodando la lista como si no hubiese oído; Presentación ajustó el papel del bordado; Josefina y Amparo, por una vez, tuvieron la prudencia instintiva de no preguntar.
Constanza guardó el sobre entre las páginas de su libro, no por ocultarlo sino porque era el único lugar donde sus manos podían dejarlo sin parecer que obedecían a un secreto.
—¿Algo más? —preguntó.
—Nada más —dijo Fernando, y añadió después, con una suavidad que le dolió más que una orden—: Ten cuidado en el camino.
A media mañana, Constanza salió montada en Mora, una yegua castaña de paso cómodo, temperamento digno y una opinión bastante alta de sí misma.
Jacinto la acompañaría hasta la curva del molino y luego seguiría hacia el bajo con un recado de don Eulogio; esa condición satisfizo a Mercedes, que no quería a su hija sola como una novela francesa, y satisfizo a Constanza, que prefería cualquier compañía con fecha de término.
Llevaba el paquete de Presentación atado en la alforja, la lista de su madre dentro del guante, el sobre de Fernando protegido entre las páginas del libro y una irritación general contra el mundo, que no tenía causa suficiente pero sí abundante material disponible.
El camino estaba seco en la superficie, aunque en las sombras persistían charcos del último sereno, y a ambos lados se extendían potreros donde los rastrojos de trigo quedaban como una barba dorada sobre la tierra cansada.
Al pasar cerca del molino viejo, el aire cambió.
Llegó primero el olor: harina, madera húmeda, agua movida por canal, cuero de arneses y sudor de buey.
Luego vinieron los sonidos: el crujir de una carreta cargada, el golpe de sacos contra tablas, voces de hombres ordenando el paso, una rueda que protestaba en cada vuelta como si llevara años anunciando su propia muerte.
Constanza aflojó un poco la rienda porque Mora conocía el camino, y Jacinto, ya impaciente por tomar su desvío, levantó la mano en despedida con más entusiasmo que formalidad.
—Le digo a don Eulogio que llegó bien hasta aquí, señorita —gritó el muchacho.
—Dile que todavía no llegué a ninguna parte, Jacinto.
—Entonces le digo que casi.
Se fue riendo por el sendero lateral, con esa ligereza irritante de los trece años, y Constanza quedó sola con el camino principal.
No le molestó. Había una libertad modesta en cabalgar sin escuchar recomendaciones sobre postura, saludos o conveniencias, una libertad hecha de pocos minutos y de una yegua obediente, pero libertad al fin.
Abrió el pecho al aire frío, dejó que el sombrero le sombreara los ojos y trató de pensar en cualquier cosa que no fuera el sobre de su padre ni la frase de Anselmo Brandt en la trilla.
Pensar en Anselmo seguía pareciéndole una falta de disciplina, sobre todo porque no se trataba de un pensamiento agradable.
Era más bien una astilla: pequeña, alojada en un lugar impreciso, imposible de ignorar justamente porque no merecía tanta atención.
La vio antes de oír el grito. Una lona mal amarrada se soltó del costado de una carreta detenida junto al molino y salió al camino con el golpe de un ave enorme, blanca de polvo, sacudida por el viento.
Los bueyes se inquietaron, un hombre lanzó una maldición, la rueda vencida se hundió en una huella y un saco cayó al suelo reventando harina contra la tierra.
Mora, que toleraba perros, niños y sermones, pero despreciaba profundamente las apariciones repentinas, se encabritó con una violencia inesperada.
Constanza alcanzó a cerrar la mano sobre la rienda antes de sentir que la yegua se abría hacia el borde del camino, donde la acequia corría baja pero pedregosa.
No llegó a caer. Eso se dijo después varias veces.
No llegó a caer, pero durante dos segundos el mundo se redujo al cuello tenso de Mora, al tirón feroz del bocado, al golpe de la rama contra su manga y a la certeza humillante de que el cuerpo puede olvidar toda educación cuando el miedo le entra por las rodillas.
—¡Suelte un poco la rienda! —ordenó una voz masculina.
La voz no pidió permiso para ser obedecida.
Constanza soltó apenas, más por instinto que por docilidad, y en el mismo movimiento vio un caballo oscuro cruzar desde el otro lado del camino.
Anselmo Brandt no apareció con el dramatismo de un salvador de folletín, sino con la eficacia de alguien que había visto espantarse animales suficientes para no convertir el peligro en espectáculo.
Se colocó en diagonal, habló bajo a Mora, extendió una mano hacia la cabezada sin brusquedad y esperó el momento exacto en que la yegua dejó de pelear contra todos para pelear solo contra su propio susto.
Constanza sintió que la fuerza bajo ella cambiaba de dirección.
La acequia quedó a un costado. La lona volvió a caer sobre la carreta.
El hombre del molino siguió disculpándose a gritos, demasiado tarde para ser útil.
—Respire —dijo Anselmo.
—Estoy respirando.
—No de manera convincente.